“Antonio García en la playa” – Joaquín Sorolla, Museo Sorolla.

San Juan

Noche de San Juan, camino de Cantabria. La carretera está vacía y el día, cómo no, alarga lo indecible. El fin de semana transcurre tranquilo y mecánico: cortar la hierba, regar las flores. Superviso todas las operaciones sobre el terreno como un indiano, solo que algo venido a menos y sin monóculo.

El sábado por la tarde visitamos a los maestros, en el arte de la medicina y en el de la vida, de mis padres. Él rememora con gracia viejos diagnósticos que le hicieron célebre en la provincia. Mueve sus manos grandes, de artesano, el principal instrumento cuando exploraba a un paciente. Ella se divierte con mi madre, las dos sentadas en el sofá, donde comparten confidencias. Hablan y ríen sin afectación, con una definitiva y honda franqueza. Su casa y su compañía son su refugio cuando la vida se muestra altiva y le da por ponerse demasiado seria. Ciertos lugares, ciertas personas y ciertos hábitos lo son. De vuelta por el Paseo de Pereda recuerdo la sempiterna queja de mi padre de que Gerardo Diego, “el mejor poeta de su generación”, no tenga un homenaje semejante — el de la toponimia frente al mar — en su ciudad natal.

Al día siguiente nos quedamos mi madre y yo en la casa. En la cocina, con la ventana abierta al jardín, hojeo papeles y me enfrasco en la lectura de una novela prestada. Mi madre lee plácidamente fuera. Al cabo de un rato levanto la mirada y la encuentro dormida. Me quedo observándola un rato largo y pienso cuánto me gustaría pintarla así, en el cenit del matriarcado, todavía sin nietos de por medio. Me viene a la cabeza el cuadro de Joaquín Sorolla en el que pintó a su suegro, Antonio García del Castillo, en la playa de Valencia. La composición resulta de lo más curiosa: está encuadrada desde una ventana abierta a la que el espectador se asoma — podría posar su mano en el alféizar — para contemplar la figura del que fuera su protector. Aparece sentado en una mecedora, todo vestido de blanco, con su bastón en las manos. Está de perfil, con un gesto tranquilo. Sorolla juega con el contraste entre la luz, que baña parte de la arena y el mar, y la sombra proporcionada por un toldo que fuera de los límites del cuadro servía para difuminar la luz. El traje parece un estudio de variaciones del color blanco en el que hasta una pequeña arruga aporta su propio matiz. Es el retrato de una persona elegante, de una vejez cargada de dignidad, en paz consigo mismo y con los hombres.

El reloj de cuco

Majulah Singapura , “¡Adelante, Singapur!”, es el nombre y el estribillo del himno nacional del país. Un gramático razonable y sobrio diría que se trata de un sintagma interjectivo. Yo creo, en cambio, que es más bien futbolístico. Pero lo que suena a arenga de equipo pequeño que roza el descenso es, en este país, una orden. Una orden explícita, taxativa, de las que que se cumplen a pies juntillas. Adelante, sí. Pero ¿adónde? La propia letra del himno lo deja claro: rumbo hacia la felicidad, mi capitán.

Singapur, como el purgatorio, está empedrado de buenas intenciones y su downtown, en particular, está construido con el material del que están hechos los sueños. En este caso un sueño material, un verdadero milagro económico, alcanzado en apenas cincuenta años. Viajamos en grupo y nos epata su riqueza, la arquitectura modernísima y la escasez de coches. El bueno de Jokin viene trabajado de casa y nos lanza a la cara estadísticas, datos, explicaciones verosímiles. Después de mucho cavilar da con la tecla: la Suiza de Asia. País pequeño, sin apenas recursos naturales, convertido en centro financiero, donde conviven varios idiomas y razas, un sistema judicial ágil y eficaz, lugar de arbitrajes, todo business friendly. Yo busco mis explicaciones por la mañana en el East Coast Park, donde el amanecer descubre cientos de barcos que dormitan cerca de la costa, como una Troya bajo asedio. También por la noche, desde la azotea de un rascacielos. Esos mismos barcos son ahora levísimos puntos de luz a lo lejos. Mañana surcarán otras aguas, atracarán en otros puertos y todo el mundo sabrá lo que el comercio y la apertura han hecho con este país.

Uno de los últimos días como con James, a quien no veía desde hacía tiempo. Sale del trabajo con el móvil en la mano y un casco en una oreja, nervioso. Tiene una hora para comer. Es un singapurense que ha vivido aquí casi toda su vida. No consiguió entrar en las universidades locales así que estudió en Australia. Es de ascendencia china, como la mayoría de la población. Le llaman al móvil, contesta en mandarín, a continuación pide la comida en inglés y el café en malayo. Impresionado, me rindo al espectáculo y le atiborro de preguntas. Responde con gusto, verdaderamente entusiasmado. Me dice que tengo que venir a trabajar aquí, que este es un país que funciona. Le pregunto cuál es el secreto y lo zanja de un plumazo: aquí no hay corrupción. Analizamos con lupa cada sector del país y acabamos hablando de los hospitales — la medicina me persigue en las sobremesas desde que tengo uso de razón —. Antes de despedirnos abordamos sus planes de futuro y me confiesa que tiene pensado volver a Sidney, que echa de menos vivir allí. Entonces, ¿qué es lo que no le gusta? Se inclina sobre la mesa, me mira fijamente y dice en voz baja:

– Es un sitio muy aburrido.

Lecturas

Durante la Feria del Libro me tropecé por casualidad con “La lucha por el vuelo”, del poeta marbellí Sergio Navarro. Lo leí apresurado en un par de días. Ahora lo releo por enésima vez y acompaño el viaje del poeta con un lápiz. Tiene algo de Dante buscando el Paraíso. Subrayo algunos versos que no dejan de resonar en mi cabeza y que se vuelven insuperables a partir, aproximadamente, de media tarde:

La turista

“Ella sabe vestir esta ciudad.

Como una blusa, se la ciñe al cuerpo

y la deja caer sobre sus piernas

desnudas como pliegues de una falda

de verano. Le sientan bien las calles

de color blanco, las terrazas frescas

de los bares, las fuentes de los parques,

la luz de las farolas por la noche.

Al caminar parece que se va

desnudando del mundo y que lo deja

atrás. Y la ciudad se queda tibia

como un vestido abandonado sobre

el suelo de algún cuarto, donde arde

todavía el rescoldo del calor

del cuerpo.”

Es un libro extraordinario.

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.
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