“I can envision one person with a lot of machines, tapes and electronic set ups, singing and speaking, and using a lot of machines.” 


Son palabras que quedaron ya para el recuerdo en una entrevista que tuvo lugar con los miembros de la banda The Doors en sus últimos años, en la que un Jim Morrison de milenaria barba y cabellera, a modo de perfecto chamán en el más terrible de los estados de trance, cigarrillo en mano, dejó claro su visión profética para con el futuro de la música popular. El Rey Lagarto ponderaba bien sus palabras en cada entrevista , haciendo uso más bien de su más pura condición de poeta que de músico, aunque alguna que otra vez fuera bajo los efectos de algún tipo de alucinógeno o narcótico, de los que fue abusando de forma más o menos regular durante sus años de gloria hasta su propia autodestrucción en 1971, según la historia autorizada y oficial,  en una bañera de un hotel parisino .


Léon Theremin junto a su invento.

Los Doors nunca se caracterizaron por un uso de las máquinas como un instrumento mediante el cual crear innovadores sonidos, — al menos no directamente— pero Jim intuía ya, y entre otros muchos artistas ciertamente, el poder que podían llegar a ejercer tales máquinas, que ya existían desde hace varias años, renovando por entero los cánones sobre los que se establecía la composición musical hasta entonces reinante. Ya a finales de los setenta —aunque los primeros pasos se dieron algunos años antes—, comenzaron a despuntar bandas que establecían a los sintetizadores como protagonistas en la concepción de sus obras musicales. Es el caso de los padres del Krautrock alemán, Kraftwerk, de mediados de los 70, aunque también podríamos citar a Jean Michael Jarre o Vangelis. Con su álbum debut —Autobahn, 1974— Kraftwerk dejó sentadas las bases para el posterior desarrollo de la música electrónica tal y como la conocemos hoy. Kraftwerk fue uno de los pioneros en crear música electrónica casi enteramente de corte instrumental, si bien fueron influenciados por artistas que ya empezaron a domesticar las primeras máquinas a finales de los 60 como The Velvet Underground, Pink Floyd o The Beatles. Sin embargo, estos grandes dinosaurios no llegaron a ver a la máquina como el factor principal, quizás no estaban buscando eso o no se atrevieron a ir más allá, estirando los límites que les podían proporcionar los aparatos electrónicos.

La musique concrète

Pierre Schaeffer, pionero de la musique concrète.
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El germen quizás se dio mucho más atrás. Sin llegar a los que se consideran como los primeros instrumentos electrónicos —como aquel mostrenco bautizado Thelharmonium o el más conocido Theremin de Léon Theremin, que data de 1919 y llegó a usar Jimmy Page en alguna actuación—, el  inicio se fue dando con el nacimiento de la música concreta o musique concrète para los más puristas.  Tuvo lugar a finales de los años cuarenta, grabándose fragmentos sonoros de todo tipo; cualquier sonido era susceptible de ser registrado, desde el sonido de un tren pasando por las vías férreas, hasta el despertador del dormitorio, los utensilios de cocina, o la majestuosa sinfonía que se daba lugar al tirar de la cadena tras pasar por el trono de porcelana. Los sonidos eran obtenidos por una cinta para más tarde intentar dar una solución a los mismos uniéndolos posteriormente entre sí; ya sea aumentando o disminuyendo la velocidad de la cinta con el loop deseado, o bien cortando fragmentos y juntándolos, dando a uno de ellos la vuelta. Entonces se derivaba de esta manera en lo que aparentemente ellos denominaban una composición musical. Especialmente vital era el término juego —jeu, en francés— mediante el cual se hacía referencia no sólo al hecho de tocar, sino al de jugar, interaccionar o experimentar con la música. Eso era la música concreta, y su fama se debe a Pierre Schaeffer, quien tuvo acceso a métodos de grabación gracias a la Radiodiffusion-Télévision Française, trabajando con diferentes personas. Tuvo gran fama la música, creada por John Baker y demás colaboradores, para la serie de ciencia-ficción de la BBC Doctor Who, que se estrenó en 1963 y que combinaba estilos de música concreta y electrónica —llena de una atmósfera genialmente rara y tétrica en ocasiones— lo que daba un toque muy apropiado para temas que se consideraban futuristas por entonces.  Esto conformó las raíces de la música creada por máquinas, aunque se podría relacionar también con el inicio de la música avant garde y figuras como los geniales John Cage, con obras como 4’33”— jamás he oído una pieza tan singular—, o Philip Glass, la cual no utiliza tanto instrumentos electrónicos sino que se recrea en la más pura experimentación sonora con nuevos patrones compositivos, carente aparentemente de cualquier sentido.

