Las personas amarillas

Descubrí a Albert Espinosa hace solo unos meses. Un poco por casualidad me topé con una curiosa entrevista que le habían hecho hace ya algún tiempo. Digo lo de curiosa porque, os voy a confesar, consiguió captar todo mi interés en saber más sobre él. Bastaba leer solo unos párrafos para darse cuenta de que, a pesar de ser aún joven,  sabía más que muchos de los mortales. Así que me sumergí en todos los medios en los que pude. Aquella entrevista me dejó con sed de saber más. Descubrí que, entre otras cosas,  era el director de planta 4ª y la serie pulseras rojas. También que había vencido al cáncer hasta en tres ocasiones. Por el camino perdió una pierna, parte del hígado y un pulmón; pero como él suele decir: “las pérdidas se convierten en ganancias”. Y es que él ganó mucho en esos diez años que pasó entre las paredes de hospitales. Ganó cosas de esas que no se compran, más bien se aprenden. Algunas se las guardará para él pero, por suerte para nosotros, Albert nos ha dejado algunas de sus preciosas perlas en sus libros. El que más me fascinó fue “El mundo Amarillo”.

Albert Espinosa

Albert Espinosa

 

“El mundo Amarillo” es un libro muy sencillo- que no simple-, de la vida misma, contada a través de experiencias de las que se sacan grandes verdades, que curiosamente se hacen más visibles cuando te las cuentan que cuando las ves tú mismo. He descubierto las Personas Amarillas.

¿Nunca has sentido una conexión especial con un desconocido? Algo así como si ya os hubierais conocido en otra vida. Con los amarillos no hace falta ganarse la confianza. Ya está ahí. Cuando dos amarillos se cruzan se abren sin poner barreras, porque sobran.

Las personas amarillas no son amigos, no son familiares ni amantes. Aunque pueden llegar a serlo, pero eso es otra historia. La dinámica de la vida misma puede hacer que un amarillo cruce la frontera de la amistad o algo más, pero si lo hace deja de ser amarillo. Depende de ti; un amarillo puede serlo para toda la vida o transformarse en lo que tú desees. Ellos son una suerte de sui generis, no clasificables en ninguna categoría común.

Los Amarillos son gente buena por definición, con sus defectos, pero sin malicia ni falsedad. Son personas que sólo necesitan un gesto, una mirada o una sola palabra para conseguir que cambie tu día, tu perspectiva o que tu vida dé un giro. Nos hacen aprender, abrirnos al mundo y conocer mejor nuestras carencias. Las personas amarillas tienen ese don. No hace falta más. Una conversación con un amarillo deja poso, y la relación con un amarillo no necesita especiales cuidados, recordemos que no es una amistad o similar. Lo más importante es que un amarillo no necesita llamadas telefónicas, ni tiempo de cocción, tampoco que lo veas a menudo. Además, la gente amarilla no entiende de edad.  Los reencuentros con los amarillos suceden como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez. Pero puede pasar que no haya reencuentros, también hay amarillos de un día.

Cada uno tenemos nuestras personas amarillas; dice Albert que son 23 a lo largo de nuestra vida. Yo creo que cada uno tiene su número, no es algo tan matemático. Pero lo que sí es cierto es que, por suerte o por desgracia,  no serán demasiadas.

Albert los define así:

“Amarillo: Persona especial en nuestra vida que no necesita tiempo ni mantenimiento, a la que acariciamos y abrazamos. Marca nuestra vida y hay 23 a lo largo de ella. Las conversaciones con ellos hacen que mejoremos como personas y descubramos nuestras carencias. Son el nuevo eslabón de la amistad”.

 Y ahora podéis preguntaros: ¿Cómo encuentro yo un amarillo? Lo primero que debemos saber es que las personas amarillas se encuentran, no se buscan. Si caminas por la calle buscando una persona amarilla probablemente nunca la encontrarás. Aparecen en cualquier sitio, el más inesperado y en el momento menos pensado. Las conocemos por un amigo o por sus padres, o porque coincidimos de forma pasajera en un aeropuerto, en la barra de un bar o en el estanco de nuestro barrio. Pero cuando te encuentras con una, lo sabes al momento. Sólo hay que dejarse encontrar.

Personalmente, me encanta cuando nuestra cabeza decide adoptar un término para bautizar un concepto, una idea o sentimiento que ya estaba ahí, pero que al no tener nombre de pila no sabíamos identificar. En aquella entrevista que leí Albert decía: “Creo que el cerebro tiene una combinación retardada para abrirse; hay que pulsar muchas teclas y con códigos diferentes para que se abra y deje entrar lo que al principio rechazaba. Tan sólo hay que encontrar la contraseña”. Del mismo modo espero haberme acercado, al menos un poco, a presentaros el mundo Amarillo. Me conformo con eso. Pero lo que os pueda contar yo no alcanza ni por asomo a la vivencia de una experiencia amarilla de verdad. Por eso, recordad: sólo hay que dejarse encontrar.

 

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Blanca Sardina

Un niño me dijo una vez que lo esencial es invisible a los ojos. Y desde entonces me tatúo las buenas ideas para no olvidarlas.

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