Estampas de otoño

Estampas de otoño

Visitamos al matador en su hotel a las afueras de la ciudad. Mientras esperamos a que baje de su habitación hablamos con uno de sus picadores, un joven escuálido de tez morena. Está inquieto, y habla en voz baja, como si estuviese en medio de una confidencia, balanceándose con las manos en los bolsillos mientras se muerde el labio inferior.

La Hilandera (II)

La Hilandera (II)

La mañana comenzó bien, sin sobresaltos. Desayunó tan fuerte como acostumbraba y comenzó su tarea de bordado una vez la senté en el sillón verde. Yo estaba en el salón contiguo, equipado con mis libros, mis lápices, mis folios. Aquel era un día de estudio de manual. Sin embargo, la fatalidad quiso que acabase el último de los bordados pendientes mucho antes de lo esperado.

La Hilandera (I)

La Hilandera (I)

Mi abuela, sentada en su sillón. Ese sillón verde. Mi abuela. Está enferma, dicen los médicos. No recuerda cuándo nació. La fecha, el día, la hora. A veces hasta se olvida de su nombre. Sin embargo, sigue tan sonriente como siempre. Ha dejado los tintes, aquellos tintes de color castaño, y luce una melena lacia y blanca que le otorga una gran solemnidad.

La soledad sonora

La soledad sonora

“Quizás esta vez hubiese sentido lleno ese agujero en mi corazón. Probablemente no… ¿Sabes? A veces pienso que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás. Y que, de aquí en adelante, ya no voy a sentir nada nuevo, sólo versiones más pequeñas de lo que ya he sentido”