pequeno_palacio

A veces los bancos de los parques recogen la soledad de forma que desaparece. ¿Cuántas miradas perdidas se habrán encontrado mutuamente sin que ninguno de los dos emisores se haya dado cuenta?

Otras veces, la muchedumbre es el mejor sitio para estar a solas. Por los vagones del metro o sumergido entre las ofertas de un Black Friday cualquiera. No cabe duda sobre la naturaleza inmediatamente personal de la soledad. Para estar solos únicamente necesitamos quererlo.

Pero la compañía es otra cuestión. Puede uno querer tener un millón de amigos que, si ninguno de ellos corresponde, el deseo queda escondido en el baúl de las Champions que ha ganado el Atleti.

Sucede que todos queremos lo segundo hasta los 23 años -edad en la que me encuentro- con contadas excepciones. En ese momento en el que el dinero pasa de ser un obstáculo lejano a convertirse en el fin que deseamos constantemente, tienen lugar los primeros “no puedo quedar” de verdad. Y se percibe lo limitado del tiempo. Y la miseria que nos convierte en lo que somos.

Lo cierto es que nos gustaría triunfar con nuestro libro, como Belén Esteban, o asegurar nuestro futuro más remoto viéndonos ya en una mecedora de mimbre de la que cuelga una amalgama sustancial de nietos portando nuestro apellido.

Y es justo en este momento de madurez, de control imaginario sobre todo lo creado, cuando más duele el derrumbe absoluto de nuestro palacio de papel. Entre las ruinas del palacio en el que habitábamos sigue revoloteando el pajarillo que un día nos acompañó, ese que trinaba delante de un bote de Nocilla de los grandes y que se emocionaba cuando todavía sobraban diez céntimos en el kiosko. Nos mira esperando instrucciones sobre la dirección en la que debe volar, pero hace ya algunos años nuestros lenguajes se distanciaron súbitamente, al mismo tiempo que surgía un inmenso bosque de vello entre su trino y nuestra percepción.

Mirar al pasado tiene entonces un tono oscuro; todo lo que hicimos dentro del palacio fundía nuestras pupilas y las hacía brillar, pero ahora están apagadas. Se ha ido la luz y nuestra edificación ni siquiera sirve para refugiarse. La consecuencia de la oscuridad es el frío.

Con este panorama nos disponemos a reconstruir un nuevo hogar. Más austero, quizá, pero con el mayor nivel de bienestar posible. Colocamos los primeros bloques para darnos cuenta, pronto, de que nos faltan los cimientos. ¿Cómo vamos a construir sin poder colocar los folios sobre algo?

De repente, cuando parecía que solo quedaba la salida de resignarse, sentimos el último mazazo. Un golpe seco y profundo que nos hace volver a entender para qué habíamos venido aquí. El golpe nos deja tirados en el suelo y boca arriba. Ni siquiera sabemos si podremos levantarnos.

Pero antes de que tomemeos la siguiente decisión ocurre lo imprevisto. Una luz sin precedentes dilata las pupilas de nuevo. Nuestros ojos sufren porque llevábamos tiempo a oscuras, pero ahora empezamos a apreciar qué hay a nuestro alrededor. No estábamos en la calle. Tenemos un techo de color blanco y paredes con tonalidades crema que nos hacen situarnos otra vez. Allí, encima de la mesita, hay un coche teledirigido con la carrocería plateada. Sobre la cama tenemos dos peluches graciosos que parecen mirarnos. De la lámpara cuelga una cuerda con muñecos vestidos de vaqueros. Y en la ventana se aprecia perfectamente un balón. La ventana, además, está abierta. Y casualmente ha vuelto a entrar el pajarillo que se emocionaba con la Nocilla.

Ahora le entendemos perfectamente, probablemente haya aprendido nuestro idioma. O quizá nosotros hemos recordado el suyo. Nuestro castillo sigue en el suelo y nos damos cuenta de que sólo era un pequeño refugio dentro de un hogar más grande.

Volvemos a estar a solas, pues el pajarillo ha decidido marcharse. En esta habitación no hay puertas y la caída desde la ventana parece peligrosa. Así que decidimos quedarnos un rato jugando, hasta que nos aburramos. Pero nos aburrimos pronto. No nos queda otra opción: saltamos por la ventana esperando aterrizar en algo que amortigüe el impacto. La acera está fría y yacemos antes de darnos cuenta. La luz que nos acompañaba empieza a desaparecer y vuelve, poco a poco, el frío. Primero las piernas, segundos después la espalda y finalmente los hombros. Nuestros ojos se cierran sin que podamos hacer nada.

Y entonces despertamos de nuevo. Haciendo un análisis rápido reconocemos el suelo y las lámparas y la alfombra verde que lo cubre todo, y las puertas gigantes y los pomos dorados. Estamos de nuevo en nuestro palacio. Es un palacio que nos gusta, cómo no iba a hacerlo si lo hemos construido nosotros. Miramos por la ventana y vemos la habitación con los vaqueros colgados en la lámpara; el coche teledirigido sobre la mesita y el balón en la ventana. Pero no sabemos cómo salir del palacio. Tendremos que esperar a que algo lo derrumbe de nuevo, y la próxima vez, nos quedaremos para siempre en la habitación de los peluches graciosos. Al menos hasta que nos aburramos de nuevo y no encontremos más salidas que la ventana. ¿Por qué nos aburrimos tan pronto?

The following two tabs change content below.

Luisfer Martínez

Me gusta pensar. A veces lo hago bien y otras no tanto, pero me gusta pensar. En "pensar" incluyo especialmente pensar con gente, no solo, porque cuando uno piensa solo piensa mal.
Shares