El último sueño de SZ y su esposa: “Creo que es mejor finalizar en un buen momento” [Fuente: dergi.yesimcimcoz.com/]

 

Agosto de 1914, Sarajevo, Serbia. Gavrilo Princip sale de una tienda de comestibles y se topa con un automóvil detenido en plena calle. Sin pensárselo dos veces coge su pistola y dispara prácticamente a bocajarro a sus dos ocupantes, que mueren irremediablemente. Aquel día fueron asesinados el archiduque Francisco Fernando y su esposa, herederos del trono austrohúngaro; como diría Ruano, aquel día Europa empezó a perder la costumbre de vivir.

Hay muchos escritores que han plasmado en libros y crónicas el horror de la guerra, la locura colectiva, la desesperación de ver cómo Europa se desangraba. Ninguno tal vez como Stefan Zweig, en “El mundo de ayer”; un libro que habla de la cándida inocencia de Europa al embarcarse en la Primera Guerra Mundial, de una sociedad que vivía en un mundo ilusorio de seguridades y certezas y a la que aquella matanza llevaría a cuestionarse todo en los años siguientes. Aquella guerra fue la incubadora de muchas cosas que vinieron después, Versalles aparte, como el Gulag o el campo de concentración, que supusieron la industrialización definitiva de la muerte, como si se tratase de una cadena de montaje. Sin embargo, la inocencia y el entusiasmo inicial, que dieron pábulo a un horror no imaginado (sólo en Verdún murieron alrededor de 700.000 hombres), no se sostuvieron mucho tiempo.

Durante aquella primera gran guerra un joven conductor de ambulancias de la Cruz Roja de nacionalidad americana cayó herido en el frente italiano. Pocos años más tarde, ese mismo joven se asentaría en París junto a su mujer y haría añicos todos sus recuerdos de aquel conflicto para darles forma de novela, la mejor que llegó a escribir. La novela se llamaba “Adiós a las armas” y ese joven era Ernest Hemingway, quien se reconstruye a sí mismo a través del personaje de Frederic Henry, un conductor de ambulancias para quien la guerra no significa mucho, siendo casi un observador imparcial de la contienda y de las actitudes exaltadas de sus compañeros de filas. Y si hubo algo que caracterizó a los europeos durante el inicio de aquel conflicto fue la ingenuidad, como si la guerra fuese una cosa de niños, un pasatiempo de fin de semana. Frederic Henry es en ese sentido un tercero ajeno, casi el propio lector pasando por allí, que al enamorarse de una enfermera se desentiende definitivamente de los hechos, de un conflicto que pierde todo el sentido cuando huye río abajo para evitar una ejecución injusta. “Adiós a las armas” va sobre la guerra, el amor, la pérdida. El fin de la inocencia a un ritmo trepidante, sobre una balsa y a golpe de mortero.

Hemingway pone nombre y apellidos a la locura que Zweig narra casi como a la luz de una hoguera. Porque la literatura es eso, a fin de cuentas. “El mundo de ayer” es un libro que rezuma melancolía por todas sus esquinas, y que no es otra cosa que el fracaso de su autor al pensar que podía formar un grupo de intelectuales europeos que se opusiesen a la guerra. Un fracaso que al cabo de los años le llevó a Petrópolis, víctima de un exilio imposible, que era el de su propia vida. Y todo a pesar de que dejase escrito aquello de que toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz. 

The following two tabs change content below.

Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

Latest posts by Javier Fernández (see all)

Shares