Foto: Cordon Press

Era Sábado 12 de Julio y como cada año las laderas de Kobetamendi sufrían la transformación de selvática alfombra verdosa que peina el viento a esteparia lija pantanosa de cerveza no evaporada. Al Kobeta le dura un año la resaca, en concreto el mismo tiempo que pasa desde la última edición del BBK Live

Este año la organización había tirado la casa por la ventana y preparando un cartel con la flor y nata del panorama musical actual, por lo  que “no era plan de rajarse”: la misma excusa que veníamos poniendo unos amigos y yo los tres últimos años. 

Salimos a por la aventura felices y pinturetos. No recuerdo dejar de tener un solo pensamiento asesino en mi mente, que de tan fuerte, a punto estaba de salírseme por la cabeza y dibujarse en la frente: T-H-E B-L-A-C-K K-E-Y-S. Como en Bilbao ocurre siempre todo a lo bestia, y sin medias tintas, en unas pocas semanas se colgó el sold out para el festival. Esto suponía que más de cien mil almas pasarían por allí. El sábado, último de los tres días de festival, treinta y tres mil seres humanos se juntaron para ver a Band of Horses, MGMT, The Lumineers o The Black Keys entre otros. Sin embargo, tenía claro que yo había ido a ver a The Black Keys y no estaba dispuesto a seguir el concierto por las pantallas, no no, quería posar mis ojos en las ojeras de Dan Auerbach y en las gigantescas manazas de Patrick Carney. Mi empeño pasaba por meterme en la multitud que se agolparía en las primeras filas. Como la espera iba a ser larga un amigo me facilitó una pinta de cerveza que me supo a cielo y que me bebí en tres tragos. Craso error. Aquella cerveza aniquilaría las horas de espera restantes creando en mi cabeza un profundo debate entre abandonar la melé de gente y renunciar a la posición ganada durante horas incluyendo a mis amigos, u orinarme allí mismo, esto es, encima.

A las diez tocaban The Lumineers y habíamos previsto que el aglutinamiento que provocaría su salida sería buen momento para avanzar varios metros, tarea que hacía rato ya se había vuelto ingrata. El avance en multitudes precisa mucha paciencia, mano izquierda y constancia. Al cabo de lo que a mí me parecieron una desproporcionada cantidad de bises y falsos amagos de despedida, finalmente, el grupo de Colorado se retiró media hora más tarde de lo previsto. He de decir que por esa noche odié todos los bises del mundo y las canciones de organillo, no porque lo hubieran hecho mal, al contrario se habían ganado a todo el público durante las dos horas y media que estuvieron actuando, sino por la urgente necesidad de ir al lavabo.

Se fueron The Lumineers y creció el nerviosismo a nuestro alrededor. Afortunadamente seguíamos juntos aunque hacía rato que no hablábamos; habíamos agotado los temas, pero también administrábamos fuerzas para las dos horas largas de concierto que nos quedaban por delante. Aproveché esos minutos de intermedio para comunicar la tragedia a mis colegas de que me estaba orinando encima, desde la tercera canción concretamente. Uno de ellos me dijo algo difícil de olvidar: “tranquilo tío, si no piensas en eso se te pasará”. Estas palabras se clavaron en mi cabeza y me aferré a ellas como al palo mayor de un barco a punto de hundirse. Las repetía mentalmente como un mantra y ni por un segundo conseguí quitarme de la maldita cabeza que me estaba orinando encima. Pero ya no había tiempo para eso.

De pronto la música de fondo cesó de golpe y varias pantallas de luz detrás del escenario se encendieron a plena intensidad. Unos segundos después sonaron las primeras notas de Dead and Gone seguidas por las de Next Girl de “los Keys”. Para aquel entonces ya no éramos gente, sino boyas a merced de la corriente. Por suerte sonó Same Old Thing, y el hecho de que no fuera muy conocida funcionó como bálsamo para la muchedumbre. Pero entonces sonaron los dos primeros acordes de Gold on The Celing y definitivamente todó se fue a la mierda.

Ahí comenzó el Apocalipsis.

El empuje era multidireccional y te mantenía de pie justo con la fuerza suficiente para rozar el suelo con los pies. No era dueño de mi posición, las leyes físicas de la multitud nos manejaban a su antojo como el gas dentro de una botella de champagne agitada. Y empece a incubar la idea de que si todo consistía en aquel manantial de codazos, vigilancia obsesiva por no ser aplastado y angustiosa lucha por la posición, iban a ser dos horas jodidamente largas. 

Me habría gustado decir que viví todas esas canciones en un trance de entrega mísitca, conectando con cada acorde como si las cuerdas de la guitarra de Dan fuera mi sistema nervioso y el bombo de Patrick fueran mis propios latidos, hasta el punto de fundirme con el ambiente en un único compás de ruido, sudor y cerveza. 

Pero no fue así exactamente.

De vez en cuando, tras el impacto de algún famoso riff, se me iba la olla en medio de la canción. Mi cerebro, fiel a su habitual dispersión, vagaba libre pensando en la birra que me tomaría luego o en el cansancio que notaba tras tantas horas de pie en medio del gentío. Al final todo terminó con dos bises que sentí como un leve apretón de manos para que todo aquello no terminara en naufragio. La noche siguió y todos hablaban maravillas del concierto pero no podía negar el sabor a escarmiento. Mi entrega al directo murió de puro éxito.

La noche cerraba ya victoriosa, ocultando la crónica negra que no había visto todavía la luz. Entonces, con esa frescura nacida del entusiasmo, y con un punto de sana inconsciencia, alguien preguntó qué había pasado con la historia de ir al baño.  

Me tomé algunos segundos para preparar la respuesta: 

Tenedlo claro, me oriné encima. 

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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