“Feuds are never about hate, feuds are about pain”

Olivia de Havilland

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FX / HBO España

Una de las ventajas de contar la historia de una rivalidad es que el papel de malo no es monopolio de un sólo personaje, con lo que nunca sabes dónde puede saltar la liebre. Y esto es un atributo muy importante que le pedimos a una serie: que nos sorprenda, que nos rompa constantemente el saque y que nos deje un poco huérfanos al final de cada uno de los vuelva-usted-la-semana-que-viene-y-le-enseñaremos-más.

Feud (disponible en HBO España) tiene ese atributo y alguno más: unos diálogos punzantes, unas tramas con sustancia, unos cuantos giros inesperados, haters muy anterior al nacimiento de Twitter y unas interpretaciones que, por ahorrar adjetivos, diremos que logran lo que toda actuación debe aspirar a lograr: que no se note. Y que una serie ofrezca todo esto no es poco, en un momento en el que el homo televidens no da abasto con todo lo que querría echarse a su SMART TV.

En estos 8 capítulos, primera entrega de un proyecto dedicado a contar una rivalidad legendaria en cada temporada, Ryan Murphy (American Horror Story) recrea la guerra particular que vivieron Joan Crawford y Bette Davis a tenor de su colaboración en ¿Qué fue de Baby Jane? y las consecuencias que se derivaron en sus vidas tras aquello.

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FX / HBO España

A nadie se le escapa la historia de aquella película con esas dos actrices hermanas, Blanche (Crawford) postrada en una silla de ruedas y condenada a ser cuidada por su demente hermana Baby Jane (Davis), y cuya carrera nunca brilló tanto como la de su tullida hermana. Refugiada en una demencia que le servía de coartada, Baby Jane disfrutaba atormentando a su desvalida hermana a la que hacía pasar las de Abel.

A día de hoy, ¿Qué fue de Baby Jane? sigue siendo una película que ha perdido poca fuerza de la que llegara a tener originalmente, un drama psicológico tan angustioso y macabro que debe la mayor parte de su mérito al trabajo de Crawford-Davis, deudor de la profunda inquina que se profesaban fuera de cámara y que no ocultaban a nadie. De hecho… ahí está la gracia, en que todo el mundo lo sabía. Ellas lo sabían, los miembros del equipo de rodaje lo sabían, la prensa lo sabía, el público lo sabía y, ante todo, Jack Warner (productor) y Robert Aldrich (director) lo sabían y se deshacían del gusto orquestando un fuego que avivaban con el ímpetu de un pirómano en una carpintería

¿Qué fue de Baby Jane? arrasó la taquilla y dejó para los anales una cara B no contada que era el reflejo especular de lo que se podía ver, oír y sentir en la película. Y esa es la historia que viene a narrar Ryan Murphy.

Lo reconozco, uno empieza picando el anzuelo por ver la historia de dos mujeres que se llevan a matar, que se odian, que se ponen mutuamente la zancadilla intercambiándose constantemente el papel de Caín y Abel. Pero uno se termina quedando en esta serie por la verdad que filtran Susan Sarandon y Jessica Lange a la hora de encarnar a esas dos mujeres que lucharon con una voluntad inquebrantable frente al sexismo y la misoginia imperante en Hollywood, en un momento en el que las actrices que sobrepasaban la cincuentena eran vistas como decrepitas y caducas, frente al glamour y distinción que, en cambio, alcanzaban sus homólogos masculinos.

La emoción del viaje desde el odio más cortés al odio más puro y abiertamente declarado, el clima intenso del rodaje, el vaivén de los diálogos, el juego de las mentes a través de las palabras, no solo consiguen dar cuenta de una rivalidad sino transmitir toda la verdad y profundidad psicológica de dos almas gemelas igual de solas, igual de valientes e igual de divinas que paradójicamente no pudieron hacer otra cosa que devorarse mutuamente.

De ahí, la resonancia que tienen las palabras de Joan durante esa partida de cartas final: “y pensar que en todo este tiempo podríamos haber sido amigas”.

En eso reside la magia de esta relación. Aparentemente uno llega a ella buscando el odio por el odio, el morbo; pero se da de bruces con un par de mujeres por las que se termina sintiendo lástima, pero también admiración. Imposibles de prejuzgar correctamente e inevitables de amar a mayor gloria de La Sarandon y La Lange, que están para levantarse de pie en el sofá y agitar la batamanta por todo lo alto.

Cada discusión acalorada, cada silencio sangrante y la fogosidad de los temperamentos puestos a prueba, son de una dignidad y una clase que dejan cualquier programa de Gran Hermano en un reallity para amebas.

Tampoco se puede olvidar las actuaciones de un divertidísimo Stanley Tucci que interpreta al magnate Jack Warner con un talento propio de un maestro, y una Judy Davis que borda a la afilada, chismosa y siempre incómoda Hedda Hopper.

Y qué decir de ese laaaaargo plano-secuencia del quinto episodio tan concienzudamente tirado y que cumple a la perfección su función previa al clímax de la temporada, con esa gala de los Oscars de 1963, que tardará mucho tiempo en borrarse de mi cabeza.

En definitiva, el que se asome a Feud encontrará una historia principalmente bien contada apoyada en dos actuaciones de alto voltaje. Cada uno tiene su propia vara de medir y verá lo que quiera ver, pero Feud no es otra serie más.

Y todo eso lo consigue contar Ryan Murphy en 8 episodios, reivindicando una vieja lección olvidada a menudo: lo bueno si es breve…

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.
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