Curso Avanzado de Vida

A un maestro relojero ciego le habían encargado la construcción de un gran reloj para la estación de trenes de Nueva Orleans. Tras la muerte de su hijo en la I Guerra Mundial, el relojero hizo que su reloj marcara las horas en sentido contrario al normal. Según dijo él mismo durante la inauguración, por el deseo de que el tiempo marchase hacia atrás y los jóvenes muertos en el campo de batalla regresaran a sus casas. Confieso que la primera vez que vi El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008) pensé que ese prólogo sobraba. Los prejuicios con que me enfrenté a esta película, dada la difícil conexión con historias fantasiosas que suele ser habitual en mí, tampoco ayudaron a entender mejor lo que me estaban contando. Parecía que pretendían decir que ese reloj de marcha inversa era el causante de la maldición o milagro que aquejaría al protagonista de la historia, ese hombre que nació siendo viejo y murió siendo niño. Qué gran error cometí…

El curioso caso de Benjamin Button, ahora puedo decirlo, es el más hermoso, escalofriante y doloroso poema a la vida que el cine ha sido capaz de crear. Porque todo lo que la vida tiene de hermosa, escalofriante y dolorosa aparece representado ante nuestros ojos, con la facilidad con que se cuentan cuentos a los niños. Y no podía ser más acertado ese tono puesto que nosotros -espectadores baqueteados a base de mucho fotograma, mucha gravedad shakespeariana y mucha adultez escabrosa al estilo HBO- hemos viciado nuestra manera de ver el mundo hasta el punto de ser incapaces de valorar nada que no venga enredado en baños de sangre, ambiciones desmesuradas o intrincadas psicologías. Tanto malvado fascinante y tanta historia sobre las complejidades del poder y la naturaleza humana nos han despegado de la rutinaria sencillez que en realidad rige nuestras vidas de gente corriente. Fincher, que en otras películas nos había dado realidades retorcidas a cucharones, nos agarra de las solapas, nos sienta en el sofá y nos mete por los ojos esta historia de gente sencilla que vive y muere, del paso del tiempo reflejado en las rutinas que se repiten (“¿te he contado que me alcanzó un rayo siete veces?”) y en los huecos vacíos que van dejando los ancianos que mueren en esa residencia que sirve de escenario principal. El tiempo, el verdadero protagonista de esta película, va atravesándola secuencia a secuencia, como sin molestar, sin brusquedades, pero con su constancia de martillo pilón. Y no hay mayor tragedia que esa, que me perdonen Michael Corleone, Shakespeare o el mismísimo Eurípides.

El gran mérito es haber conseguido integrar entre tanta normalidad lo que es manifiestamente anormal, que en esta película es nada menos que el personaje principal. Contemplamos sus vicisitudes, sin embargo, no con sorpresa ni extrañamiento, sino con la sonrisa cercana que nos provoca aquello en lo que podemos reconocernos. Un niño que empieza a andar, la curiosidad hacia el mundo, el descubrimiento del amor y el sexo… En ningún momento nos enfrentamos al lastimoso espectáculo de un viejo haciendo cosas de niños, siempre somos conscientes de estar viendo a un niño con apariencia de viejo. Todo fluye con simpleza, nada es chocante, ni aunque se trate de un anciano blanco en silla de ruedas llamando mamá a una joven negra. Esa naturalidad narrativa, salpicada de magníficos destellos de humor, y esa invisible integración de unos efectos especiales fabulosos en la historia, marcan el momento creativo de Fincher y su entrega absoluta hacia el material que tiene entre manos, como ya había demostrado en Zodiac apenas un año antes.

Por tanto, estamos ante un bildungsroman de manual más que ante un relato fantástico. Benjamin crece hasta que aquello que conoce se le queda pequeño. Se enrola en un remolcador y se va a conocer mundo. Se enamora por primera vez (fantástica Tilda Swinton) y se da de bruces con el sufrimiento de la II Guerra Mundial. Toda esta fase aparece pintada con una paleta de oscuros. Es cuando Benjamin conoce lo más negro del mundo. Después, regresa a casa, donde se reencuentra con su amiga de la infancia, que ahora es una guapísima Cate Blanchett. Y, por supuesto, es el amor de su vida. Un espectador impaciente podría pensar que tardan mucho en empezar los tiras y aflojas amorosos entre los protagonistas, que todo lo que nos han mostrado antes podría haberse resumido más. Pero no es objetivo de esta película contar una historia de amor, sino contarnos la vida, y por eso en ella el amor llega, como en la vida, cuando tiene que llegar. Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa, dice el Eclesiastés. Un tiempo para enamorarse y también para sentirse rechazado. Para dejar pasar las oportunidades y para darnos cuenta de lo que en realidad queremos. Así, los protagonistas se unen y se separan, discuten y se pierden de vista, hasta que la vida vuelve a reunirlos en el momento preciso. Benjamin ya ha visto mundo y sabe de las crueldades que acechan allá afuera. Daisy aún es soñadora y ambiciosa, hasta que una bofetada en forma de pierna rota la baja de la nube. Ese es el momento, y lo sabemos gracias a la magnífica metáfora que supone la evolución física de Brad Pitt desde el viejecillo encorvado que se hizo marinero hasta el joven guapo que acude junto a la Daisy convaleciente en París, en contraste con la de ella, que es la de todos nosotros. Llevan caminos contrarios pero ahora ambos parecen más o menos de la misma edad. “Nos hemos encontrado justo en el medio”, llega a decir ella en una escena. Pero lo fantástico, esas diferentes direcciones del envejecimiento físico, no pasan de ser metáfora, porque lo determinante no es la apariencia sino lo vivido. Se ha reconocido poco la brillante interpretación de Brad Pitt, cuya mirada chispea de fascinación juvenil cuando es un anciano (por ejemplo en las maravillosas conversaciones con el capitán del remolcador), bajo kilos de maquillaje y retoques digitales, y parece más serena y asentada cuando su aspecto es el de un hombre joven. Ella, a su vez, pasa de la niña pizpireta del principio a la joven vanidosa y frívola que coquetea con la fama y los hombres, hasta llegar a la mujer con los huesos y los sueños quebrados que, finalmente, consigue aceptar su lugar en el mundo. Y a todo lo malo que ambos han tenido que conocer se sobrepone el instinto de felicidad, la necesidad de vivir. Los vemos encerrados en su nueva casa. Navegando en un barco. Aislados de un mundo que sin embargo sigue su curso y en el que el tiempo sigue pasando y los personajes siguen muriendo. Y tienen una hija. La luz en esta parte de la película es soleada, pero tratada con filtros de forma que da cierta apariencia de postal. Son los recuerdos más felices de ambos.

