Escuchar el silencio

Hace ya una cantidad de meses vergonzosa (quería haber escrito esto mucho antes), publiqué en este mismo espacio una corta historia sobre un pueblo que ya no existía, un lugar en el que resonaba el silencio. Me resultó extraño, no sólo porque no suelo escribir ese tipo de cosas, sino por cómo se me ocurrió.

Una noche de invierno, como tantas otras, me fui a la cama tapándome con edredón y manta. Me di la vuelta y me vino algo a la cabeza “-¿Por quién doblan las campanas? -Las campanas ya nunca doblan.” Algo tan sencillo como una vaga idea que se te ocurre inspirada en la famosa novela de Hemingway, que desechas porque no son horas. Dejé que aquello pasara por mi pensamiento y me quedé dormido.

¿A quién no se le vienen cosas a la cabeza? A todo el mundo. El problema es que al día siguiente, una vez más, en la cama, me pasó lo mismo. La explicación era sencilla: vivo cerca de la iglesia del pueblo y tenemos cierta obsesión con las campanas, porque las de esta iglesia, suenan peor que un despertador. Nunca he escuchado unas campanas con un sonido tan feo. Uniendo eso a Hemingway, el pensamiento recurrente tiene una lógica casi científica.

Lo significativo es que los días siguientes me vi otra vez con aquellas frases en la mente. Se convirtieron en verdaderos diálogos dignos de tener una escena donde desarrollarse. Se quedaron en mi cabeza durante un tiempo, se iban y volvían a mí de tanto en tanto, como esas personas de las que no sabes nada pero de vez en cuando se asoman con el impulso de existir para desaparecer de nuevo.

Pasó algún mes hasta que decidí escribir ese diálogo, y más de una semana hasta que lo hice, quedando como una corta historia. Metí el escrito en un cajón y un día se me ocurrió que se podía publicar, algunas personas me dieron el empujón final, le di dos vueltas y cuatro retoques. El resultado gustó. A mí me gustaba, más por la historia que había tenido con lo escrito que por cómo había quedado, le tenía cierto cariño.

Ya mientras lo publicaba, me empecé a preguntar algo que es por lo que he escrito todo esto, ¿cuántas veces habré dejado de lado ideas que van y vienen? Llegué a pensar, en sentido dramático, en una especie de tierra de nadie de ideas desechadas, como un caballo perdido entre las trincheras del Somme. Un lugar al que tantas ocurrencias fueron para no volver, por no escuchar ese silencio interior, tan ruidoso a veces que duele, desespera o inspira.

No siempre es agradable, pero en ocasiones, escuchar el silencio da sus frutos.

 

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Escribo sobre Historia y otras cosas mucho menos importantes. Voy recomendando libros de Stefan Zweig y Tony Judt.

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