Emma_respublica

Fuente: imdb

¿Cuántas aficiones se pueden tener a la vez? Honestamente, teniendo en cuenta la regularidad que exige hacer cualquier cosa en condiciones, diría que una, y ya es mucho decir. También desconozco cómo, de entre toda la exuberante oferta, llegamos a desarrollar una afición por algo concreto. ¿Por qué fútbol y no baloncesto? ¿Por qué teatro y no boxeo?

Sin embargo, el aroma que los identifica es el mismo en todos los casos: ilusión. Una ilusión infinita e insaciable por esa actividad que te rapta y te sumerge en su mundo y en sus reglas. Cuando hay ilusión se pierde por completo la noción de esfuerzo, al menos al principio, y uno vuelca en ello todas sus fuerzas. Las horas pasan ligeras y mientras permanecemos en esa espiral de gozo hay un olvido, un descarrilamiento del runrún vital que deja de imponernos su ritmo y sus plazos.

La primera vez que subí a unas tablas fue en el cole y me tocó hacer del Westmoreland de Enrique V. Del papel no recuerdo ni una sola palabra, aunque sí me acuerdo de llevar capa. Granate. Y lo que empezó como un pasatiempo para no tener que salir al recreo en invierno, ha pasado con los años a convertirse en una afición. Me apunté a clases, ya que se convirtió en la única manera de no perder el vínculo, y creo que hasta que no empecé a ir a ellas, todo había consistido en pasar un buen rato. A partir de entonces no he dejado de hacerme una pregunta: ¿no debería probar esto todo el mundo?

Existe un prejuicio por el cual parece que hacer teatro sea una cosa para gente extrovertida y desvergonzada. Falso. No existe nadie tan extrovertido ni desvergonzado que no se ponga nervioso al salir a un escenario. Además, se da la casualidad de que las personas menos tímidas que conozco se parecen todas en una cosa: reconocer lo tímidas que en realidad son, aunque no lo aparenten ser. Sidney Lumet dio fe en sus memorias de la timidez de Paul Newman, por no hablar de Cary Grant o Marilyn Monroe, a los que una inseguridad patológica los acompañó toda su carrera. Sin nervios ni adrenalina un actor no llegaría a darlo todo, de la misma manera que Usain Bolt no hubiera sido capaz de correr cien metros en 9,58 segundos sin estar antes un poquito atacado de los nervios.

En realidad, y aquí está la gracia, todos somos actrices y actores en nuestro día a día. ¡Raca! Porque actuar no consiste en fingir emociones sino en llevar a cabo acciones de verdad, que surjan de verdad y que, conseguido eso, transmitan verdad. El camino corto es falsificar el proceso. Se ahorra energía y se arriesga menos. Y finalmente no sirve para nada. Sin embargo, uno muchas veces no está a salvo de caer en la simulación y entonces, el daño es doble, porque el actor, que conoce el abismo que existe entre fingir algo o vivirlo de verdad, es el primero que detecta la mierda que le está saliendo. Los americanos tienen para eso una sabia expresión: el Bullshit Detector, y conviene huir de ello como de la peste.

Quiero incidir en el riesgo que supone actuar. Estar en escena, ya sea improvisando o diciendo un texto, es perder el cordón umbilical que nos sujeta a la seguridad. La seguridad de quedar bien, de no hacer el ridículo, de gustar a todos, de mirarse desde fuera a ver qué tal quedo, de no parecer nervioso o perdido aunque lo estés, o incluso de lo que pensaría tu madre si te viera ahora mismo. Conviene mandar todo eso a tomar por saco. Y sin embargo, cuesta una barbaridad. Creo que lo que más cuesta, de hecho, no es aceptar los nervios de antes o enfrentarse a la vergüenza de actuar, sino el hecho de no pensar. Porque actuar no consiste en pensar sino en lo que su propio nombre indica.

A la escena se va pensado: de dónde vengo, qué es lo que quiero y qué circunstancias me relacionan con mi compañero. Pero en escena toca olvidarse de todo eso y concentrarse únicamente en esto: recibe al compañero, escucha de verdad lo que dice, procesa todo eso en tu propio cuerpo y deja que de ahí salga una reacción que sea verdad aquí y ahora. Y entonces, es cuando se filtra todo. La confianza y la inseguridad, las modestias y las vanidades, la generosidad y la miseria, la paz y la ira. Todo. Es abrir la caja de Pandora y puede salir cualquier cosa. En definitiva, lo que más cuesta es aceptar esa vulnerabilidad, ese compromiso ineludible de tirarse a la piscina totalmente convencido de que hay agua.

Después de eso llega el higiénico momento del feedback de la profe, cuando toca asumir en pie sus comentarios más estoico que un duque británico en su palco de Wimbledon. La de capas de importancia que uno se quita de encima escuchando. No sé si todo eso te ayuda a conocerte mejor a ti mismo, pero el hecho de ser capaz, por poner solo un ejemplo, de llegar a identificar el miedo que te impide hacer un papel, es empezar a desvelar el misterio.

Siempre había pensado que actuar es una actividad mucho más familiar para cualquiera de lo que pueda parecer a simple vista, y que lo único que nos separa de un actor es saber qué línea viene después. Pero sinceramente, ¿cuántas veces en el día a día reaccionamos de verdad ante la realidad? ¿Cómo de atentos y despiertos estamos a los estímulos que nos rodean? ¿Cuánto hay de veraz y cuánto responde solamente al deseo de encajar? Escribiendo estas líneas caigo en la cuenta de que, ¡oh sorpresa!, actuar puede llegar a ser, muchas veces, más auténtico que vivir.

Pero no me hagan caso y pruébenlo por sí mismos. Prueben a desapuntarse una temporada de sus clases de mindfulness para atreverse a hacer teatro.

Y dejen que pasen cosas.

A los amigos de Plot Point que tanto me enseñáis.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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