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Fuente: www.jenniferkaplan.com

“Así recuerdo la juventud: la época en que fui protagonista de mi vida, y no un actor secundario de los hijos”

David Gistau

Están empezando a nacer las primeras criaturas de mis amigos. Hasta hace poco todo bien. Anécdotas puntuales felices. Apenas se oía hablar de un tema que pasaba de largo, como las nubes.  Mira estos que van a ser padres, mira el embarazo de esta en Instagram, mira el primer hijo de nosequién cómo se parece a nosequién. Pero muy minoritario, casi de otro planeta. La cosa no pasaba del pasmo que produce ver a un colega tuyo sosteniendo a un lactante entre sus brazos que, de pronto es, nada menos, ¡su hijo!, cuando hasta hace unos días andabas zascandileando con sus padres por la vida sin ninguna responsabilidad de nada. Pero están empezando a anunciarse más. Lo alarmante no es el hecho de que nazcan, acontecimiento natural bendecible y deseable para quien los desee, sino la precoz edad de sus padres, ubérrimos todos ellos, lo que resulta particularmente inquietante a tres niveles que quiero compartir por si alguien los comparte también.

El primero, y más claro, es que se trata de un aviso del fin de los días de juventud. Cuando pensabas que ahora se llevaba lo de casarse más tarde y asentarse con la calma, una ola de embarazos nos interrumpe en mitad del juego como la llamada de una madre a dejar lo que estés haciendo y subir a cenar. Hijos a tres, cuatro y cinco años de llegar a los treinta. No tengo nada en contra de las criaturas, para nada, Dios me libre y Satán me ignore; pero sí de la prematura extinción de unas libertades que, se suponía, debían durar más.

El segundo, en orden creciente de gravedad, es que los pierdes como los amigos que fueron. Es cierto que no los pierdes del todo, claro que no. Pero, como dice la frase de Gistau, ellos ya no son los protagonistas de sus vidas sino los actores secundarios de las de sus hijos. Y a mucha honra, por supuesto, pero tan cierto es eso como que sus prioridades ya no volverán a ser las mismas. Esto se percibe rápidamente al juntarse dos madres o padres en el mismo plan. Cacas, primperanes y olor a Nenuco impregnan ahora el trending topic de las conversaciones. De las camisetas pasamos a las camisas metidas por dentro; de las sudaderas a las chaquetas y jerseys de punto, y de la blazer al fachaleco o a las americanas de coderas.

Pero la peor consecuencia de este segundo punto es la pérdida de la queja cómplice. Una de las cosas que más unen es poder quejarte de lo mismo. Al fin y al cabo, avanzáis juntos por el mismo río, como Sam y Frodo, y sois acometidos a la vez por las mismas dudas y preocupaciones vitales, un compañerismo que fideliza vuestra amistad y os hace hablar el mismo idioma. Hasta que uno encuentra el anillo primero y el churumbel después, y es, entonces, cuando no te atreves a quejarte más en su presencia. ¿No estás contento con el trabajo? Pues vete a contárselo a él o a ella que ahora tienen una boca que alimentar.  La paternidad separa vagones y contemplas cómo una época de tu vida se cierra. Ya no volveréis juntos de fiesta mientras amanece, ya no quedaréis a pasar toda la tarde como si dispusierais de un saco inagotable de horas, ya no volveréis a imaginar vuestra vida futura porque ya no hay nada que imaginar. Ya no estáis juntos en el mundo que compartíais, y la nave que ha abducido a vuestro amigo os mantendrá en las antípodas hasta que, una vez sincronizados los relojes, os volváis a reencontrar al otro lado de la línea.

El tercer nivel es el más infeccioso. Habla de lo que podríamos llamar el efecto espejo. Pensabas que pertenecías a la generación del ir con la calma, del vamos viendo, del ahora se lleva más lo de priorizar tu desarrollo profesional de los veinte a los treinta, del viaja y conoce mundo que tiempo habrá para asentar la cabeza, del vive fuerte el ahora que no tienes ataduras, del sal, entra, vuelve a salir y vuelve a entrar, disfrutando de la vida como si fuera un coche que hubieras robado. El efecto espejo viene a pinchar la burbuja de tus ilusiones y te acompaña allí donde vayas como un cobrador del frac. Entras en el coche y lo ves sentado donde el copiloto, descorres la mampara y ya está ofreciéndote el jabón desde la ducha, tiras la basura y asoma por el cubo. Siempre sonriente, con una mueca muda que te dice: “Bueno chaval, ¿y tú qué?”

Pues yo tenía otros planes, disculpe. Siempre has confiado en que la paciencia se impone inexpugnable como la estrategia más sabia y que mejor resultados ofrece a la larga. Pero empiezas a cuestionarte, (¡ah, certezas que no escribiste a lápiz!), si lo que piensas no es una justificación, más bien, de cómo te han salido las cosas. Debería darme igual, lo sé, y contemplar con el mismo gozo, pero con menos preocupación, lo que está ocurriendo entre mis amigos. Pero es que no puedo. El otro día me enteré de que se fragua una comida de promoción el año que viene, 2020, y al echar cuentas con S. caímos en que ya empieza a hacer falta una mesa de niños o, por lo menos, unas cuantas tronas en las mismas mesas.

Iba pensando en eso­, (solamente la idea de la mesa de niños me hiela la sangre), cuando me encaminaba, titubeante como un Luca Brasi, a conocer al bebé de unos amigos. Iba a comer en su casa y, parapetado con la superioridad moral del soltero, me preparé para verlos insomnes, demacrados, ojerosos como pandas, con el humor secado por la falta de riego a la que someten los despóticos quehaceres de la paternidad. Y, sin embargo, me los encontré sonrientes, tranquilos, con un muy mejorado manejo de los tiempos incluso, (mi amigo no quemó por primera vez las lentejas). Era un espectáculo aquello. Se respiraba una paz, una armonía de hogar encontrado, que me reconfortó más que un fin de semana en un monasterio. Ella me explicó lo natural que les estaba resultando todo el proceso. Él sostenía su primogénito entre los brazos mientras yo grababa cómo le susurraba a su hijo, a modo de primeras lecciones básicas, los cánticos que amablemente procurábamos a los vecinos del colegio mayor de enfrente.

Salí de allí más ligero de lo que entré. Yo, el apóstata de las precipitaciones, el censor de la inconsciencia de aquellos padres, el arrogante que los compadecía por lo que se estaban perdiendo, salí de allí completamente trasquilado. Sin un gramo de esa lana que tanto calor daba a mis certezas, se me puso la piel de gallina al comprobar que, en realidad, no tenía ni idea. Yo, que pensaba que el peaje de ir a las bodas es soportar, después, la noticia de los hijos, salí pagado al descubrir el amor completo de una familia. Han tenido que nacer ellos para que muriesen esos juicios subconscientes que haces de las vidas de los demás y esa idea de que los hijos puede que, en lo prescindible, limiten, pero en lo fundamental extiendan. O puede que no, yo ya no sé. Pero me quedo con la paz que me transmitió la imagen de ese hogar, donde ahora cohabitan también mis recuerdos de ellos antes de padres, resplandeciendo como un cuadro completo lo que antes, sólo en mi mente, era borrador imperfecto.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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