Hablar con Juan José Aquerreta (Pamplona, 1946) es como asomarse a un abismo. Su rostro viste un gesto peculiar, de inocencia casi infantil –de sencillez severa–, ojos pequeños y una mirada ausente con una profundidad extraña. Va hilando su discurso con frases entrecortadas, como si  fuera un cuadro trazado con esas pinceladas cortas, tan suyas, que apenas rozan el lienzo y alumbran poco a poco sus obras. Con incansable pausa, acompasada por silencios largos y llenos, su voz aguda va descomponiendo su propio retrato.   

En una bajera alta y estrecha de Burlada, un caballete comparte habitación con armarios de metal, un andamio, algunos colchones y una pila de aparatos de otro siglo. Sentados en un catre disfrazado de sofá, nuestra conversación va recorriendo una vida escrita a golpe de pincel.   

Por lo que ha comentado en alguna ocasión, sus primeros pasos en el mundo de la pintura no fueron especialmente alegres.
Uno de los primeros cuadros que pinté en mi adolescencia era un grupo enorme de cadáveres ensangrentados que se convertían en un florero. Se podía ver como un florero y como un gran montón de cadáveres entrelazados. Así me representaba mi mundo, el encubrimiento de la sociedad de los males de la persona; una especie de hipocresía en la que vivía. Eso es lo que piensa uno en la adolescencia. Uno está embebido de ese sentimiento de invalidez de todo y de engaño del mundo que es tan negativo si persiste mucho tiempo, pero que también tiene un valor… 
¿Cuál?
El de toda crisis existencial: el de la muerte. Pienso que de la adolescencia surge lo más profundo de la poesía, como de la muerte surge la eternidad. A veces he representado en los cuadros las cosas más duras de mi vida, pero con un sentimiento muy fuerte de que se podían traducir en positivo. No porque pensara que esa idea era buena, sino porque no quedaba otro remedio.
El arte no puede ser de otra manera desde mi vida, porque a mí se me plantea así: yo no puedo hacer nada más que me pacifique, que traduzca en paz lo que pasa en mi vida, sea lo que sea. Más que una idea es una cosa que me encuentro haciendo porque me toca vivir, me ha tocado vivir así. No siempre fue así… ¿o igual sí?
Por lo que dice, se dio de bruces con la necesidad de hacer arte. ¿Tuvo algo que ver su infancia?
Puede ser. Mi infancia transcurrió en el número 79 de la calle Estafeta. Tenía una hermosa buhardilla que daba a la calle Tejería y desde la que se veían los tejados de Pamplona. Aquel rincón apartado, un cementerio de polvo, papeles y cacharros hacinados, creo que me ayudó más tarde a apreciar el abandono y la decadencia que representan  mis paisajes.
Crecí muy cerca de mi madre –una mujer de carácter algo trágico e intenso, escultora y pintora anónima–, y a mucha distancia de mi padre. No logré comunicarme muy bien con él. Pienso que la cercanía de mi madre influyó decisivamente en que yo comenzara a pintar. Mi madre era una persona bastante desgraciada. El suyo era un matrimonio normal y mis padres vivieron siempre juntos, pero quizá no había demasiado amor en su relación. Ella soñaba con un hijo que desenvolviera en el mundo del arte la falta de afectividad que quizá había padecido. Y aunque yo no entendía lo que podía significar, el sufrimiento que veía en ella, y quizá en mi padre también, hizo germinar mi interés por hacer algo, por pintar.
¿Cuál fue el papel de sus hermanas?
Mi hermana mayor, Charito, que era ligeramente deficiente, solía dibujar una especie de princesitas con una corona. Eran como su emblema. Creo que empecé a pintar para emular a mi hermana. Sentía una compasión difícil de explicar que me llevaba intentar superarla. Cuando empecé a pintar era un niño y todas esas cosas las recuerdo como cosas mágicas de las que no entiendes nada pero sabes que  tienen que ver con quien eres.
Luego, desde los 17 años, he estado toda mi vida escapando de casa. Hasta los 35 lo que hice fue pintar en una situación bastante inestable y en tratamiento psiquiátrico. Creo que la depresión es una especie de desierto que la Providencia o la vida da a algunas personas y que las hace más fuertes. Viví hasta los 35 años con mi madre, pero pasaba la mayor parte del tiempo fuera. Mi madre quizá fue más hábil de lo que yo pensé y me echó de casa en el mejor sentido, me lanzó afuera… Yo he sido siempre un hombre muy enmadrado. La salida me abrió a esos paisajes sencillos que intento recoger en mis cuadros. He pintado lo que estaba alrededor de mi casa, en las afueras, en la calle Goroabe a partir de los 15 años, los campos que hay por allá.
¿Qué recuerda de su incorporación a la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona?
Entré a los 16 años y allí comenzó mi lucha por salvar el peligro (sin Dios insalvable) del egocentrismo. El arte es siempre una lucha contra el infierno, de una manera o de otra, en una sociedad o en otra, en unas circunstancias o en otras… Una batalla contra los propios dramas, los miedos y limites que nos circundan y pugnan con nuestra libertad por definir nuestra existencia.
En 1966, se traslada a Madrid con una beca de la diputación para ingresar en la Escuela de Bellas Artes San Fernando. Allí conoce a Antonio López, ya entonces admirado por muchos. Hoy es pública la amistad que les une, pero ¿cuál fue entonces su relación con él?
Antonio me pareció una persona muy dueña de sí mismo. Le tenía simpatía, pero no me identificaba demasiado con él. Me parecía serio y como un poquito apagado, triste; hablaba mucho del tiempo y de la decadencia de las cosas. Ya entonces decidí que el mundo mío no coincidía con ese temperamento. Eso sí, me pareció una persona muy honesta, con una visión del arte panorámica, abierto y nada sectario, y todo eso me gustaba mucho. Pero yo quería pintar las cosas nuevas, como si se hubieran desprendido, del tiempo; como si no hubiera pasado por ellas.
De compras en Pamplona con Antonio López. Foto: Diario de Navarra

