El pamplonés Guillermo Navarro Úbeda hace fotografías para poner rostro a su filosofía

“Perdonadme si soy demasiado pasional”, se excusa Guillermo ante los alumnos del seminario de Fotografía y Filosofía que imparte en la Universidad de Navarra. Guillermo Navarro Úbeda (Pamplona, 1976) es fotógrafo y acaba de exponer en el Palacio del Condestable de su ciudad natal una serie de fotografías de los Sanfermines que comenzó en 1998. La exposición ha sido visitada por cinco mil personas.

El oficio de Guillermo Navarro es artístico y desde que se graduó en Fotografía y Creación Digital por la Universitat Politècnica de Catalunya (1999) apenas ha trabajado en nada que tenga que ver con lo informativo. Después de estudiar en Barcelona impartió durante tres años la asignatura de Fotoperiodismo en la Universidad de Navarra y luego se dedicó por completo a la fotografía freelance. Trabaja por su propia cuenta y bajo una premisa: buscar siempre la verdad. ¿Para qué? En el seminario que imparte cita a Aristóteles: “Todo el mundo por naturaleza desea saber”.

Guillermo empezó a estudiar Filosofía hace cuatro años. Meditaba volver a la universidad y se decidió tras asistir a la entrega de un premio concedido a dos amigos artistas. Hubo una mesa redonda y en determinado momento alguien del público preguntó a sus dos amigos cuándo intervenía el azar en sus obras. En opinión de Guillermo ninguno de los dos dio una respuesta satisfactoria. “Lo que yo me encuentro habitualmente en el discurso artístico son rapsodas, tíos que te hablan de cincuenta mil cosas y no tienen ni idea ni siquiera de lo que están contando”, explica con cierto tono desesperado.

 

Ahora le toca explicar a los asistentes a su seminario que su fotografía tiene un marco filosófico que considera indispensable. “Hay gente que tiene muy buenas fotografías de San Fermín pero no tiene una estructura y no sabe qué es la fiesta. ¡Ey tío, párate y piensa!”, cuenta. Cuando habla sus manos se contorsionan y alude constantemente a sus fotografías: el chico sentado en la plaza de toros con una camiseta en la que se lee “Sex Fabregas”, la garra pintada en la cara de los toreros antes de realizar el paseíllo y los fieles que acompañan al santo en la procesión.

De vez en cuando se detiene pensativo y se toma tiempo para continuar su discurso. Encima de la mesa tiene una grabadora. Guillermo es muy perfeccionista y cuando llegue a casa escuchará su conferencia. “¿Cómo me has visto, tú que eres periodista?”, me interroga después de su charla. A mí me interesa más su trabajo cotidiano, y le hago preguntas que él siempre conduce hacia sus reflexiones. Le interesan las ideas que hay detrás, y, de hecho, el fin de exposición sobre los Sanfermines era demostrar que la vida es una gozada que se manifiesta a través de la fiesta. “El que sabe de técnicas las puede despreciar, como yo, porque las ideas no están en la cámara, están en la cabeza”, explica. Sus últimos proyectos están centrados en rebatir la idea del filósofo francés Sartre de que convivimos con otras personas porque no queda más remedio.

Los pilares de su trabajo son la documentación, la filosofía y la fotografía. Los tres requieren de un tiempo: desde que comenzó la serie sobre los Sanfermines hasta su exposición han pasado dieciséis años. El proceso artístico le lleva a repetir una y otra vez hasta obtener un resultado aceptable. Por ejemplo, hacer buenos retratos le ha llevado diez años de trabajo. Para mantenerse creó con un socio una empresa de digitalización y ahora a la vez que estudia Filosofía está haciendo fotos a documentos que le proporciona un cliente.

Además, trabaja en otras dos series artísticas. La primera sobre Jerusalén y Roma. Ya ha viajado a ambas ciudades con la voluntad de compararlas. El otro proyecto va a ser un conjunto de retratos de personajes marginados de la sociedad: alcohólicos, prostitutas y asesinos. “Esa prostituta podría ser tu hermana”, argumenta para defender este trabajo, que busca resaltar la dignidad de los protagonistas de la serie.

El oficio de Guillermo Navarro también tiene algo de providencial en la medida en que lo basa en ser rápido en el momento oportuno. Para demostrarlo enseña una foto de una mujer a la que encontró en la puerta de una iglesia. La mujer, que viste una camiseta con una Virgen de Guadalupe estampada en la espalda, tiene un niño en brazos. Es una Madonna.

Sin embargo, hacer fotografías le es cada vez más difícil. El escollo con el que se encuentra es lo que considera un problema social: se está perdiendo la confianza en el otro. En los años en que empezaba a hacer fotografías sobre los Sanfermines, la gente le paraba porque quería ser retratada. No faltaba quien le invitada a algún pincho o le acompañaba en la comida. Ahora en más de una ocasión le miran con sospecha por llevar una cámara bajo el brazo y una de las personas a las que ha retratado estuvo a punto de denunciarle porque disparó sin preguntar y luego vio su foto en el Palacio del Condestable.

Pero Guillermo olvida las complicaciones cuando recuerda las obras con las que ha conseguido concretar sus ideas. Me enseña una foto de sanfermines en la que aparece una joven semidesnuda extendiendo el brazo. Lleva puesta una camiseta que tapa lo justo y en la que se lee “Born to be free”. No es difícil identificar a la joven como una alegoría de la Estatua de la Libertad.

 

Guillermo se ha movido en el mundo artístico, pero ahora intenta vivir a cierta distancia de lo que califica como la ideología dominante: el relativismo, que niega la existencia de verdades. No duda en criticar a Joan Fontcuberta, premio Hasselblad 2013 (el Nobel de Fotografía), porque juega con el engaño en sus obras. En cambio, admira a fotógrafos como Chema Madoz, premio nacional en el año 2000, porque, cuenta, “en su trabajo hay un acercamiento místico a la realidad. En su fotografía hay valores eternos”.

 

Por Carlos Veci: Estudiante de Historia y Periodismo. El mundo es mucho más habitable de lo que parece.

 

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