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Via: IMDb.

El secreto del romance consiste en dar cuenta no del qué elige la voluntad humana, cuestión ética que se da por obviada, sino del cómo logra cumplir su designio contra la conjura de los elementos y las insidias de las voluntades ajenas

Robert Louis Stevenson

 

Tras ver First Man (2018, Damien Chazelle) resulta inevitable reflexionar sobre una de las más grandes hazañas logradas por la humanidad: viajar de ida a la Luna, pisarla, retransmitirlo y viajar de vuelta a la Tierra, sin morir en el intento. Hay algo en este tipo de hazañas que te dejan pensando el porqué de ir a la Luna. ¿Qué necesidad había de una misión así? ¿Merece la pena?

La película centra el relato no en los motivos que llevaron a Estados Unidos a plantearse el programa Apollo, sino en preguntarse por el motor interno de su artífice, uno de tantos; el de quien se convirtió en el primer hombre en llevar a cabo un alunizaje. La historia de Neil Armstrong, como la de cualquiera, es imposible de resumir en un acontecimiento. Pero de la manera en cómo se afrontan ciertos momentos en la vida es posible aproximar un retrato fiel de alguien.

En el caso de Neil y su mujer, Janet, ese retrato empieza a dibujarse a partir de una pérdida, la de su hija Karen, fallecida a los dos años de edad debido a un tumor cerebral. A raíz de aquello, Neil empezó a estrellar aviones en campos de prueba, lo que le puso en una situación delicada, relegado de piloto a un plano más administrativo a la espera de ser reubicado, definitivamente, en una posición más acorde al estado mental de quien ha sufrido una conmoción así.

Sin embargo, Neil decidió que también tenía su propio deseo de complicarse la vida como él quisiera. De que no iba a sucumbir a los caprichos de la entropía. No, al menos, alguien que se había pasado media vida con la vista puesta en alto, hacia ese crateroso punto gris. Decidió que puestos a que prevaleciese algo, mejor su voluntad que el destino marcado por una desgracia.

Así las cosas, Neil, consciente de que lo mejor de tomar una decisión difícil es que por lo menos sabes que no ha sido la comodidad la que ha elegido por ti, aplicó al proceso de selección del programa Gemini, el que culminaría con el posterior Apollo y cuyo objetivo era dar el primer paseo lunar. En la entrevista de trabajo es interrogado por media docena de tipos serios. Las preguntas se van sucediendo y, por fin, llegan a la que parece ser la que todos estaban esperando. La pregunta más incómoda, la más crítica y reveladora, la que realmente concentra la atención de todos en el silencio de una tensión que se corta con tijera: “¿Cree que la muerte de su hija le puede influir?”. La respuesta de Neil de tan limpia es fulminante: “Creo que no sería razonable pensar que no me fuera a influir”.

Los objetivos políticos, ciertas ideas, pueden encender la llama y reunir voluntades en torno a un fin común, por ejemplo, la carrera espacial por pisar la Luna. Pero, al final, mantener vivo ese fuego es una tarea individual. Es lo que termina marcando la auténtica diferencia y es la verdadera razón por la que se logran las cosas. De la misma manera que el Duque de Wellington pudo con Napoleón en Waterloo: no porque defendiera la mejor causa o su talento fuera mayor al del insuperable francés, sino por el odio vivo que le profesaba. Para Neil, más que una idea patriótica, puede que le sirviera más la necesidad de una misión que, por los motivos que fueran, le ayudaba a sentirse más cerca de su hija.

Y, aun así, aceptar la misión, entrar a formar parte del equipo de candidatos a pisar la Luna y, finalmente, ser el elegido, era algo más que una temeridad. Un programa diseñado por algunas de las mejores mentes del planeta, con una financiación de 25 billones de dólares (lo que con la inflación supone más de 200 billones de hoy), ejecutado por los pilotos mejor preparados y que, a pesar de ello, se frustró más de media docena de veces, segando por el camino la vida de once astronautas es, como decimos, algo más que una temeridad. Es una improbabilidad estadística y una muerte casi segura.

Y, sin embargo, ¿qué hizo mantener la concentración y el coraje de continuar de un hombre que venía de perder a una hija y a otros tantos compañeros por el camino? Su victoria final surgió de la posibilidad de elegir qué misiones afrontar, qué necesidades crearse, qué obstáculos abrazar y qué metas últimas fijar. Cada uno tiene derecho a decidir cómo le merece la pena pasar sus días, qué inconvenientes buscarse, cómo complicarse la vida de la manera más conveniente.

Vivir es liarse la manta a la cabeza y salir a buscarse problemas, arremeter contra los molinos. Todos vivimos pérdidas, momentos en los que la vida pierde sentido porque algo de lo mejor que teníamos se deshace de forma absurda. La épica está en, a pesar de todo, elegir ir a la Luna. De que por pequeño que sea el paso, grande puede ser el salto. Lo explicó Kennedy en un discurso que aparece en la película:

Pero podrían preguntarse algunos, ¿por qué la Luna? ¿Por qué hacer de ella nuestro objetivo? Por la misma razón que cabe preguntarse también, ¿por qué escalar la montaña más alta? ¿Por qué, hace 35 años, pretender volar el Atlántico? [Silencio] ¡Elegimos ir a la Luna! Lo elegimos no porque sea fácil, sino porque es difícil; porque ese objetivo servirá para sacar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque es un desafío que queremos aceptar”.

Esas palabras las pronunció el presidente un 12 de septiembre de 1962, exactamente catorce meses y diez días antes de que una bala impactase en su nuca, atravesase su cuello dañándole fatalmente la médula y saliese, en menos de lo que cuesta pensarlo, por su laringe.

Neil regresó sano y salvo a casa.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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