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Ghost Stories

Hace poco salió del horno lo nuevo de C.P . Una historia de fantasmas que le vino a las mientes a C. Martin como nuevo tema central del que sería su próximo álbum. Una historia que atormenta a Chris Martin en medio de sus tremendas noches de insomnio, y al que yo me imagino escribiendo las letras de sus futuras composiciones a la luz de una tímida vela, en un ambiente de misterio, como en aquellas decimonónicas historietas de Poe, E.T.A Hoffmann o Charles Dickens. Parece que este es un álbum cargado de miedos y paisajes de ensueño. Estoy seguro de que es el disco que más habla de su estado interior. Cada una de las canciones que conforman el álbum son como pasos en medio de un curso de ascesis para conseguir exorcizar esos demonios del pasado, mientras la rugiente turbamulta que es la crítica, le va fustigando por todo lo que ha hecho con el Coldplay de hace 10 años; al que para muchos ha pervertido y prostituido, como si se tratase de la historia de Fausto que vende su alma por las riquezas y bacanales mundanas.

Yo no sé si Chris Martin se ha autoprostituido a sí mismo o a su banda, pero seguro que por dinero o mayor éxito comercial no ha sido -máxime teniendo en cuenta que para la época del X&Y ya podían tener más dinero que Davy Crockett-. Lo que le ha ido ocurriendo a Coldplay en los últimos años es lo que a mucha gente le puede pasar: va cambiando, experimenta, con sus altos y bajos. Es como que se pasa todo de rosca. En esta ocasión, se notan los aportes de Tim Bergland aka Avicii en Sky Full Of Stars siendo más discretos los de Timbaland , Jon Hopkins (Midnight), o los del crío pequeño de Chris Martin, Moses, que colabora en O/ Fly On. También he de decir que el álbum tiene algo de esotérico y extraño que contagia: yo mismo sigo creyendo oír la palabra “Olanzapina” haciendo alusión al antipsicótico, en medio del coro angélico del primer tema que abre el álbum. Igual soy yo, o quizás el frontman de la banda se está tornando esquizofrénico con el paso de los años.

Aunque sin duda el motor inspiracional del albúm mágico ha sido Gwyneth. En eso, la mayoría está de acuerdo. No dudan en atribuir el mal de amores y los fantasmas que se encuentran encerrados en el álbum a la que otrora fue la esposa de Chris. Como en el film Shakespeare in Love (1998), Gwyneth Paltrow se aparece al señor Martin en sus tormentosas noches de altos arrebatos inspiracionales, en traje de época, recriminándole sus faltas y omisiones para con el destino de su familia. Por lo visto, su separación se vió motivada más por él que por ella, o al menos así lo admite Chris. Altamente recomendable es la entrevista realizada a Chris por Zane Lowe para la cadena de radio BBC1, si a uno le interesa saber por un casual cómo piensa el tipo en general sobre las cosas; si es un buen hombre o si se trata por el contrario de un perfecto idiota.

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Las aves de rapiña

En esta ocasión, los coldplayers de todas las épocas; tanto los del éxtasis colorista de los últimos años como los taciturnos de la época del Parachutes o del Blue Room E.P, podrán comprobar cómo una vez más, a Chris Martin se la trae al pairo todo lo que opine la crítica más esnobista sobre él, y sobre su forma de haber llevado el timón de Coldplay de un tiempo a esta parte. Hasta la quijotera estoy yo de encontrarme con críticas que circulan por las mejores páginas musicales de la Red, en las que figuran críticas con las que a uno le dan ganas de esputar sobre la faz del individuo que se ha atrevido a plasmarlo en el medio digital. Al crítico se le olvida a veces ocultar la marcada subjetividad que a él le caracteriza hasta el punto de no ser justo con las preferencias que puedan tener sus semejantes, siendo para él no más que plebe a la que trata de adoctrinar mediante el respaldo que le proporciona el hecho de que haya escuchado cientos de miles de álbums extremadamente raros, cualidad que asegura para él, la calidad de lo que escucha. A esos niveles, estoy seguro de que al cerebro solo llegan señales nulas, fruto de todo el amalgama de sonidos que, a modo de hedionda ponzoña, se ha quedado estancada en sus circunvoluciones más profundas.

Creyendo de forma ilusa que a mayor cantidad de material registrado en sus lóbulos, mayor conocimiento, se dedica a establecer lo que es bueno y lo que es malo, con una frialdad propia de la forma en que ha ido aprendiendo la mayor parte de lo que él entiende por música. En medio de todo ese clímax que le da su buena pluma y su condición de crítico en la revista para la que trabaja– ya sea el caso de NME, Rolling S., Vibe, Pitchfork, Billboard,Mojo… — culmina su hazaña cascándote en dosis de choque una puta nota numérica, que para ellos define la esencia del venerado o repudiado álbum que toque esa semana. Este crítico (no todos) es a fin de cuentas, un androide, que registra información y que nunca se dara cuenta de que la música, mientras supere unos mínimos estándares, queda muy lejos de lo subjetivo y lo objetivo. De algunos espero que sus críticas y el daño que han podido causar al ordenado universo se pierdan, como lágrimas en la lluvia.

La música comienza a tener valor intrínseco en el mismo momento en que a una sola persona le guste o haya puesto algo de su fe en ella. De hecho, ha habido compositores como John Cage y otros minimalistas de la época que podían llegar a concebir música en el silencio o a partir de ruidos aparentemente inconexos que pululan de manera constante en nuestro quehacer cotidiano. En cualquier caso, tampoco tengo ninguna duda que en toda crítica es imposible dejar escapar algo de subjetividad; lo que escalda es la situación de unos pocos críticos que, sentados en su trono, valoran su opinión de forma desmesurada, y que afloran en la superficie por el mayor ruido que generan frente a la mayoría de críticos que actúan de forma mucho más ortodoxa.

Es bueno ser muchas veces ecléctico en lo que a música se refiere y dejarse embriagar por los vapores agradables que nos produce el descubrimiento de nuevas formas musicales, pero para esto no hay que partirse la cabeza demasiado. Uno puede pasar de escuchar el concierto Emperor nº5 de L.V. Beethoven, los virelays del s. XIV medieval de Guillaume de Machaut, música drone con dark ambient, los artistas artífices de la musique concrète y culminar toda esa verbena con Genie in a Bottle de Christina Aguilera, fascinándose a la par tanto por su voz de soprano de coloratura, como por la brutal producción musical en estudio del tema, que corrió a cargo de la célebre bestia de la producción de singles de finales de los 90, Max Martin. No sería la primera vez que a uno le pasa. Eso es lo más divertido. Hay que dejarse llevar por el camino de las artes. Hay que sentirlo. Pocas cosas en el arte son de carácter inamovible. Aquí no hay casi reglas. Alejaos de las aves de rapiña y escuchad la música que os de la real gana.

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Nacho Rasines

Adicto al sonido: didgeridoo, hammered dulcimer... y escribo cosas de vez en cuando.
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