Hoy es un gran día porque comienza la temporada de la sardina. Es cierto. Lo he leído en mi twitter y me siento emocionado por tan ilustre efeméride. De hecho tengo un Mercadona debajo de casa y… tal vez… sí creo que… ¿por qué no?
 
 Un momento.
 
 Ya está. Pues no. Me la han colado con vino tinto y no había sardinas. Pero he comprado palomitas. Porque visto lo escasa de interés que anda la cartelera, el único cine que voy a ver va a ser en casa.
 
 Humm…Cine… Tenía yo una idea que me barruntaba la cabeza desde hace tiempo. Creo que era escribir una lista. Y eso que soy un enemigo de las listas. Pero por lo que leo en los blogs que admiro y otros que detesto –pero que inexplicablemente están llenos de comentarios y visitas- existe una cantidad burrencial de artículos con títulos del estilo de: Las 5 mejores películas de Audrey Hepburn, 13 razones para ver…, Las mejores peleas del cine, La película que no me perdería mientras leía el libro que me regalaste el último verano durante mi última visita al inodoro que ejercitaba mientras me peinaba la raya en el lado derecho.

 

 Y listas del estilo. Y aunque para gustos los colores, amigos, me parece una idea simpática proponer un pequeño repertorio de sugerencias peliculeras, sobre todo, si es con intención de ayudar. Como cuando un amigo te recomienda ir a ver una exposición o leer un libro. Pero sin chorradas. En plan currado. Y me he acordado de G. (así me referiré a ella para respetar su anonimato)
 
 G. era una chica que conocí un verano en cierto mar norteño. Fueron días fantásticos. Muy cortos. Cuando hacía buen tiempo corría a la playa a encontrarme con mi amiga con la que solía jugar. Teníamos nueve años. Me acuerdo porque le pregunté a qué curso iba y me dijo que a tercero de primaria. Recuerdo perfectamente el gesto que hizo con los dedos para hacer el tres. JAJAJA.  Era muy graciosa. Y apretaba la nariz cuando dudaba de una forma muy divertida. Los días que hacía mal tiempo nos quedábamos en casa a ver películas. 
Y, por suerte para mí, en el Cantábrico te daba tiempo de ver muchas.
 
 Pero claro…¿y cual vemos? No podía arriesgarme a ponerle alguna que no le gustara, por lo que tenía que confiar en los éxitos que sabía que no me fallarían. Fue entonces cuando eché en falta una buena recomendación con criterio que me hiciera salir airoso. Necesitaba que alguien me chivase algo para cuando se agotasen los recursos. Como no había internet me las arreglé como pude y mis elecciones finalmente fueron enormemente recibidas por G. a quien le hicieron reír, pensar, motivar y derramar, como pude descubrir furtivamente de reojo, alguna lágrima. De aquel Agosto me queda ahora el sonido de las olas, los días lluviosos, el calor pegajoso por la sal y la nariz encantadora de G.
 
 Pero, ¿qué pasaría a día de hoy? Es decir, ¿habrá listas fabricadas para estas ocasiones? No sé. Voy a mirar –me dije. Y lo que he visto es una desgracia.

 

Ninguna. Nada. Miaja. Niente. Nihil. Cero. 
 
Y me he dicho que ya basta. Que no puede ser. Y que verde las han segado.

 

 
 La idea de ver una película siempre es una gran candidata dentro de los posibles planes que hacen las parejas. Y, por supuesto, también para los que están en ello. Siempre es una genial ocurrencia ver en dúo una gran película que después comentar. Una película inspiradora que al terminar marque un antes y un después.

 

Por tanto, elegir correctamente la cinta es tan importante como necesario. Así que aquí va una colección en formato semanal de siete propuestas para conquistar a G.

 


#1. Una historia del Bronx (1993. Robert de Niro)

 

 

 Siempre quise ser como el protagonista, Calogero, y vivir en un barrio donde ocurren cosas tan interesantes como el Bronx. El ejemplo perfecto de que, a pesar de las dudas que nos dividan, y por más chungas que estas parezcan a veces, cuando estamos decididos no hay obstáculos tan grandes como nuestra voluntad. 
Además nunca olvidaremos la prueba de la puerta.

