Real Zaragoza_respublica

Hay permanencias que saben a descenso. El Real Zaragoza se está convirtiendo tranquilamente en un autor de finales dramáticos, verdaderos dramones de libreto de ópera y tragedia griega. Un equipo capaz de sedimentar disgustos temporada tras temporada, que transcurren aburridas y lentas hasta dar con unos finales que podrán verse venir más o menos, pero que son siempre desgarradores. Así se explica que un equipo que se quedó del ascenso a siete minutos en la temporada pasada, llegue al último partido de ésta jugándose la promoción y se pegue el morrazo definitivo: seis a dos contra un rival descendido a Segunda B. En el fútbol de segunda no hay belleza en la derrota, sólo vacío y rímel corrido. En el caso de un equipo de fútbol hay una época en la que a uno le da por llorar de rabia e impotencia hasta que al final, no se si porque lo que no te mata te hace más fuerte o por puro hartazgo, uno termina comprendiendo que el fútbol, en sí mismo, no da para tanto.

Ahora me gusta el Real Zaragoza más que nunca. Me gustaba cuando ganaba pero creo que todavía me gusta más ahora, no porque yo sea un degenerado que disfrute perdiendo, sino porque el equipo me ha ido enseñando a tomarme las derrotas, no sólo las futbolísticas, con deportividad. Y uno lo aprende cuando pasa de ganar seis Copas del Rey, una Supercopa de España y dos títulos continentales al “Zaragoza nunca se rinde”, que ya lo dice todo. Desde la llegada de Agapito Iglesias en 2006 como máximo accionista primero y grandísimo pelafustán después, el Real Zaragoza ha ido acumulando un historial de fracasos encadenados, cinco temporadas en segunda, deudas millonarias y bilis. Y aun así, por encima de los golpes, que se terminan superando, lo más lamentable de este tiempo, lo que más duele pensar, es en la generación que se ha perdido. Los niños ahora ya no son del Zaragoza. Sus padres les calzan las equiparaciones de Madrid o Barcelona y eso viene a matar algo fundamental, lo único perdurable, después de todo, frente a lo que el fútbol sólo sirve como excusa: la memoria. Ir al fútbol con tu padre, tu abuelo pegado al transistor o las cervezas con amigos, son momentos, esos sí, trascendentales, posibilitados por un partido que sólo ha servido como excusa.

Desde aquel descenso en 2008 con la plantilla más cara de su historia, hasta lo de Palamós de hace unos días, a los aficionados zaragocistas nos ha tocado envejecer prematuramente asumiendo algunas lecciones, que no por resignadas, dejan de ser ciertas. Para mí, la fundamental, es que el fútbol es una cuestión sentimental. Nada más y nada menos. Quizá por eso, se meten en un buen jardín aquellos equipos que, hinchados de pureza, se proclaman como “más que un club”. Y no me refiero al hecho de que a algunos niños desfavorecidos los consiga sacar de la vida en la calle, que sí se puede considerar una labor que trasciende el fútbol. Si no al hecho de convertir un club en una cuestión religiosa o un referente moral. Que los éxitos del equipo le estimulen a uno, es algo muy legítimo. Pero ir en serio con eso, considerar el fútbol como tarro de valores o evangelio de vida, aun cuando te parece que significa algo, termina explotándote en la cara cuando las cosas empeoran, y en ese momento, háganme caso, no compensa nada.

A mí el Real Zaragoza no me ha enseñado a creer o dejar de hacerlo. Se parece más a lo que dejó maravillosamente escrito Richard Ford en su libro El periodista deportivo: “si hay otra cosa que se puede aprender del periodismo deportivo es que en la vida no hay nada trascendental. Las cosas siempre vienen y se van. Y eso es ley de vida”.

Y ahora volvamos a empezar.

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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