Le preguntaban a John Michael McDonagh por qué hace hablar a todos sus personajes como si salieran de una novela, y no como se habla en la vida real. Lo que pasa, respondía, es que estoy un poco harto de esas películas en las que no se dice nada. De esos metrajes en los que después de tres cuartos de hora todavía nadie ha dicho nada interesante. Este es, sin duda, el estilo del director británico, que con ‘Calvary’ realiza la segunda entrega de su peculiar “trilogía del suicidio” que ya comenzase con la grandiosa El Irlandés (The Guard, 2011).

En esta nueva entrega McDonagh nos atiza con una primera escena espeluznante con la que abre un drama en 7 actos, creando una fábula sobre el perdón, la integridad y qué bonita es Irlanda, que nos obligan a poner dos cervezas de por medio y sentarnos a hablarla con un amigo. Porque el cine, cuando es cine, sin más adjetivos laudatorios, que diría Camba, no termina con los títulos de crédito sino en una tasca o en casa con un pequeño foro cervecero. 

‘Calvary’ es la crónica de una muerte anunciada, los 7 días que un feligrés le da a su confesor, el padre James, párroco de un pueblo costero de Irlanda, para que ponga sus asuntos en regla, en venganza (y esto no es espolier) por el estupro cometido por otro cura, cuando era niño. Sangre inocente por sangre inocente. “Matar a un cura en Domingo. Esa sí que va a ser un buena”. Una frase que marca la tónica de una película que a partir de las telas de comedia negra y thriller de falso culpable, se va hacer un traje digno de ceremonia; tan invisible, literario y redondo como para que se le noten las costuras. ‘Calvary’ huye de moralinas o posibles sermones a favor de tal o cual postura o sobre la virtud y el pecado. Y es que, aunque sin duda este sea el relato de un buen sacerdote que, a diferencia de ese Manuel Bueno mártir que luchaba por comunicar al pueblo la fe que él ya no tenía, y de tener la forma de un thriller hecho western, es el relato, más bien, de un cura atípico con cuyos diálogos se nos va olvidando el whodunit de, ¿quién es el asesino?


Entonces qué pretende McDonagh, ¿que nos creamos al padre James? Qué quiere contarnos, ¿que hay curas buenos y curas malos? ¿La institucionalización del Mal en los estamentos religiosos? ¿El distanciamiento que precede a las malas obras? Sí, pero no. De hecho McDonagh no es católico, ni apostólico ni irlandés. Si no de Londres. Y por no creer, no cree en nada. De hecho se considera anarquista

Ante todo, ‘Calvary’ es un discurso sobre la integridad, que para rebajarle sonoridad a semejantes cascabeles la comedia sale al cruce, siempre presente —aunque nunca exhibicionista— y que no se impone en ese discurso que se toma el compromiso religioso del personaje y su capacidad de sacrificio por su comunidad sin resultar un impúdico mensaje adoctrinador. 

Y ¿qué personaje elige McDonagh para hablar de integridad? Pues a un cura rural. Y encima irlandés, con los casos de pederastia por parte del clero que aún siguen difíciles de enterrar en aquellos lares. Ni siquiera la película se puede considerar un esfuerzo por limpiar esa imagen de los curas como perfil diabólico y depredadores sexuales. Ni podría meterle mano a la conciencia del espectador sobre un tema, que como otros, nadie es quién para generalizar ni desterrar. No estamos hablando de una película anticlerical ni antireligiosa. En todo caso anti-autoritaria. O en palabras del director : “It’s against people who just follow any blind idiots from anybody. Whether it’s the church, whether it’s the government, whether it’s financial institutions telling you how you should invest your money, you know, that’s all God. All those things are God”.

Vale, la integridad, pero ¿quién nos va a hablar de eso? McDonagh lo tiene claro: un hombre atípico, un cura crítico con el estamento (no hay más que ver la elocuencia gestual con su compañero), que tiene un descapotable y que tuvo una hija antes de ordenarse, como San Agustín con cuya cita abre ‘Calvary’. Osea, la ultima persona que nos podríamos imaginar. Y atrevido es, claro. Pero es convincente. Y más que eso. Un relato así contado tiene belleza. En una comunidad unida por el lugar común y el cliché unánimemente aceptado, se nos planta al padre James con su sotana, pero también con su pasado y una walther PPK, encarnado por ese totémico Brendan Gleeson. Qué bien le sientan el papel y la sotana al cabronazo. Con él, son las escenas donde la película alcanza una gran fuerza visual, como la conversación delante de los costillares de ternera, o de pie (ojo espoiler) mientras ve como arde su iglesia o pegando tiros a las botellas del bar. (Fin espoiler)

Al final todo eso hace que nos podamos referir a ‘Calvary’ como una fábula, que tiene sus antecedentes en otras como ‘Diario de un cura rural’ (Robert Bresson, 1951) o ‘Solo ante el peligro’ (Fred Zinnemann, 1952). Pero cuya moraleja, si es hay que alguna, regatea a lo evidente. Una posible lectura religiosa, que no es. En cambio, la única fe que profesa McDonagh en pantalla, ese gran dialoguista, es hacia su personaje, el padre James, para quien la única verdad sólida es la necesidad de comprender a sus semejantes, la caridad y la rentabilidad moral del perdón.

Aun le quedaba, a modo de confesión, decirle a su hija una frase que suena a enmienda: “se habla demasiado de los pecados, y demasiado poco de las virtudes”.

______________

Dos ideas con espoiler

– Al final se resuelve la adivinanza en la playa. Esa ejecución fácil, hasta con dolor y duda en los ojos del asesino, tan hiriente por lo directa,  sirve para remarcar que el Mal no tiene nada de glamouroso. Que matar a un hombre siempre será matar a un hombre. Pero que incluso a ese asesino, que decide no vivir con su pasado, no sería difícil imaginárnoslo poniendo una vela por el padre James

– Muy cañero el tema de los créditos finales Subo. Tan catártico como coronar una gran comida con unas torrijas de la abuela. 

 

The following two tabs change content below.

Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
Shares