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Fuente: El País

El séptimo día de la semana encierra, desde el Génesis, una agenda de celebraciones por haber sobrevivido a la semana y de ahí que citarse en domingo tenga un carácter festivo. Es más, ¿no es precisamente el placer de acudir a sus citas lo que hace al domingo ser domingo? El placer de citarse a desayunar a unas horas de doble dígito, el placer de citarse al vermú, el paseo hasta llegar al vermú, el placer de citarse a comer en familia con una larga sobremesa y Rafa. ¡Cómo echábamos de menos ver jugar a Rafa en domingo!

En realidad, no es fácil llegar al domingo. Lo normal es zozobrar en algún punto de la semana y volverte a casa antes de que los torneos acaben. Rafa lo sabe bien porque desde enero, cuando cayó en la Rod Laver Arena contra un acomplejante Djokovic, hasta finales del pasado mayo en Roma, donde le devolvió al serbio la misma contundencia de la que había sido víctima, no había conseguido llegar al séptimo día de la semana. Empezaba a ser frustrante, sobre todo, al morir en la orilla de sus feudos, Montecarlo, Barcelona y Madrid; refugio y justificación de la vigencia de Rafa.

No deja de ser macabro que fuera precisamente en Indian Wells donde Rafa encontrase un pozo profundo. El 16 de marzo anunciaba, con el gesto sombrío protegido en una gorra, que su rodilla le había dicho basta y que no podría jugar la semifinal contra Federer. Él sabía anticipar el efecto que podría tener ese momento en su temporada y, por tanto, no era nada exagerado el palo que supuso para él aquella lesión. Otra vez el fantasma de la rodilla que lo apartó, allá por septiembre, jugando las semis contra Delpo en el US Open. Otra vez las dudas sobre su físico, una vez más, ¿cuántas sería capaz de resistir con estoicismo antes de ceder ante el runrún de la retirada?

Aun así, Rafa empezó la arcilla mejor de lo que se espera para alguien que se lesiona gravemente en septiembre y recae en marzo, pero todavía andaba falto de la explosión de piernas, la agilidad y la calidad en los golpes a los que sólo es posible llegar con un ritmo de competición progresivo. Cada retirada trastabilla el proceso y dificulta la vuelta. La realidad de estos dos últimos meses era de ambivalente lectura. Por un lado, no dejaban de ser tres semifinales como tres soles, después de las lesiones, lo que no hubiera resultado un mal registro para nadie. Por otro, tampoco debe ser nada fácil quedarte a las puertas de llegar al domingo de los tres de tus cuatro torneos fetiches, piedra angular de cada nueva temporada que Rafa empieza desde que su físico le ha impuesto este ajustado régimen de citas.

¿Cómo te gestionas moralmente para ganar a Tsitsipas tan solo una semana después de que te hubiera pasado por encima en Madrid? ¿Cómo haces para ganar a Djokovic, un jugador a quien los del mundo del tenis consideran que en su mejor versión es mejor que Rafa, que cuando lo ha sido le ha ganado, como hizo en Wimbledon y Australia? ¿Qué te sostiene, entonces, al empezar junio, para seguir saliendo a entrenar con 32 años y 17 grand slams? Hay dos cosas que se repiten en Rafa: análisis y concentración.

En cuanto al análisis, lo decía él mismo cuando le preguntaron después de ganar Roma en qué había consistido la recuperación tras el mazazo de Indian Wells: “pff, cuando volví al hotel empecé a repasar qué había salido mal. Toqué fondo. A partir de ahí, ¿cómo te recuperas? Pues saliendo a entrenar al día siguiente sin quejarte y te concentras sólo en cómo te vas a superar”.  ¿Cómo analiza Rafa las derrotas? ¿Dónde se encierra a deliberar? ¿Lo hace dando vueltas por la habitación, como un león enjaulado, o se da una ducha larga con el agua hirviendo para esterilizar la pena? ¿Qué tipo de terapia sigue? ¿Escribe? A lo mejor escribe un diario que nadie conoce. A lo mejor boceta versos que dedica a sus rivales. Una libreta llena de poemas titulados con una sola palabra: “Novak”, “Roger”, “Stefanos”, “Dominic”, “Fabio” … ¿Medita? ¿Hace mindfulness? ¿Qué lecturas le pasan a Rafa? ¿Qué películas ve? Algo tiene que hacer entre torneos porque siempre vuelve como si se hubiera encontrado a un abate Faria en alguna cárcel de alguna isla no lejos de Montecristo o como si hubiera visitado a algún Yoda, que le diese a conocer el poder de la fuerza otra vez y que reforzase en él la idea de que la calidad de la vida depende de la calidad de las evaluaciones. ¿En qué piensa por el pasillo hasta llegar a la pista? ¿Canta en su cabeza alguna canción? A lo mejor le gusta Camela. O a lo mejor repasa alguna frase de Toni o Carlos. A lo mejor piensa en Mery, o en sus padres, o en sus amigos. ¿Cree en Dios? Lo que está claro es que cuando sale a jugar se anuda la cinta y ese es el único asunto al que permite presionar sus sienes. Todo lo demás queda fuera de esa círculo de influencia que se ha ceñido a su cabeza.