También en el 66, Isabel Baquedano le presentó el gótico primitivo, Piero Della Francesca…

Desde entonces nada volvió a ser lo mismo, a pesar de las exposiciones de aquellos tiempos. Algo cambió. Empecé a ver los primitivos italianos porque Isabel hablaba conmigo y me contaba sus impresiones sobre el arte. Aunque ambos pintamos cosas muy distintas, tuvimos algo en común, una especie de simpatía muy grande por la pintura primitiva, por los últimos góticos y la pintura antigua.
En esa pintura el artista no es el centro. El centro nace ahora de la obediencia a algo, y el artista se entiende como parte de una comunidad que realiza un trabajo positivo. Ese descubrimiento que hice a los 20 años me ha servido de parapeto frente un mundo caótico. Isabel me recomendaba que me apartara y me fuera a pintar sin ser esclavo de la actualidad.
Y le hizo caso. 
Creo que la mirada hacia el final del gótico era bastante autobiográfica. Tenía que ver con que mis amigos son pastores, albañiles… trabajadores manuales. El mundo de lo más sustantivo y de la manualidad formaba parte de mi vida diaria y de mi ideal de vida: la integridad en relación con la manualidad, recuperar la relación humana con el mundo.
En nuestra época hemos descosido un traje para coser otro. Ahora la persona está dejada de lado, los que mueven la historia ahora son funcionarios. Su relación con la gente tiene que ver con un parapeto de poder de los medios, el poder del dinero, de la moralidad o de los imperativos morales a veces exhaustivos y poco integradores. La persona es tratada como una pieza. 
Gran parte del arte contemporáneo también trata de responder a esas mismas inquietudes…
La gente sufrimos mucho, y yo me incluyo. La expresión de esto es el arte contemporáneo, un arte de gente bastante desesperada que mira siempre a lo inmediato y a lo que pasa, que está como un cazador a ver qué es lo que caza. En realidad, el artista actual es un hombre paleolítico, un hombre enfrentado al entorno natural entonces, y ahora al entorno de la vida moderna.
La crisis que hizo estallar en pedazos el siglo XX procede de la desintegración de la fe que tenían en la humanidad la gente del gótico, que ha ido deteriorándose con el paso del tiempo. Estamos en una situación de desnudez y desvalimiento. El artista se ha convertido en una especie de náufrago, sin lugar en la sociedad, con el que se quiere hacer de todo: política, cultura, filosofía, revolución… El naufragio es patente. Al creador de arte se le sitúa en lugares estratégicos que en realidad no le corresponden. Todo esto nace en el Renacimiento y estalla completamente con el Romanticismo. Hay una especie de rompimiento del sentido de lo humano… Creo que todavía estamos en la misma égida del romanticismo.  
…parece que las crisis no se las han inventado los bancos.
Lo que pasa es que hoy el hombre está hiperinformado, pero no está formado para la vida diaria sino de una manera muy rudimentaria y muy silvestre. Vive influido por cosas que no son su vida real, sino los ecos de la vida social y de las querencias de los grupos de poder a través de los medios…
Nadie vive en su casa, todo el mundo está en un patio de vecinos, todo el mundo grita y no se sabe nada de la vida de la gente. Vivimos de fantasmas, de ecos, de cosas que pasan a otros. Estas crisis que van viniendo servirán para que haya mayor sentido de la realidad. Hay que esperar que el mundo del artista, como el de la persona, vaya logrando una mayor conexión con la realidad de la vida diaria.
Pero no son los poderosos quienes dan la talla, sino la gente sencilla, la que conserva un vínculo con lo que es la vida cotidiana, la relación con las cosas simples y ordinarias. Pienso que el valor hay que demostrarlo para hacer muy bien un plato para comer a mediodía unas alubias bien organizadas y bien preparadas. Para eso hace falta valor, tranquilidad, paz para todo… Creo que la única forma de reconstruir el mundo es esta paz, la paz interior, no la exterior. 

