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Él también las tiene. Y lo sabéis. [Vía: ossom.cl]

De todos los temores anticipados que arrinconan al hombre, ninguno como la calvicie. Hablo de cuando el pelo aún no ha caído. O de la calva aún no ganada, según se mire. Hablo de ese pelo que cae sin roce ni estímulo, como la hoja que cae del árbol. El otoño del pelo nos llegará a casi todos, pero con la inconsolable perspectiva de que, después, llegará un invierno al que nunca le sucederá una primavera. No conozco todavía a ningún varón, nacido de seres humanos, que no empiece a revolverse en su asiento ante el delicado –delicadísimo– tema del pelo. Todo parte de un principio tan angustioso como predecible: tarde o temprano, la mata que puebla los días felices de juventud, ese festival capilar al que uno piensa que nunca le llegará el final, va clareándose a velocidades variables hasta ir dejando relucir un cartón que, mejor o peor llevado, nunca será bienvenido. 

La calvicie no es lo que más nos obsesiona. En absoluto. Es que es lo único que nos obsesiona. Es el Himalaya de las obsesiones. No obstante, creo que el temor no es tanto a quedarse calvo, atención, como al proceso que media entre la fértil maleza y el frígido mármol. Es decir, la caída. Al fin y al cabo, cuando todo está perdido, siempre queda el consuelo de la resignación. La certeza de que de ahí, ya no hay nada más abajo. Adiós a la preocupación. No, el calvo no necesita compadecimientos. ¡El calvo vive liberado! Ha traspasado la membrana de su vulnerabilidad y ya sólo trabaja por reconstruir un nuevo autoestima. Esta vez más feroz y sólido. Sin fisuras. Brillante como bola de billar. Un autoestima que mira de frente al mundo y ya no teme a nada, como el torero herido que tras sobrevivir a la cogida vuelve más entregado que nunca a la faena, con el coraje del que se siente inmortal. 

Por eso lo que hiere es perderlo. Lo que acoquina al hombre es el proceso de desaparición, el clareo sin tiempo muerto, la claudicación de todos esos soldados que un día te fueron leales. Me refiero a la calvicie incipiente, las entradas que empiezan a despuntar sin previo aviso y que, para cuando te quieres dar cuenta, ya te han enviado a la farmacia en busca de Minoxidil o Finasterida. Es esa una pérdida insufrible, tanto, que ya no es pérdida sino perdición: la desaparición de lo que nos hizo ser lo que fuimos, en el marco inalterado en que lo fuimos. Porque esa caída es el anuncio de las fuerzas menguantes, del atardecer vital, el hasta nunca de la juventud. El desvanecimiento de lo que una vez fue ubérrimo. Y al perderse, también se pierde de golpe visibilidad y atractivo, pasando a convertirse en “otro señor calvo”. ¿Acaso no es esa, en suma, toda la tragedia del cartón que asoma?

Cuentan que ahora la gente viene de Turquía con pelo. Que por 3.000 leuros, todo incluido, se le puede robar un poco de tiempo al tiempo. Es la nueva ruta de la seda. Un nuevo tipo de peregrinaje a Oriente pero, esta vez, por algo mucho más importante que un textil sin igual. ¡Pelo! ¡Pelo! Gritado con la furia de un vigía que avista el Nuevo Mundo. Si el anhelo de unas especias justificó el lío que justificó, qué no hubiera removido Colón de haber sido pelo el botín deseado.

Pero, ¿qué podemos esperar en caso de que las entradas hayan empezado a despuntar o la coronilla claree a la velocidad de un Nadal? Creo que la actitud más acertada de afrontarlo, y esto me ha llevado tiempo, es la que revela el consejo que me dio un tío mío al verme atribulado: lo mejor para conservar el pelo es una cajita, y nada detiene tan eficazmente su caída como el suelo. Ahí reside el secreto. Nos podrán despojar de todo. La furia del estrés, las desilusiones o el discurrir del tiempo nos podrán dejar ayunos de pelo. Pero no nos podrán quitar la libertad de elegir cómo vivir esa pérdida. Además, lo que tiene los días contados, ¿no cultiva acaso su propia nobleza? ¿Su propia dignidad?

Todavía queda mucho pelo que perder y no nos vamos a dar por vencidos. Trabajaremos por prolongar ese momento al máximo. Intentaremos empatar el partido, aunque sea en el último minuto, con la esperanza de arrastrarlo hasta los penaltis. Y para cuando el mármol haya ganado tras el pitido final, habremos adquirido una nueva identidad. La identidad del calvo, con todos los buenos augurios de fortuna que el no tener pelo trae aparejado. Y seremos como un Zidane levantando Copas de Europa o un Jeff Bezos: poderosos, invulnerables, brillantes. 

Y de bonus track dejo este poema, con afán de resumir.

Elegía al otoño capilar

Tú, calvicie, que sin trampa 

pero con cartón 

llamaste a mi puerta.

Tú, pelo sedicioso y ruin, 

que amenazas con acomplejar 

una existencia, hasta entonces, poblada.

Tú, pelo que te precipitas al vacío 

sin encomendarte ni a Dios ni al Diablo.

Pelo que dimites de tu deber 

de defender la posición. 

Eres pelo vil, cobarde, traidor, infame.

En mis palmas te descubro pasmado,

como la sangre al palpar la herida,

y me muestras un campo de bajas:

capicidio que la respiración hielas.

Eres el recuerdo del transito fluido, los días volubles:

lección inaugural de vida adulta. 

Desolación que siempre llega

al comprender esta tragedia: 

tú, yo y un mundo donde los dos somos posibles.

Y llegará,

el día en que, ayuno de pelo,

no sepa hasta dónde gel

y desde dónde champú.

Pero sólo después de ti,

cortinilla incólume, que con cuatro pelos largos formas una resistencia.

Línea Maginot, que traes peor mal del que remedias.

Pelos feos que moriréis con nobleza,

con las botas puestas

y la ingenuidad intacta

ante el derrumbe del tiempo.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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