El otro tema digno de estudio en Rafa es la concentración. Lo explica su tío Toni con un ejemplo de la final de París: “Mi sobrino es el número uno de la ATP recuperando el servicio perdido en el juego inmediatamente posterior. Este es, a mi entender, un dato fehaciente de su fortaleza mental”. Tras perder el segundo set frente a Thiem, Rafa pide ir al baño. Cambia de aires durante cinco minutos y regresa con una idea clara del juego que necesita hacer en el tercer y cuarto set. Vuelve metódico y se entrega a sus rituales donde hace pequeño su mundo, acciones sobre las que se tiene el control, no como los resultados o el ambiente: toalla, botella, una línea blanca, un paso a la izquierda, un paso a la derecha, calzoncillo, cinta, 25 segundos… El resultado de eso es elocuente: 6-1 y 6-1.

Hace unas semanas le preguntaban a Rafa si el hecho de no ganar torneos en arcilla le iba a impedir ganar Roland Garros. Rafa respondió que lo único que le hacía falta acumular hasta París no eran trofeos sino cinco semanas de confianza en las que la rodilla aguantase, en las que se encontrase sano. Lo que había en juego en este Roland Garros no tiene nada que ver con los otros once. El camino hasta llegar aquí nunca había estado tan lleno de dudas, dolor físico y parones. Ha hecho falta entrenar duro, entrenar a la misma intensidad con que se juega, algo que no hace ningún otro tenista del mundo. Sólo así se debe poder llegar a ese momento del 3-0, en el tercer set, cuando tras diez intercambios Nadal aborta un passing de Thiem con una dejada que casi remonta la cinta, momento a partir del cual se le empezó a poner al austriaco cara de un cuadro del Greco.

Rafa sólo necesitaba acumular semanas sano, no títulos, consciente mejor que nadie de que Montecarlo, Barcelona, Madrid o Roma son el invernadero, pero París es donde se venden las flores. Porque, ¿qué victoria le faltaba a Rafa? Esta: amagar con la retirada. Sembrar dudas con sus lesiones y empezar a fallar donde se le presupone infalible. Exponerse a ser revoloteado por las aves rapaces y volver los domingos. Y ganar la decimosegunda copa de los Mosqueteros.

Decía Robert Ford, a través de su personaje Frank Bascombe, que la vida no necesita metáforas y, menos, deportivas. Pero a muchos no nos gusta Nadal porque sea español sino porque admiramos la fuerza mental desde la que enfoca todo su tenis. Y lo que ese ejemplo represente para el que quiera tomarlo no es más válido que otro cualquiera. Pero no deja de ser un bello ejemplo, para los que somos hijos de este tiempo, la figura de quien se repone de las lesiones, que continúa impasible a las opiniones que no le encumbran como al mejor, que le rompen el servicio en un momento crítico y a continuación se lo devuelve al rival. De todo eso nos quedará su rodilla, a la que, cuando pasen muchos años, ya no sé cómo deberá ser conservada, si tendría que hacerse reliquia, como la de los santos, de quienes se conservan ciertas partes del cuerpo que fueron vía de mortificación hacia la cumbre de sus singulares vidas. Y nos quedará también saber que se puede. Trataremos de emularlo para terminar, como él, citándonos en domingo y hacer la croqueta por los suelos de París, dejando la camiseta rebozada de tierra batida y gloria.

Y cuando el mundo se haga ruidoso y la cabeza se convierta en una jaula de moscas, pensaremos en cómo hacerlo pequeño: toalla, botella, una línea blanca, un paso a la izquierda, un paso a la derecha, calzoncillo, cinta, 25 segundos… Y a campeonar.

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Fuente: elmundo.es

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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