La confusión viene porque aquí en España llevamos mal el tema de ver las películas en versión original, pero mal fatal. Y claro, se termina metiendo la pata. Pero hasta el fondo. Y es un tema que a todos nos divide un poco, aunque el problema de los que hasta ahora veníamos a defenderlo es que no encontramos argumento más sólido que: cómo voy a mirar a Scarlet si tengo que leerla. Y bueno, no hace falta decir que así tenemos todas las de perder. Algún día, más pronto que tarde, veremos las películas en VOSE y a nadie se le pasará por la cabeza reclamar que, en un principio, había venido a ver, no a leer.

Bueno, la confusión que quiero comentar tiene ya más de 20 años, y es la película considerada como el debut de Tarantino, ‘Reservoir Dogs’ (Íd, Quentin Tarantino, 1992). Un estreno que dejó a muchos en el asiento del cine como espectadores de una luz iluminadora, entre los que desgraciadamente no me puedo contar pues, por aquel entonces, andaba yo envuelto en otros asuntos con mi señora madre dándome a luz en algún hospital dejado de la mano de Dios de la provincia de Zaragoza.

Al principio de la película aparecen ocho tipos de traje, todos de camisa blanca y corbata negra como salidos de un velatorio de El Padrino, discutiendo haber de qué hablaba Madonna en la canción de ‘Like a Virgin’. Todo muy Tarantino hasta que llega el momento en el que alguien dice: bueno, vamos a dejar la propina antes de largarnos. Y entonces uno de ellos, el Señor Rosa, a la sazón Steve Buscemi, dice que mira que no, que no me viene bien eso de dejar propina, que para más tarde. Yo no creo en dejar propinas, comenta. Y bueno, la gente se queda flipando claro, ahí todos los comulgantes poniendo religiosamente el dólar de regalo, quedándose con gesto severo y cara gélida cual glaciar. Lo que pasa es que el Señor Rosa discrepa con eso de dar porque sí un dinerillo extra a diestro y siniestro, que a ver donde pone que haya que ir por ahí dejando aguinaldos regaladamente, sin ton ni son. Cuando ya parece que alguien va a sacar un revólver y descerrajarle tres tiros a menos que deje el fistro parné, uno de ellos, el Señor Azul menciona que sin eso de qué iban a vivir las camareras. Y ahora viene la escena de la que hablo, cuando el señor Rosa se lleva la mano a la altura de los ojillos y le suelta amistosamente mientras se frota el índice con el pulgar:

You know what this is? It’s the world’s smallest violin playing for the waitresses.

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Algo que literalmente en nuestro idioma, no tiene traducción, porque es una frase hecha. Una manera sarcástica de hacerle ver al otro que puede que esté dramatizando un poco la cosa, tanto es así que lo va a acompañar de una cancioncilla triste tocada por el violin más pequeño del mundo. Así a bote pronto se me ocurren varias maneras de darle sentido a la frase en nuestro idioma diciendo: sí mira, me compadezco mucho de lo que me cuentas, voy a tocarte una melodía triste. Y así, aproximadamente nos saldrían unas mil quinientas traducciones de este palo.

 Pero no. Aquí, como nos va lo acrobático, decidieron que la cosa se iba a quedar en:

¿Sabes qué es esto? El único violín del mundo que escuchan las camareras. 

Y ala: ancha es Castilla.

Hay más, muchas más situaciones del estilo que son de juzgado de guardia y escopeta al hombro, amén de las traducciones libres de los títulos. Que esa es otra.

Lo cierto es que ya no me importa, hace tiempo que me recojo del doblaje acostumbrado al inglés original de las series que, desde luego, ha hecho por mí más que Vaughan por este país. En el momento menos pensado, abriremos los ojos y ahí estará delante de nosotros como un antiguo amigo de toda la vida: la versión original. Que siempre había estado con nosotros pero solapado por las voces traducidas.

Un día despegaremos esas voces, y al hacerlo despegaremos definitivamente un tiempo.

 

(Imagen destacada obra de Mike Mitchell vía Blogdecine)

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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