El secreto de la felicidad está en la autenticidad y en el trabajo duro por aquello que de verdad quieres para tu vida. Así, sin rodeos. En ser tú mismo y no hacer caso de lo que los demás quieran de ti. Pero, en un inesperado giro de los acontecimientos, te das cuenta de que eso de la autenticidad es bastante más difícil de lo que pensabas.

Vivimos en un mundo en el que todo está repetido. No hay casi nada que seas de verdad el primero en probar. Y no nos suele importar demasiado que sea la primera vez para nosotros. Si ya han estado otros, no es “nuevo”. Hay mucha gente, ejem, que elige su director de cine o grupo de música preferido en función de cuánta gente lo siga, pero al revés: cuanto más desconocido sea, mejor. O los destinos turísticos —el término «turista» debe ser conveniente transformado en «viajero» o aventurero—. Cuanta menos gente haya hecho, mirado, estado, visto, escuchado o disfrutado algo antes que tú, más auténtico serás.

Si, por el contrario, tienes la desgracia de que te gusta mucho algo mainstream tienes principalmente dos opciones: o renegar de ello o convertirte en el que más sabe para poder defenderlo de verdad. Por ejemplo, Star Wars. O los ordenadores esos que tienen una manzana mordida. Para ayudarte en esta ardua tarea tienes a tu disposición miles de blogs, tutoriales de YouTube y personas a tu alrededor que no hacen otra cosa que ser auténticamente auténticos. El secreto fundamental es saber diferenciarse de la masa, que, así entre nosotros, no tiene ni idea de nada.

Pero luego hay otros que eligen el camino difícil, el de «renegar». Entre ellos está nuestro querido amigo y siempre recordado Chris McCandless, auto-re-bautizado como Alexander Supertramp. Sobre él y su búsqueda Jon Krakauer escribió una novela y después Sean Penn hizo una gran película (Into the Wild, 2007). Algunos no saben que su historia es real y que tanto el libro como el film están basados en su diario y en el testimonio de su familia y de aquellos que se encontró por el camino. La frase que más suele impactar de la película la encontramos al final: “happiness is only real when shared”. En realidad, Chris lo escribió al margen de Dr. Zhivago cuando lo terminó, tres semanas antes de su muerte, tras subrayar una frase que dice “an unshared happiness is not happiness”.

Hay otros que célebremente han elegido este camino, con más o menos fortuna. Hace poco me topé con un vídeo de unos señores de la red de redes que se hacen llamar Homo Velamine (son los de “menos Podemos y más torreznos” en la sede del PP el 20D). En este vídeo homenajeaban una película de Edgar Neville de 1950, El último Caballo, en la que unos cuantos idealistas luchan, con muy poco éxito, contra “la vida moderna” y los camiones, la gasolina y el asfalto: “con gente buena, que no falta, venceremos al materialismo y al motor”.

Claro está. No es renegar. Bueno, quizá un poco. Pero lo que prima no es la renuncia, sino la búsqueda de algo auténtico. Es el camino de la sencillez como promesa de felicidad. Una vida alejada de lo superfluo, de todo aquello, en el fondo lo sabemos, que no necesitamos. Quien más quien menos ha tenido la experiencia de que alejarse durante un tiempo de la vida acelerada de la ciudad, del trabajo o de la actualización casi constante de nuestras notificaciones en las redes sociales y del correo nuevo nos ha traído algo de paz. Quien haya hecho el Camino de Santiago o pasado unos días en la montaña con un macuto y un saco de dormir sabe quizá mejor a lo que me estoy refiriendo. Pero, ¿para siempre?

Una desconexión temporal del stress de la vida cotidiana puede ser un reboot de nuestro sistema, nos ayuda a establecer prioridades y puede que incluso nos impulse a tomar determinadas decisiones importantes. Pero no hay que pasarse tampoco.

Y aquí viene el quid de la cuestión. La desconexión, el deseo de un pasado donde la vida era más sencilla y con menos problemas y cosas a las que estar atento, el ideal de la vida de granja y huerta en el campo son, en todo caso, ayudas. Todos sabemos que, en realidad, el problema sigue absolutamente intacto. La sencillez no consiste en apagar el móvil o vivir en el campo. Hay gente que lleva toda su vida viviendo en un pueblo perdido de Soria, de estos que se quedan incomunicados con cuatro copos de nieve, y no es nada sencilla. La sencillez es ser capaces de dar las gracias al que tenemos enfrente y de ayudar al que, sin pedírnoslo, nos pide ayuda. Sencillo no es el que tiene poco sino el que está agradecido por lo que tiene. Ya lo sé. Topicazo al canto. Pero piénsalo bien. No decimos que es sencillo el que se conforma con lo que tiene (eso es un poco caca), sino el que vive agradecido. El que está agradecido vive de otra manera.

