JavierGomá

 

Todo comenzó a última hora de una fría tarde de enero en Pamplona, donde Javier Gomá se anunció en solitario, como los grandes toreros, para hablar de algo tan sencillo y necesario como la amistad. Aquella conferencia causó tal sensación que sus secuelas llegaron hasta junio, cuando nos acogió con simpatía en la Fundación March en dos mañanas. A la primera cita llegamos tan tarde que en la segunda no tuvo más remedio que premiar nuestra puntualidad con una Coca-Cola y sentarnos en el sofá de su despacho para hablar de su vida, de la Tetralogía, de Aquiles, del estadio ético y estético, y, cómo no, de la ejemplaridad. Además de director de la fundación, Javier Gomá es letrado del Consejo de Estado, filólogo y, sobre todo, filósofo. Y como tal, tiene el don de la claridad. Júzguenlo ustedes mismos.

 

Tu vocación literaria surge muy tempranamente, pero hasta los 38 no publicas el primer libro. ¿Por qué dejaste que pasara tanto tiempo?

Experimenté con mucha intensidad esa vocación literaria a los 15 años. Suelo resumirlo diciendo que he tenido una vocación muy temprana y muy violenta y una maduración muy tardía. De hecho al principio ni siquiera sabía si era filosófica, uno tiene primero una especie de rapto por unas intuiciones o visiones que te llevan a una misión.

Tienes la visión y la misión de dar fijeza, estabilidad, a esa visión mental que has tenido. Si no le das un soporte como un texto o un libro se desvanece. Lo que no tuve tan pronto fue la convicción de cuál iba a ser mi instrumento, aunque sí supe que era literario, no tuve claro si iba a ser poesía, novela, teatro, textos autobiográficos, o el ensayo filosófico.

 

¿Cómo fueron tus años de universidad?

Cuando terminé el colegio –había sido muy buen estudiante- opté por filología clásica, carrera en la que no destaqué especialmente. Se producía la paradoja de que alguna vez en mi familia me decían –respetuosos con mi decisión inicial- que me dedicaba a algo que no servía para nada y que además no era bueno. Esta fue una época de gran desorientación personal en la que luchaba por aprender qué estaba ocurriendo en ese mundo de ideas y sentimientos que bullían en mi interior y qué forma darle.

Sobre eso luego escribí un libro entero que es ‘Aquiles en el gineceo’, que relata el paso de la adolescencia a la madurez.  Ese paso es un proceso de doble especialización, del corazón y del oficio. A ese proceso se añade una anomalía adicional que es la especialización de la vocación literaria. Si vives con intensidad el paso del estadio estético al estadio ético –como me pasó a mí- y a esa intensidad le sumas la complejidad de una vocación (en mi caso la literaria) no me parece tanto que me pasara todos los años de filología clásica y uno más en un estado de desconcierto absoluto.

Sin embargo me dedicaba a leer y a pensar y a escribir, y también a estar angustiado, ansioso. Porque no sabía qué forma le iba a dar a todo eso. Con 24 años, cuando por una parte todo ese mundo que conforma el estadio estético en mí adquirió una forma y una decisión moral (cuando quise pasar del estadio estético al estadio ético) hice la carrera de derecho y la oposición. Y las dos cosas las hice en tres años. Con 24 años era una persona sin oficio ni beneficio y con 27 era número uno de la oposición a letrado del Consejo de Estado y en el proceso de la preparación de las oposiciones conocí a la que es ahora mi mujer.

 

Qué tres años…

Fueron tres años muy gozosos porque, como cuento en ‘Aquiles…’, llega un momento en el que el estadio estético, esa adolescencia y ese estremecimiento, te produce hastío, esterilidad, una sensación de no estar integrado en nada productivo. Cuando yo pasé al estadio ético, a través de profesión y mujer, fue muy gozoso. Esos tres años fueron tres años de estudio pero salía casi todos los días, saqué matrículas, etc.

