La Gastronomía se presentó cuando llegó su turno. ¿Qué podría negársele a la que nos sostiene desde la cuna al sepulcro; que acrecienta las delicias del amor y la confianza de la amistad; que desarma al odio, facilita los negocios y nos ofrece, en el corto trayecto de la vida, el solo goce que, sin ser seguido de fatiga, nos compensa de todo lo demás?

Brillat-Savarin

Fuente: Diario vasco

 

Un hombre corre hacia una salsa que se desploma. La receta es huevos a la Benedictina, la salsa, Holandesa y ese hombre despavorido soy yo que, atrevido en mi ignorancia, también me creí a la rata esa que se fue a París a demostrar que cualquiera puede cocinar. Nunca ambicioné ser chef, ni siquiera cocinero. Pero como el resto de la humanidad he rondado por los fogones encendidos que tenía mi abuela con la encimara a la altura de los ojos, mirando a ver qué hacía la bruja de ella. De lo que sí he sido mucho es de oler. Siempre me ha dado por olerlo todo en plan analítico pero sin perder el decoro, ojo. En el ascensor detectaba de pequeño el perfume de la señora Julia y sabía cuándo se había montado en él Don Juan, el cura de la cuarta planta, al que delataba el tufo a carajillo cargado de orujo.

Pocas cosas son tan evocadoras para la memoria como el olor y el aroma, que en un mordisco, se arrancan en un viaje por territorios de la memoria dorada, la familia y la infancia, algo que le pasaba a ese Anton Ego extasiado al recordar el Ratatouille de su madre. Porque al niño la comida le encanta y le repugna con una naturalidad fuera de cualquier pose. Efectivamente, los huevos a la Benedictina que una vez probé en el francés Balthazar de Covent Garden, son de esos momentos destinados a perdurar. No sólo por el escalfado maravilloso sino por todo lo que rodeaba: las personas, el contexto, el local. Pero te vas confiando y al final, claro, la nariz y la memoria te juegan malas pasadas. Suele ocurrir de sopetón y por sorpresa, en mitad de la calle, en la butaca del cine o mientras sostienes la puerta para dejar pasar. Que detectas el perfume de la que fue tu novia en el aire y todo se va a la mierda dejándote abatido como un puñetazo en toda la tripa, a media altura y sin avisar. Desde entonces he andado con mucha precaución, arrinconando los aromas con cuidado y sin sorberlos de prisa a la primera, sino poco a poco, a modo de cata que evite la intoxicación.

Antes de eso, procuraba pasar por la cocina solamente lo imprescindible, de camino a la nevera y aledaños a la caza de algo que merendar, observando el pimentero o las ollas como las vacas miran al tren. Pero un día, en un zapeo random, me topé con David de Jorge Eceizabarrena y David, a través de la ETB primero y YouTube después, entró en mi cocina cruzando en rojo y sin mirar. Entró abriéndose paso a coces y sartenazos, espabilándome el ánimo, después de unos meses convertido en el espectro que nos convierte el mal de amores, y me puso de pie de un salto a declamar hosannas y ¡vivas! a Rusia. Hablo del David de los primeros videos, el rechoncho y simpaticote del principio, el que habría los programas con una ristra choricera a mano alzada y declamando a Neruda en homenaje a las soperas. El que te empujaba a salir al rellano de la escalera y gritar a todo trapo que Robin Food ya había llegado a nuestros hogares. Desde entonces, el sonido del sofrito se convirtió en el mejor ansiolítico y las ollas y pimenteros que nunca volvieron a ser los mismos, valen ahora por mil manuales de autoayuda. Porque en eso consiste lo más valioso de cuanto hace David: no a que cocines como él o como Berasategui —quién tuviera las cocottes LeCreusset o las hierbas frescas recién cortadas de los muy bribones—  sino en regalarte ese espíritu: el anhelo de cocinar un buen recuerdo, otra bola dorada a la que volver en el palacio de la memoria.

Así que desde el rellano de la escalera, con turutas y panderetas me encontraréis gritando: ¡Que una buena digestión siga a un buen apetito, y la felicidad con ambos!


Por Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.

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