Dice que “vivimos de fantasmas”… ¿No le parece un diagnóstico demasiado pesimista?

Uno casi siempre cuenta la feria según le ha ido… Creo que una persona muy neurótica, que tiene un depresión desde muy joven tiende a ver en el mundo los aspectos negativos como proyectados desde su situación. No podía ser una persona demasiado conservadora en el mundo que vivía y siempre tenía una visión de que el mundo era como arrollador y que no resolvía los problemas de la persona demasiado bien… y que el artista puede contribuir positivamente a enseñar otras posibilidades alternativas a la visión que dan del mundo la cultura de nuestro tiempo.
Nuestro mundo produce una especie de desequilibrio en la persona. Ahora sus ejes son el poder y el dinero. Somos una sociedad muy fuerte en lo material y con demasiada influencia de los medios de información, que arrollan la vida personal de la gente. Poco a poco me he dado cuenta de que mis enfermedades no eran tan extrañas al medio mío, que mi malestar era también el de los demás.
Si no me equivoco, ese equilibrio perdido es el que busca recuperar con la pintura iconográfica religiosa. No deja de sorprender, por ejemplo en el tríptico de San Esteban que me acaba de enseñar, que algunos rostros son en gran medida autorretratos. ¿Qué tienen de especial los iconos?
Son un espejo con los que el hombre tiene que mirar hacia dentro. Sin la ayuda de la espiritualidad, de la contemplación, el hombre está perdido, es incapaz de interpretar su forma originaria. Pienso que en nuestro mundo hay un ansia muy grande de espiritualidad. Pero no hay un único camino. El camino de la persona no lo tiene nadie.
Autorretrato de frente (blanco), IV-2001. 
Óleo sobre lienzo sobre tabla, 27×19 cm
“Mucho nos debemos entre nosotros, y mucho a la soledad, a Dios gracias. Y por aquel mandamiento –más misterioso de lo que parece– de ‘amar al prójimo como a uno mismo’, en el que se suele olvidar la dificultad de conocerse a uno, para poderse amar“. 
(Palabras de Aquerreta en los agradecimiento del libro homenaje dirigido por Juan Manuel Bonet)

Datos biográficos

1946 Nace en Pamplona, España.
1962-64 Cursa sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, en los cursos de Dibujo y Pintura.
1966 Ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
Desde 1983 imparte clases de pintura y dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona.
Exposiciones individuales (recientes)
1998 ARCO´98, Stand Galería Dieciséis, San Sebastián.
Galería Dieciséis, San Sebastián.
Sala de la Ciudadela, Ayuntamiento de Pamplona.
2000 Obra reciente, Galería Marlborough, Madrid.
2001 Fondation Prince Pierre de Mónaco, Mónaco.
XXXIV Prix International d’Art Contemporain de Monte-Carlo, Fondation. Prince Pierre de Mónaco, sporting d’hiver, Salle des Arts, place du Casino, Monte-Carlo. 15-30 mayo.
2002 Galería Marlborough, Madrid (catálogo).
Galería Arturo Ramón, Barcelona. Juan José Aquerreta. Pintures, dibujos i escultures. Artur Ramon Art Contemporari. (catálogo).
2008 Contratiempo. Sala de Arte Robayera, Miengo, Cantabria.
2009 Últimamente, Galeria Marlborough Madrid, Madrid.
Becas y premios
1966 Beca de la Diputación Foral de Navarra.
1967 Premio Extraordinario de Pintura Moreno Higueras, en la clase de Antonio López.
Segundo Premio en el III Gran Premio Internacional de Pintura Vasca, San Sebastián.
1972 Segundo Premio, Ciudad de Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona.
1973 Obtiene un premio en el VI Gran Premio Internacional de Pintura Vasca, San Sebastián.
1983 Segundo Premio, Concurso Internacional de Arte Contemporaneo, Diputación Foral de Navarra.
2000 XXXIV Prix International d´Art Contemporain de Monte-Carlo, Fondation Prince Pierre de Mónaco.
2001 Grand Prix de S.A.S. Le Prince Rainier III.
2001 Premio Nacional de Artes Plásticas 2001.
2003 Premio Príncipe de Viana de la Cultura, Consejo Navarro de Cultura.
2005 Premio Tomás Caballero.Fundación Tomás caballero
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Miquel Solans

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