Cada vez que alguien diga ‘remontada’ chupito.

¡El terminal de pago automático Eroski es fácil de usar! te cuenta mientras grita esa especie de Inteligencia Artificial que resuelve los cobros rápidos en el super. “¡Un Melón!… ¡DOS euros!”. “¡Desodorante efecto intensivo… UN euro, 59 CÉNTIMOS!” De todos los terminales automáticos que en el mundo han sido, es el de Eroski, el menos discreto de largo. Y el que más celebra los cobros también.

A veces pienso que me grita sólo a mí,  que me tiene cruzado desde el primer día que cambié la etiqueta de los calabacines por los pimientos, y ahora, en venganza por mi fraude, convierte cada uno de nuestros encuentros en un espectáculo de humillación. Es ponerte delante suyo y ya te empieza a vociferar, para gran escándalo del local y rojez mía. No sólo hay vergüenza en el acto de ser cazado comprando un melón Cantaloupe, del que sales después por la puerta, cabizbajo, dejando atrás un campo de miradas oblicuas que musitan: “Menudo melón estás hecho…” También hay una cierta culpa de sentir que has sacado a la gente de sus santas ocupaciones, y les has obligado a mirarte, desde la charcutería o el puesto de panadería, porque “ya está aquí el chaval que pone loco a la máquina”. Pero luego compruebo que no es tanto cosa mía, sino del pueblo en general, y cuando a alguien le pilla en la misma, yo tiro recto por el pasillo con el carrito, mordiéndome la carcajada y encogiendo la cara de la risa como Jim Carrey. Así de triste, así de cierto.

Saco todo esto a colación porque, últimamente, me estoy viendo mucho con la máquina. Es Diciembre, y ha llegado ese momento que ocurre sólo dos meses al año en el que los estudiantes universitarios nos aprovisionamos de víveres. Porque los exámenes nos pillarán sin saber muchas cosas, pero con hambre nunca. Vamos hombre.

Me tiene pensando el 20D que nuestros exámenes se hacen un poco al modo de la campaña política: un momento estelar de épica tras cuatro meses de picas. Como en las elecciones, hay que priorizar, eligiendo las preguntas más probables que van a caer, a falta de poder elegir los exámenes como Don Mariano elige los debates. Alguno ya estira la comparación y hace como los candidatos frente a la ciudadanía, que el profesor los conoce cuando aparecen el día del examen.

Pero esto a algunos no nos turba. Será porque llevamos aquí seis inviernos, y lo que te rondaré morenazza. En cambio, me resultaría fantástico que ante la saturación de debates que llevamos encima (no nos cabe uno más, que dice Bustos) y la profusión de lirios y aspersores de Bertín, el terminal de pago automático Eroski nos sacara de dudas. Imagínense: “Por favor elija un idioma. Elija una forma de pago. Elija un candidato. Elija un televisor grande que te cagas, para seguir su campaña”. Y a base de preguntas, el terminal, que se le ve con ganas de congeniar con la especie humana, te va resolviendo la ideología, como se le resuelven a las señoras los peinados en las cápsulas de las peluquerías. Saldríamos todos de allí con aire marcial y paso firme, oliendo a laca democrática que da gusto. Pero la tragedia es que no va a ser tan sencillo, y la decisión pasa por salir medio entero de un par de obstáculos: esquivar con cinturilla el tejemaneje manipulador de los debates y leerse el bloque de más de trescientas páginas de programa electoral de cada partido. Alguno con memoria económica incluida, aserejé já dejé. Si al menos vinieran con una batamanta y una asprina…

Ahora que se lleva la indignación como postureo intelectual, y que la moda es odiar lo viejo en cuanto que viejo como síntoma de persona inteligente, quizá sea un buen momento para hacer una pausa y plantear salirse de la mayoría. Y a lo mejor hay que rescatar las palabras de ese Laporta empapadísimo de sudor: “Al loro, que no estamos tan mal hombre”. Nadie discute que las cosas son mejorables, pero, pensar que la tendencia es una espiral alocada cada vez a peor, nos va a causar frustración. O no nos va a sacar de la que vivimos, que es fuerte además.