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¿Qué sentías en aquellos años en los que no sabías si lo que hacías te serviría para algo?

He vivido mucho el sentimiento de ansiedad, y lo explico como el desarreglo que hay en una persona que tiene mucha vocación hacia algo para lo que sin embargo no tiene madurez suficiente para llevar a cabo. Imagínate que todo tu ser tiende a algo y que al mismo tiempo no has desarrollado las capacidades ni tienes los conceptos o las aptitudes para hacer aquello para lo que sin embargo estás llamado con todo tu ser. De hecho, cuando tú notas que todo tu ser tiende a algo pero no tienes la capacidad de hacerlo, sólo sientes ansiedad. Y eso lo viví yo con enorme intensidad cuando tenía 20 años. Todos esos años de filología clásica tuve que aceptar que de momento no servían para nada y hacer derecho.

¿Qué supuso para ti ese momento? ¿Te gustaba el derecho?

Hay un momento de humildad. No soy como otras personas que hablan del derecho con desprecio, hay gente que dice que se dedica al derecho por razones alimenticias, “a mí el derecho no me gusta”. Ese no es mi caso. El derecho se me quedaba corto en muchos aspectos, pero lo que aprendí y estudié me encantó. El tiempo que he estado en el Consejo de Estado (15 años) sirviendo como funcionario lo recuerdo muy bien desde el punto de vista personal y desde el punto de vista mental, porque me ha proporcionado experiencia sobre cómo funcionan las instituciones que es muy conveniente para quien trata de proponer un ideal. Es bueno que sepas cómo funcionan realmente las instituciones para que tu ideal no sea una quimera o una ensoñación.

Por otra parte, desmintiendo el mito romántico, yo he sido literalmente fecundo cuando me he casado y cuando he conseguido mi trabajo. El estereotipo es el del poeta romántico genial que no puede ver a nadie y está encerrado porque está entregado a su inspiración. En mi caso no logré escribir nada que me pareciera digno de publicar hasta que me casé y hasta que conseguí mi trabajo.

¿Cómo se maneja la ansiedad? ¿Si no tienes una vocación clara es imposible?

No es lo mismo tener claro cuál es tu objetivo y no tener claro si la vida te va a permitir conseguirlo que tener ansiedad por no saber cuál es tu objetivo. Lo último se refiere a un problema que tiene que ver con tu propia identidad, que es mayor todavía. No es lo mismo tener ansiedad por qué va a ser de tu hijo a tener ansiedad porque no sabes si vas a tener hijos. Tiene que ver con quién eres tú.

En un determinado momento se produce el paso de la adolescencia a la madurez: mediante la elección de una persona con la que fundar una casa y la elección de una profesión con la que ganarse la vida. A consecuencia de esa doble especialización encuentras tu lugar en el mundo, y esa posición te otorga una identidad ante ti mismo y ante los demás.

Las condiciones culturales contemporáneas no favorecen el paso del estadio estético al estadio ético (madurez) porque han desprestigiado el proceso, todas las líneas de transición al estadio ético: la especialización del corazón y la especialización del oficio.

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Ese sentimiento de búsqueda ha encontrado respuestas en muchos ámbitos a lo largo de la historia, probablemente primero en el plano religioso, después en la filosofía… Pero ahora mismo confundimos la pregunta sobre la vocación con la pregunta sobre la especialización. Se confunde ‘en qué voy a trabajar’ con  ‘cuál es el sentido de mi vida’. ¿Qué necesidad hay de buscar una misión que dé sentido a la vida?

Aquiles trata justamente de demostrar cómo fundar una casa y elegir un oficio son decisiones que acaban determinando tu identidad. No son accidentes que te ocurren, si las ves como opciones morales –no sólamente como problemas técnicos acerca de cómo comprar cosas para la nevera-.

