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Qué le vamos a hacer, un año más nos acercamos a San Valentín. Y hay algo en todo eso que me deprime. No, tranquilos, no me importa que la gente encuentre pareja, se quiera y sea feliz. Ya hice las paces con el amor romántico. Otra cosa es que en los alrededores del 14 de febrero les dé por quererse al ritmo (si a eso se le puede llamar ritmo) de baladas pegajosas y  de cantautores italianos que conseguirían que un bebé unicornio vomitara purpurina hasta deshidratarse. Eso sí que me molesta bastante. Así que, como parte de mi proyecto de ser una persona constructiva, he decidido no enfadarme y en su lugar montar una playlist. Sin rencores, sin exceso de glucosa, con buen rollo.

Salud, paz y, sobre todo, mucho amor.

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No quiero escribir mucho sobre esto, que Iván ya lo cuenta muy bien. Pero al fin y al cabo el amor es lo que no se explica porque no necesita explicación, porque se te ve en la cara lo contento que estás y el flow que te gastas. Las ganas de tirar hacia delante, o hacia donde sea, porque sabes que no vas solo. La ilusión. La motivación. El optimismo. El saber que no eres un topicazo andante, porque lo tuyo es diferente. Porque como vosotros no hay nadie.

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Creo que lo que más me gusta de esta canción es la sensación de la vie en rose que transmite. A pesar de que se han hecho versiones hasta la saciedad, conserva un aire fresco y divertido. Ideal para cantarla en la ducha.

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Con este tema(zo) se abre el último disco de Arctic Monkeys. Y me gustaría dedicárselo a “los que están en ello”. Se supone que San Valentín es el día de los enamorados, no de las parejas. Así que si escuchas esto y te sientes identificado, haz lo siguiente: pon los pies en alto y sírvete un gin-tonic: te lo has ganado. Porque acabas de darte cuenta de que te has enamorado, y eso, amigo mío, hay que celebrarlo (de ahí el gin-tonic. Lo siento, tiendo a desconfiar de la gente que festeja los acontecimientos importantes de su vida con zumo de frutas). Vas a perder la cabeza, los nervios, la paciencia, vas a mandar a pastar todas aquellas veces que te dijiste “paso de moñadas”, y en cuanto tengas un poco de suerte vas a ser tan absurdamente feliz que no vas a encontrar modo de creértelo. Estás dispuesto a regalarle a alguien lo mejor que le puedes dar: a ti mismo. A todos los que hoy han leído esto y ahora mismo están buscando su botella de Larios, sólo puedo deciros una cosa. Os aplaudo. Ánimo, valientes.

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Esto es un mensaje para todas las parejas que acaban de/van a celebrar su tercer aniversario (o más) y ya comienzan a mostrar claros síntomas de abuelización. Estar enamorado no implica convertirse en un señor mayor. Así que sí, quereos. Mucho. Todo lo que podáis. Pero pasadlo bien, hombre. Haced planes con vuestros amigos, id a conciertos, salid por ahí. No os paséis del rock al country.

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Pero tanto los que acaban de darse cuenta de que han encontrado a su media naranja como los que llevan media vida exprimiéndola tienen algo en común. La fascinación. Jim Morrison concentró esa fascinación en una canción de dos minutos en los años sesenta. Rápido, contundente y todavía verdadero a día de hoy.

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Lo reconozco, yo también conocí a The Smiths por culpa (o por obra y gracia de) 500 days of Summer. Aunque la película empieza diciendo que “esto es una historia de chico conoce chica, pero no es una historia de amor”, la banda sonora contradice ese mensaje abiertamente. Dice, más que nada (y no se puede decir más con menos), que voy contigo hasta el final con lo puesto. Como Iván Ferreiro. Así que el círculo se cierra.  Con la glucemia en orden y la sonrisa puesta (o eso espero). Feliz San Valentín.

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Marta Santiago

Me crié con Jimi Hendrix. ¡Y también dos huevos duros! MEEEEEEC. En lugar de dos pon tres.

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