Luego llega el miedo. La conciencia del tiempo que se nos escapa. El envejecimiento y la muerte, que en Benjamin se representan como un viaje a la infancia, la pérdida de sus facultades de hombre. Antes se ha marchado, ha abandonado a Daisy y a su hija temiendo ser una carga, pasar de cuidar a ser cuidado, en el que es el único rasgo de extrañamiento de Benjamin hacia su propia realidad. Porque, a fin de cuentas, ¿no acabamos todos necesitando que nos cuiden y hasta -ay- que nos cambien los pañales? Él no lo acepta como nosotros somos incapaces de aceptar lo que un día tenemos que ser, lo que nos aguarda a todos salvo fundido a negro abrupto e inesperado: la puta y miserable vejez. Pero vuelve. Un adolescente por fuera, el peso de toda una vida por dentro. El poderío simbólico de la película alcanza sus cotas más altas en esta fase: ninguna imagen de un anciano desvalido puede causar más impacto que la de ese niño (¿qué puede parecernos más desvalido que un niño?) con los primeros granos en la cara y confuso por la demencia senil. Y su destino era pasar por eso junto a Daisy. De nuevo la residencia, no ya con los tonos cálidos de la infancia, sino con una claridad fría, azulada. El momento de la muerte de Benjamin, ya un bebé, en brazos de Daisy, con ese destello de lucidez postrera en la mirada, encoge el corazón más que ninguna otra cosa que yo haya visto antes en el cine. El ciclo se completa con la congoja de ese tramo final y Fincher vuelve a acertar no cargando las tintas, manteniendo la naturalidad narrativa que impuso desde el principio. Todo se resuelve en apenas tres escenas, sin subrayados, sin que la música nos inunde.

Acaba la película y nos descubrimos tristes, pero no podemos evitar la sonrisa al recordar todo lo que hemos visto. Y entonces cobra sentido el prólogo del reloj que anda en sentido contrario, el desesperado anhelo del relojero ciego. Porque -nos dice la película- por mucho que nos empeñemos, es imposible que el tiempo vaya hacia atrás. Aunque no aceptemos lo inexorable, como Benjamin es incapaz de aceptarlo durante un tiempo, la vida sigue un curso al que tarde o temprano tenemos que acomodarnos: descubrimos el mundo y nos desencantamos de él; conocemos a buenas personas y también las crueldades del ser humano; nos sobreponemos a todo en busca de nuestra felicidad; la logramos y se nos escapa de las manos. Y, mientras tanto, el tiempo sigue pasando, la gente que queremos sigue muriendo, y poco a poco se acerca nuestra condena, la vejez, la enfermedad, la muerte. El drama de Benjamin no es su rejuvenecimiento físico mientras los demás envejecen, es el mismo de cualquiera de nosotros: sobrevivir al deterioro de todo lo que nos rodea, a la pérdida de lo que amamos y a la conciencia de nuestra propia caducidad. Luchamos contra el tiempo construyendo nuestro propio camino y, pese a que es una lucha destinada a la derrota, nos sirve para vivir. Luchar es vivir. No sirve lamentarse, no es posible hacer que los relojes vayan hacia atrás. Es triste, pero sonreímos por todo lo vivido, por la felicidad que hemos ido dejando como un rastro de migas de pan tras nuestros pasos. Así es la vida de la gente corriente, no de héroes y antihéroes de tragedias, la nuestra.

Por eso, por la sonrisa triste que nos deja, El curioso caso de Benjamin Button es una obra maestra absoluta.

Escrito por Vandalio Sí, soy un veleidoso pastor renacentista. Y sí, me parezco a Peter Lorre echando un pitillo. Porque soy todo lo que he visto y leído

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