 

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#2. Cinema Paradiso (1988. Giuseppe Tornatore)

 

No puede decirse que sea una película romántica. De ser algo sería en todo caso un brillante homenaje a la amistad. Pero la historia que cuenta merece ser vista y sentida. “Puedes borrar a una persona de tu mente. Pero sacarla de tu corazón eso es ya otra cosa”. Es un gran acierto el manejo de la trama sentimental magníficamente narrada con una poderosa voz en off, sin caer en cursilerías ni demagogia barata. 

 

#3. El Apartamento (1960. Billy Wilder)

 

Magia pura. Un épico desenlace y una historia que describe además, inmejorablemente, cómo a veces tenemos la solución delante, pero no se sabe por qué inexplicable motivo, seguimos a la corriente de una falsa sensación de felicidad. Y por cierto, una lección de las auténticas virtudes de un caballero, que aunque sean invisibles para las damas al principio, 

demostrarán que no se pude confiar en nada mejor como las buenas maneras del cortejo.

 

#4. Cantando bajo la lluvia (1952. Stanley Donen, Gene Kelly)
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Para aquellos que tengan en su haber una afición por el musical, esta obra maestra es la madre de todos los musicales. Y para aquellos que todavía no hayan visto un musical, por falta de oportunidad o prejuicios varios, ya es hora. No hay mejor forma de empezar que ver esta joya y desear cantar como Gene Kelly un Singin’ In The Rain, mientras nos cae encima un generoso diluvio. ¿Pero qué importa eso cuando la cita ha ido bien? 
Ah y una cosa más. Cuando todavía os esteís recuperando del buen humor y dolor abdominal que os haya dejado reiros a mandíbula batiente, recordad que es una película del año 52. Para todos los escépticos a los que les parezca que los estrenos anteriores a los últimos cinco años están desfasados y carecen de la capacidad de hacernos disfrutar. Cariñosamente.

 

 

#5. Vacaciones en Roma (1953. William Wyler)

 

 

Un cuento de hadas, sin querer significar eso lo que tenemos acostumbrados a pensar por semejante denominación. Una vespa, Roma como escenario y la cara de Audrey Hepburn comiendo helado. Insuperable. Es de obligado cumplimiento verla a la proximidad de no más de metro y medio de un buen fuego de chimenea.

 

 

#6. La invención de Hugo (2011. Martin Scorsese)  
Hace falta una buena dosis de mala intención para quedarse indiferente después de conocer la historia de Hugo Cabret, o decir que es mala. Inagotable en cercanía y expresión. 
Por su estética visual de fábula, por su banda sonora y porque Paris se encarga de producir su efecto en las parejas de individuos que se acercan a ella… es una película que está a destinada no fallar cuando la ocasión sea propicia.

 

 

#7. Luces de la ciudad (1931. Charles Chaplin)


Sí, lo estáis viendo bien, efectivamente es del año 1931 y en riguroso mudo. Y no va a desintegrarse vuestro ordenador o deuvedese porque la veáis. Lo de que un fotograma puede resumir la esencia de una película es una tontería.

 

Pero en el caso de esta imagen se me destruyen los argumentos. Para mí, no hay historia de amor más grande en el cine como la que surge del curioso cruce de caminos de sus protagonistas. Ni tampoco final más grandioso como la cara de Chaplin demostrando toda la autenticidad del amante anónimo como queriendo decir: “Podría decirte mucho. Pero tú misma lo has descubierto”. 
Todo eso sin mencionar que siendo de las más grandes historias románticas no se mencione en ella ninguna palabra. Interesante reflexión…
 
“Hola, soy ala en un equipo de rugby y los fines de semana trabajo como portero en los más tenebrosos bares de la ciudad. ¿Me sentiré conmovido viendo esta película?”
No me cabe la menor duda. Por más encostrado que te hayan dejado todas las peleas que hayas presenciado durante los más trasnochadas madrugadas, todos tenemos nuestro corasonsito latino y hay cosas que se mantienen tan universales e invariables como el amor por una madre.

 

#8. Por supuesto no queda todo dicho con esto. Al fin y al cabo, esta recopilación de títulos no dejará de ser un intento incompleto hasta que cada lector escriba en los comentarios su propia lista. 
 
Ah! Y suerte…

 

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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