La filosofía contemporánea defiende que uno adquiere su identidad cuando es auténtico. Ortega, en ‘El hombre y la gente’, distingue precisamente entre el hombre auténtico y la gente,  y Heidegger en su ‘Ser y tiempo’ constantemente dice que tenemos que olvidarnos de lo que se hace para ser auténtico, encontrar tu vida originaria o vida propia. Frente a ese esquema que ha sido dominante en el romanticismo y que se refiere a la idea del héroe romántico antiburgués, sostengo que uno sólo es individual en el proceso de socializarse. Y la socialización tiene lugar a través de la doble especialización, del corazón y del oficio.

En consecuencia, el proceso de especialización, contra lo que piensa el romanticismo, no es una alienación o una distorsión de la realidad sino al contrario, es el momento en el que uno verdaderamente obtiene la identidad y la individualidad, siendo esa individualidad justamente el aceptarte como mortal.

En la adolescencia te sientes eterno como un niño, cuando maduras y te socializas comprendes que tienes una dignidad incondicional, pero que el ser humano es ese acorde discordante de dos notas, una que te dice que tienes una dignidad irremplazable, incondicional e infinita, y otra: que al mismo tiempo que único eres repetible. Único y repetible, sustituible. Esta es la extraña naturaleza del ser humano, comprender que al mismo tiempo eres una persona de dignidad infinita y sin embargo de condición sustituible. De hecho algún día te sustituirán en el entramado social y algún día morirás.

La verdadera esencia del hombre es comprender esa doble nota discordante, no primero una y luego la otra, sino que al mismo tiempo eres único y repetible.

¿Por qué esta postura no lleva directamente al individualismo?

Cuando uno acepta socializarse con su dignidad infinita, acepta ser mortal. En el proceso de socializarte estás encontrando tu dignidad, tu individualidad y aceptando tu mortalidad. Insisto muchas veces en que cualquier hombre corriente tiene la misma dignidad heroica, trágica y sublime que el mismo Aquiles, que siendo de condición divina renunció a su rango y se hizo mortal.

Cualquier individuo es un nuevo Aquiles que nace sintiéndose divino y eterno en la infancia y en la adolescencia y en determinado momento tiene que salir del gineceo e ir a Troya, a la guerra, donde se aprende a ser mortal. Ese ciudadano corriente, sin estridencias, que no llama la atención y que vive y envejece sin manierismos, tiene delante de él una decisión sublime equiparable a la del mismo Aquiles, que es la de vivir y envejecer y aprender a ser mortal. De manera que lo sublime, lo mítico, no está reservado a unas pocas élites sino a cualquier ciudadano que vive y envejece.

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En ‘Ejemplaridad pública’ hablas precisamente de la belleza de la vulgaridad, ¿qué tiene de bello lo que es sencillamente vulgar?

Lo que cuento en ‘Aquiles en el gineceo’ pretende ser algo invariable de la naturaleza humana, esto ocurrirá en cualquier parte del mundo, siempre. Pero la vulgaridad la veo más bien como una característica del estadio actual de la cultura. La cultura siempre se ha distinguido entre alta cultura y baja cultura, y siempre ha sido aristocrática. La cultura en sentido propio tenía que ver con productos muy codificados, producidos por una élite. La baja cultura se componía de creaciones anónimas y colectivas del pueblo: podríamos hablar de Dante por un lado y de costumbres folclóricas y canciones populares por otro.

Lo verdaderamente interesante de la cultura pop es ver cómo determinados elementos que forman parte de la cultura de masas se presentan con la categoría de la cultura elevada. Poner una lata de tomate como Warhol, que es algo que se encuentra en los supermercados, y elevarlo a la categoría de alta cultura. Algo se ha roto en ese proceso: la división eterna entre la cultura codificada y la cultura de masas queda diluida por ese acto artístico que se nutre de la sociedad de masas.

¿Entonces ya no hay distinción entre belleza y vulgaridad?

