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Acostumbrarse al miedo

Bruselas es hoy una ciudad pastoreada por militares fuertemente armados. Las fuerzas de seguridad custodian estaciones, aeropuertos y plazas del centro. Es una presencia tan imponente que se tiene la sensación de que en cualquier momento pasará algo. En el periódico se anuncia la publicación de un manual para resistir a los ataques terroristas y no hay semana en la que no haya una falsa alarma. En el metro se condensan todos los miedos, en un clima fúnebre, como si se esperase el preciso momento de la deflagración. Y, aun con todo, también aquí vivir sigue siendo tan inevitable como morir.

Llueve mansamente

La lluvia cumple burocráticamente su tarea, sin faltar ni un sólo día a su trabajo bajo un cielo pintado de gris. Es una lluvia tan desmotivada como puntual. Llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, diría Cela. Algunas mañanas la niebla envuelve la ciudad y las bajas por depresión rozan entonces lo onírico. Resultan razonables los motivos históricos y políticos por los cuales la sede administrativa de la Unión se estableció aquí, a medio camino entre Francia y Alemania, enemigos acérrimos. No así los motivos legislativos. Una ciudad con este clima está destinada a producir una regulación triste y gris, fruto de la avitaminosis. Conscientes del drama meteorológico, aquí los bancos prometen a sus clientes casas en Mallorca y muchos jubilados se procuran un retiro mediterráneo. Nadie piensa, en cambio, en nuestros eurodiputados o en los miembros de la Comisión, obligada a actuar frente al Brexit bajo una lluvia decididamente británica. Una sede razonable, con un clima más plausible y decididamente continental -no digamos ya una playa en la que pasear los problemas- aliviarían muchos de los males que aquejan al proyecto europeo y evitarían nuevos ataques de apoplejía. A cambio, quizás obtendríamos reglamentos más amables y  los funcionarios europeos gozarían de mayor salud y prestigio entre los burócratas del mundo entero.

Un escritor por una Europa unida

Durante los años treinta, el escritor austríaco Stefan Zweig trató de combatir el clima bélico de la Europa de entreguerras, carcomida por la guerra y la crisis económica. Su objetivo era lograr una unión de intelectuales europeos que hiciesen un frente común al nacionalismo, que conducía al continente a un nuevo desastre. Ello le llevó a viajar e impartir conferencias en varios países, manteniendo, a la vez, una febril correspondencia con otros escritores, como en el caso de Joseph Roth. En 1934, en una de aquellas charlas, titulada “La unificación de Europa”, Zweig reconoce la supremacía de la idea del nacionalismo: “la idea europea no es un sentimiento primario, como el patriótico, como el de pertenecer a un pueblo, no es original ni instintivo, sino que nace de la reflexión, no es un producto de una pasión espontánea, sino el fruto lentamente madurado de un pensamiento educado. Adolece de inicio del entusiasmo que anima el sentimiento patriótico. El sagrado egoísmo del nacionalismo se mantendrá siempre más accesible a la mayoría de los individuos que el altruismo del sentimiento europeo, porque siempre se alegra más de reconocer lo que le pertenece que de comprender a su vecino con respeto e interés”.

Soberanía compartida

La época del estado-nación se ha revelado como una época larga, fecunda en himnos, selecciones nacionales y repleta de capítulos de historia bañados en sangre. La historia de Europa que aprendimos en la escuela no era más que la sucesión de desacuerdos, guerras y batallas, descritas minuciosamente y acompañadas de fechas irrenunciables. Tras la victoria del Brexit, los populistas franceses, holandeses, americanos y británicos se sonríen, y hay todavía quien dice “viva la soberanía”.

Ha sido una época tan larga que ya es, definitivamente, hora de enterrarla.

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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