Hace poco leí que las ligas se ganan en los grandes partidos y también en los infiernos más bajos. Estos infiernos son campos en los que el césped ha dejado de existir y el rival reparte hasta el alma, donde el terreno no da lugar a que el “tiki taka” reine, en ese infierno importa quién tiene más orgullo y  más garra. El “glamour” de Madrides y Barsas queda lejos de este fútbol no profesional donde el barro es el protagonista.

El otro día volví al Carlos Tartiere, hogar de un grande que ha naufragado durante doce largos años en el infierno, el Real Oviedo. Cualquiera que tenga una mínima idea de lo que son unos playoffs de ascenso sabe lo difícil que es subir y lo puñetera que es la suerte en estos lances.

Lo que más se repetía en la capital en los días previos a la eliminatoria era aquello de “este año toca, seguro que subimos” como cada año, durante los últimos doce. No se puede entender lo que es el Real Oviedo sin haber estado ahí, sin ver a la gente y sobretodo, sin conocer lo que es sufrir.

A eso de las tres de la tarde enfilamos la cuesta que rodea el campo para animar al equipo en la llegada a su casa, olvídense del famoso infierno griego, el bueno, el de verdad, esta en la cuesta del Carlos Tartiere las tardes de playoff. Entró el autobús al estadio como los gladiadores al circo romano, rodeado de una afición enardecida por la grandeza del momento, y es que si el Oviedo está de por medio, todo se magnifica.

El Cádiz, rival por el ascenso no imaginaba lo que esperaba dentro de aquel estadio, a pesar de ello el partido terminó 1-1, con gol a la heroica de Don Diego Cervero, “Doc” al rescate, como tantas veces atrás. El cielo o el infierno se decidiría en el Carranza.

La convicción era absoluta, y a día de hoy Cádiz es un municipio más del Principado, 12 horas de autobús para conquistarlo y 3000 oviedistas tomaron las calles de la ciudad y la grada del Ramón de Carranza. La gloria a veces aparece cuando uno menos se la espera, entre las cañas y el rebujito de una terraza en San Fernando y también en el minuto 7 de la segunda parte, cuando un córner botado por Susaeta dejó un balón en la frente de David Fernández, que elevó al cielo a una afición como no hay otra en el mundo. El Real Oviedo había vuelto a 2ª División, un grande que nunca debió irse estaba de regreso.

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(Foto del tifo de Symmachiarii en el partido de ida)

Lo que sí es digno de examinar, incluso a nivel médico, es ese ser que resulta encarnarse en un aficionado del Oviedo, sólo los locos de verdad pueden entender lo que es formar parte de la mejor afición del mundo, la que ha devuelto a un equipo hundido por las deudas y encharcado en tercera al fútbol profesional, y es que el brillo en los ojos de la gente en Oviedo no tiene ni comparación ni precio a día de hoy.

Un amigo antes del partido de ida en el Tartiere defendía entre cerveza y cerveza que los verdaderamente fieles eran aquellos que en 2003 animaron al equipo en su estreno en Tercera División, y aunque todos sienten a su manera el formar parte de esta afición, tiene cierta razón. Aquellos que rondaron los campos de equipos como el Caudal, Lealtad o incluso el propio de la Universidad (mención aparte lo que merece rivalizar con el Sporting “B”) saben lo que es sufrir de verdad, lo que es animar en el infierno y hoy ascender al cielo, honor a ellos. Como dijo Esteban al terminar el partido: “Hoy ya me puedo morir tranquilo”.

Esta es una declaración de intenciones, una advertencia para los equipos de Segunda y Primera división, cojan sus armas y alcen los escudos, el rey ha vuelto y viene rodeado de los suyos.

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Luis Portugués

A ver, tampoco tanto.

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