Silencio

El silencio era abrumador en aquel pueblo que ya no existía. El frío estaba tan presente que se le podía dar la mano y ni los pájaros pasaban ya por allí. Dos figuras estaban echadas en un muro viendo pasar la nada delante de sus vidas, soportando mal que bien aquella estampa.

-¿Por quién doblan las campanas?

-Las campanas ya nunca doblan.

-¿Y eso qué es?

Nada se escuchaba, nada pasaba en aquel pueblo más que ellos dos.

-Eso es el silencio, que retumba.

-Yo pensaba que eran las campanas.

-Hace ya más de 20 años que las campanas ni doblan, ni repiquetean ni ná de ná, ¿no te acuerdas, Aurelio?

-Yo llevo 20 años creyéndolas escuchar todo el rato. Pensaba que alguien importante se había muerto.

-El párroco se fue a otro pueblo y las campanas se desvanecieron.

-¿Y el silencio suena?

-De manera más fuerte y rotunda que ninguna otra cosa.

Aurelio quedó pensativo durante largo rato, mientras su compañero seguía impasible.

-Esto estaba antes mucho más tranquilo.

-Es lo que tienen las cosas muertas, Aurelio, que suenan más que antes.

-¿Por qué?

-Porque ya no están, y cuando algo no está, duele. Y suena. El silencio es lo peor que le ha podido pasar a este pueblo.

Contemplaron durante un rato las estrellas, hasta que el Aurelio volvió a tomar el turno de palabra.

-¿Aquí están todos muertos?

-Hace tiempo ya.

-¿Y nosotros?

-Nosotros no.

El suspiro de Aurelio fue el mayor acontecimiento que se vivió allí desde que todo el mundo murió.

-Pero no te creas que estamos vivos. Estamos ahí, ahí. Por eso escuchamos el silencio.

-Vaya, hombre.

-¿Qué?

-Nada, que me apetecía un vino.

-Pues vamos.

-Pero si estamos ahí, ahí.

-Tira.

Aurelio se encogió de hombros y siguió a su amigo, entre resignado y esperanzado. Se perdieron los dos calle abajo, doblando la esquina hacia el bar de siempre, que era ya, junto al silencio y ellos, lo que quedaba de aquel pueblo que ya no existía.

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Escribo sobre Historia y otras cosas mucho menos importantes. Voy recomendando libros de Stefan Zweig y Tony Judt.

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