Nos faltan y nos sobran muchas cosas seguramente, pero si de todas ellas tuviéramos que rescatar alguna con un gancho mecánico, como el de las ferias con los peluches, la primera que yo buscaría trincar es el pensamiento crítico. En España no sobran universitarios, lo que falta es pensamiento crítico. Más análisis y menos cojonudismo de “Cágonla”. El mismo que a algunos les lleva a tomar, trágicamente, la decisión de votar, por el abrigo azul-noche de Soraya o porque Albert está más bueno que un saco de pienso.  Vaya por delante que, nos guste o no considerarnos así, no hemos asumido aún la costumbre de que las cosas sean o no sean dependiendo de si nos aluden.

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              — Nos manipulan. No sabemos a quién votar. Va a votar Rita.
              — Then start asking the right fucking questions.

Y qué íbamos a hacer, pensarán algunos, si nos organizan aquí la Segunda Transición para salir después tocando la guitarra en Qué tiempo tan senil feliz o pegando collejas al niño en la radio. Esto de despolitizar a los candidatos y hacerles jugar al futbolín viene a ser una exhibición de frustración. Para qué leerse los programas, para qué verse las entrevistas serias, para qué intentar analizar lo que hay detrás del lenguaje politiqués de cada uno. ¿Para qué? Si total, al final no cambia nada, y lo nuevo es lo viejo disfrazado de futuro. Y con tanto lío, vamos a poner la “equis” porque “menudo drive” tiene ese tío al ping-pong.

Ante este panorama cabe reírse un poco. Ahí está Twitter y dan ganas de sacarlo a colación cada vez que nos las damos de país de segunda. Pero es una risa incómoda, de estar sentado encima de un cojín pequeño, que te ríes pero hay altas probabilidades de que el cojín salga volando por la ventana finalmente. Acorralado por tanta propaganda oportunista, uno piensa que lo mejor que puede hacer, es preguntarles a los venerables de la casa. Es decir, a los que se quedan a las sobremesas de café, copa y puro. Los que ya estaban ahí antes de que tu nacieras. En no escasa medida, las conclusiones son poco esclarecedoras. Cabecean como signo de haber vivido mucho, lo suficiente para darte un diagnóstico de futuro: nada va a cambiar. Ese descreimiento de nuestros superiores, que si por algo lo son, es por habernos traído a este mundo primero y darnos el Dalsy después, es el más doloroso de todos. Comprobar la desesperanza política de aquellos que construyeron la democracia en España hace 38 años, le dan ganas a uno de cogerles por las solapas y pedirles que dejen de llorar, como hacía Don Vito Corleone con su ahijado Jimmy, al que no le daban un papel en el cine. Pero claro, tú no eres El Padrino, sino el último monaguillo de la casa.

Acepto que, a cada uno, el vivir le haga sacar sus propias conclusiones, pero no acepto que me saque las mías ni, por supuesto, a dejarme vender esa sensación de que la vida es el regreso de una batalla perdida. Echo en falta un poco de ingenuidad, la de alguien que, a pesar de conocer la realidad y sus negatividades, mantiene la capacidad de entusiasmo. La de alguien que aunque sus batallas no le hayan salido siempre ganadas, no dé las causas de los demás por perdidas. Y si al final se pierden, se perderán, y nos iremos a pastar todos, buenos días.

Permitan que durante esta semana nos atrincheremos en el piso y echemos el pestillo. Se avecinan días de flexo y pan duro. Votaciones y exámenes. España y el ‘cómo vamos a cotizar a la Seguridad Social’. Por eso no nos molesten, ni nos llamen al timbre hasta el lunes, ni nos pongan más debates porque no dudaremos en contraprogramar una cena de Navidad. Y si vienen a buscarnos, saldremos a la puerta agarrándonos el escote del batín, respondiendo que el señor no está en casa, vuelva usted en Enero. Estamos dispuestos a eso y más. Incluso a dejar de comprarle Dürüms al del Kebab de abajo.

Si la OTAN lo pide, claro.

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Foto principal | Vía El Correo

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.
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