John Cage y su prepared piano.

En cualquier caso, aunque la música concreta de la época fuese más experimental que propiamente electrónica, no hay que olvidar que la música electrónica que hoy conocemos, así como la música en términos generales —si además nos referimos con este término a toda creación nueva de corte artístico— es en gran medida experimento o genial serendipia en manos del hombre o mujer que se encuentra tras la máquina. También es verdad que la música y el arte no se crean de la nada, con lo que nunca se puede establecer un primer y único motor en el nacimiento de nuevos estilos musicales; todos los artistas beben de todos, todo es movimiento y se encuentra en constante cambio ya sea positivo o negativo, términos que dependen en el arte de los cánones artísticos bellos de la época en la que se conciban las obras.


Alquimistas del sonido

Con todo esto puesto como antecedente, se puede analizar lo que supone la música electrónica de nuestros días tan denostada y execrada por la opinión general, máxime si se trata de música bien conocida y comercialmente aceptada. Bien es verdad que la música popular electrónica que hoy podemos encontrarnos es elaborada  a partir de ordenadores y programas al alcance de cualquiera; son técnicas más sencillas que distan mucho de las técnicas compositivas electrónicas tradicionales, basadas en puro ruido blanco o notas procedentes de un teclado, que posteriormente se modificaban por filtros que ajustaban la frecuencia deseada. De manera sencilla, esa era la esencia de lo que hoy conocemos como sintetizador. La base hoy es la misma, pero desprendida ya —en mayor o menor medida— de todo lo analógico y de esa monstruosa maquinaria, que ocupaba salas enteras. En cualquier caso, personalmente a día de hoy, me considero una persona totalmente incapacitada para ejecutar desde cero y de principio a fin, cualquier pieza que pueda elaborar un DJ medianamente experimentado. La música electrónica puede no gustar, porque para eso ya se pintaron muy bonitos los colores, pero no hay duda de que exige un trabajo muy arduo susceptible de partir el cráneo a cualquiera, y que muchas veces logran efectos muy satisfactorios, como puede ser el caso del denominado dubstep, brostep y demás familia y amigos, cuya figura más conocida hoy puede que sea el norteamericano Skrillex. Es en esta música, aunque no siempre, donde se puede apreciar el estilo más genuino de lo que es una máquina fabricando sonidos que provienen de sus entrañas de metal, un sonido violento a la par que etéreo, que por el simple hecho de tener la etiqueta de comercial no siempre significa que sea de menor valor.

                                              Skrillex, artista de estilo dubstep.

Todo adquiere de esta suerte una forma muy de ciencia-ficción, en la que las máquinas puedan o al menos den la impresión de cobrar vida y llegar a imponerse a la voluntad humana, causa de su existencia. De momento, si bien no llegaremos nunca a liberarnos de sus metálicas ataduras y de la dependencia que nos provocan, tal cosa parece no haber ocurrido y es al hombre al que le toca sacar lo mejor de esta suerte de titanes de metal, siendo dueño y señor de las mismos. Como en los años de Paracelso, el hombre tiene la oportunidad con la música electrónica, de convertir lo tosco y burdo en oro, estableciendo las fronteras musicales mucho más allá de lo conocido y aceptado por el gusto musical general. Y todo cambio en el arte es siempre bueno, nunca se va hacia atrás ni hacia delante, se todo se enriquece constantemente y se aprenden nuevas formas de valorar, la clave radica en mirar con diferentes ojos, no sólo de oír sino de sentir en su término más amplio, sin juicios preconcebidos, degustando el néctar producido por estos artistas, por estos alquimistas del sonido. 

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Nacho Rasines

Adicto al sonido: didgeridoo, hammered dulcimer... y escribo cosas de vez en cuando.
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