El fin de todas las preocupaciones

Me fascina el aura de DiCaprio. Subió a recoger el Oscar como Moisés subió al Sinaí, con la resignación del elegido. Una vez hubo llegado a la cima comprendimos que formaba parte de un plan mayor: “2015 ha sido el año más cálido de la historia. El cambio climático es una realidad”. Para ese momento Kate Winslet ya estaba llorando a moco tendido a la manera de una monitora de catequesis que ve recibir a su niño la primera comunión.

El gesto de Leo es decisivo. No sólo renuncia en esos segundos a ensimismarse con su trofeo, sino que devuelve deportivamente el balón, iluminado por el activismo más abnegado y solidario, interviniendo en la historia con afán socializante: “pienso en los hijos de nuestros hijos”. Tendría que haber ido más lejos: salir vestido de árbol con un feto muerto en los brazos. La grandeza DiCapriana, o incluso caproica (del latín cabra), reside en la capacidad sibilina de hacernos creer el desinterés que supone para él ganar un Oscar. De hacernos pasar, por imaginación nuestra, la frustración de quien lleva algunos años ahogando los gritos en el cojín, para finalmente quitárselo con estudiada sorpresa de la boca: ¿Un Oscar? ¿Es a mí?

Nos hemos tirado meses, años, con la mosca detrás de la oreja. Cualquier comentario compasivo hacia Leo colaba. De todo se exigía unanimidad, por todos repetido y por todos deseado: llegará el día en que, una vez agotado el boicot, se comerá una rosca. Tanto es así que cuando Julianne Moore soltó aquello de “And the oscar goes to…”, Fassbender y Redmayne empezaron a achicarse en sus respectivas butacas y acercarse la mano a la cara. La cámara, entonces, pasó a centrarse en el premiado protagonista, y ambos debieron de resoplar aliviados, como todos los demás. 

El problema con El Renacido (The Revenant) es que nunca te llega a conmover lo que le pasa a su protagonista, por mucho esfuerzo que hagan todos, y que a pesar del deslumbrante trabajo de Lubezki con la luz, la impresionante odisea de Hugh Glass te deje sin frío ni calor. Y es que, una película que entre sus 12 nominaciones (agüita), no cuenta con la de mejor guión, lo dice todo. O pensaban que era una coincidencia que Spotlight se llevara los honores. La premisa, que no es mala, termina transformándose en una ansiada excusa para ver a Leo gruñir,  congelarse, comer un hígado crudo de bisonte, ser atacado por un señor oso, caer desde una respetable altura sobre un pino y pernoctar en las tripas de un caballo. Eso durante 156 minutos en los que la supuesta trascendencia y espiritualidad de su personaje están construidas sobre unos silencios y flasbacks de su familia que no aportan mucho, confiando todo lo que con un buen guión nos haría conectar con Glass, al tour de force de DiCaprio (mucho más convincente Tom Hardy) que terminará por pasarse toda esa vida ascética que cultiva por el forro de los mismísimos con la venganza más previsible y visceral posible.

Podría parecer injusto pensar sobre El Renacido aludiendo a la falta de imaginación en la construcción de la historia y de su protagonista. (A lo mejor nos tendría que haber epatado el amaneramiento formal olvidando lo demás). Pero hete aquí, curiosidades de la vida, que Marte (The Martian), una película que parte de una premisa muy parecida (un hombre abandonado y dado por muerto que debe sobreponerse a un medio hostil) compartiera nominación a mejor película y mejor actor. Con la enorme diferencia de que en Marte, el personaje de Matt Damon sí era el corazón de una película durante la que te llegabas a preocupar realmente por su existencia.

Como si el mismo Iñárritu fuera consciente de ello, se han encargado de que la película nos llegue junto con una reseña de lo difícil que fue el rodaje: la meticulosa planificación, la iluminación natural y el verdadero frío, obligándote a considerar todo ello como elementos integrales de la película. Eso, junto a la machacona convicción popular de que Leo, (que nunca brilló tanto como haciendo de Hughes en El Aviador o del malvado Candie en Django), debe ganar por lo civil o por lo criminal, hace que empieces a notarte –al igual que en la canción de Vanesa Martín– como el abrigo ese que llega agobiarte cuando no consigues desabrocharlo. Y una vez que la Academia, por fin, nos ha liberado de los sudores, sólo nos queda aplaudir, aplaudir y sonreír frente al discurso activista pronunciando, bajo amenaza de ser un hater,  un casi inaudible: el emperador va desnudo, el emperador va desnudo…

Fuente: Giphy

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.
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