¿Y la ambición? ¿Una sana ambición no es positiva? Sí. Pero sin faltar nunca a lo primero: que lo mejor que tenemos y por lo que estamos más agradecidos en nuestra vida ha comenzado siempre por algo inesperado que no hemos fabricado nosotros. Esto es un reto de esos de memory training: intenta pensar en aquello que más satisfacción te produce, o en el momento o la decisión que hayas tomado en la vida por la cual estés más contento de estar todavía vivo. Y ahora remóntate atrás en el tiempo y encuentra lo que lo pone en marcha, lo que, en el fondo, lo ha hecho posible. Estoy bastante convencido de que, si somos verdaderamente sincero con nuestra propia vida, nos daremos cuenta de que solo hemos sido simples colaboradores.

La ambición mal entendida nos puede llevar a creernos dueños absolutos de todo lo que sucede en nuestra vida. Claro, lo solemos pensar a menudo. Nuestra infelicidad tiene que ver muchas veces con la frustración porque no conseguimos aquello que nos proponemos, o porque hay un factor externo que escapa a nuestra planificación según la cual todas las cosas responden perfectamente a nuestras expectativas. La ambición, por tanto, está ciega y loca sin la memoria constante de que nuestra vida no nos la fabricamos a medida. Esto es la sencillez en realidad: el reconocimiento tranquilo de que la vida está hecha de regalos inesperados con los que tenemos que jugar. Pero, eso sí, hay que jugar con ambición.

No son las circunstancias las que nos impiden ser felices. No son el trabajo o su ausencia, el ISIS, la crisis, Pablo Iglesias o Mariano Rajoy, la tesis doctoral que no se acaba nunca, nuestra vida acelerada, los grupos de whatsapp, los camiones… Nuestro problema es nuestro, no nos lo traen otros. Casillas ya se marchó del Madrid, pero puede ser que sigamos echándole la culpa por nuestras cagadas. A lo mejor ser auténtico tiene que ver con que suceda algo que realmente nos pueda mover en la vida. Algo inesperado. Puede que sea necesaria una pequeña dosis de sencillez para reconocer que lo que tenemos delante es bello, que estamos rodeados de posibilidades a cada instante, y que tenemos que dejar de echar la culpa a Urdangarín y a Bárcenas. Quizá la felicidad consista en estar de pie ante cualquier circunstancia, no en intentar derrotarlas o mirar hacia otra parte.

El problema fundamental de nuestra vida no es teórico o intelectual. Tampoco es un problema de voluntad, como si pudiéramos sobreponernos al mal y derrotarlo a base de un esfuerzo titánico. Es primero y ante todo un problema afectivo: ser capaces de reconocer la belleza que nos fascina y seguirla. Y vivir como si todo fuera un regalo. Chris McCandless lo supo al final pero, en cierto modo, lo sabía desde el principio. De no haberlo sabido nunca hubiera empezado a caminar: “la felicidad solo es real cuando es compartida”.

Así que no. El secreto de la felicidad no está encerrado en una máxima coelhiana/jodorowskiana/stevejobsiana [a Alejandro Jodorowsky le gusta llamarse Acercandro Amorowsky y no es coña esto] del tipo “sé tú mismo”, “sé auténtico”, “dedícate a lo que verdaderamente te gusta sin importar lo que piensen los demás”. Qué va. El secreto de la felicidad está en amar mucho. Sobre todo a las personas. Y para amar mucho antes hay que ser lo suficientemente sencillo como para haberse dejado amar. Amar no es otra cosa que compartir la felicidad. O buscarla junto a otros, que viene siendo lo mismo.

Aquí es donde encontramos nuestro verdadero freno. El que de verdad querríamos quitarnos. Y el que sabemos que nos impide experimentar una alegría verdadera. Y la única posibilidad de que desaparezca es que alguien nos conozca de verdad y aún así nos quiera. Dejarse querer así, acoger esa posibilidad: ese es el secreto de la felicidad.


Por Juan Serrano

Investigador y profesor universitario. Neutral good.

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