No hago una apología de la vulgaridad, pero hablo de ofrecer ‘un respeto’ a la vulgaridad de forma irónica y en dos sentidos: la vulgaridad es hija de la igualdad y de la libertad o liberación. Cuando a una cultura igualada se le da una liberación plena, el primer momento es un momento de vulgaridad, que ofende el buen gusto. ¿Qué hacemos con esa vulgaridad? Los representantes de la cultura aristocrática, de derechas o de izquierdas, lo que hacen es repudiarla.

Por otra parte están aquellos que simplemente se resignan y dicen ‘supongo que la vulgaridad es el precio que tenemos que pagar por ser libres e iguales. Yo tengo otro punto de vista: pedir un respeto por la vulgaridad en el sentido de que es una manifestación de dos cosas irrenunciables: la igualdad y la libertad. Pido respeto pero no para conservarla sino para transformarla, para elevarla, para reformarla. De hecho, en ‘Ejemplaridad Pública’ defiendo un programa de reforma de la vulgaridad en la dirección de la ejemplaridad. La ejemplaridad es no solamente ser libres e iguales sino también elegantes, es decir, ser personas que saben elegir bien el uso de la libertad.

Cuando tú ves lo mal que viste esta persona, el horror de las playas de Benidorm, los programas basura o los reality, es evidente que repugnan, pero yo pido un respeto a esas manifestaciones porque son una conquista que hay que reformar en la dirección del buen gusto. Por buen gusto entiendo la educación en el corazón y en la sensibilidad que te lleva a elegir lo excelente por el placer de lo excelente, no por sanción ni por represión ni por imposición aristocrática, sino por inclinación personal.

Para Ortega, la única obligación de la masa es la docilidad. Pero la raya que divide la sociedad ya no distingue entre un grupo y una masa, sino que es una raya que atraviesa a todos los ciudadanos que tienen que elegir entre ser vulgares o ser excelentes, ejemplares. En la teoría aristocrática sólo se exige ser ejemplar a la élite, Ortega lo dice claramente. El resto de la población sólo tiene que obedecer, sin plantearse más. Tiene que imitar a la élite ejemplar.

En mi propuesta, todos los ciudadanos tienen el imperativo moral de ser ejemplares, tener buen gusto, ser elegantes en el sentido de elegir bien el uso de su libertad y educar su corazón de manera que apetezca lo excelente por sí mismo, por la evidencia de lo excelente, más que por imposición de la ley o docilidad.

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Estamos todo el día hablando de cuidar el cuerpo y la mente, pero escuchamos muy poco hablar de la educación del corazón. ¿Hasta qué punto a una persona le va la vida en ello?

Escribí sobre este tema en un artículo en La Vanguardia: ‘Visión culta y corazón educado’. Creo que la teoría de la ejemplaridad ha tenido aceptación porque hemos captado que la idea de organizar una sociedad justa y bien organizada, pidiendo a los ciudadanos que cumplan la ley, no es suficiente. La ley regula solamente la actividad de la libertad externa, pero no puede afectar al corazón, que es donde residen las decisiones importantes sobre qué tipo de persona quiere ser uno. Una ciudadanía que solamente se somete a la ley -que siempre es coactiva- por miedo al castigo, es una sociedad infinitamente menos viable y menos cohesionada que una sociedad con ciudadanos que tienen el corazón educado de tal manera que optan por lo bueno sin necesidad de premio  y les repugna lo malo sin necesidad de amenaza ni castigo.

La democracia será infinitamente más viable si está compuesta por ciudadanos de buen gusto que tienen el corazón educado de tal manera que se inclinan por lo bueno sin necesidad de que eso suponga una desgravación fiscal y repugnan lo malo sin necesidad de que haya una sanción penal.

En el artículo que escribiste el pasado mes por tu cincuenta cumpleaños concluyes pidiendo un corazón ingenuo. ¿No es más lógico pedir un corazón bueno?

Tengo un libro que se llama ‘Ingenuidad aprendida’, que nació porque me invitaron a dar una conferencia en seis o siete universidades en Estados Unidos para hacer una primera presentación de los libros que había escrito. Me di cuenta de que cuando presento mi propuesta -que es una propuesta de un ideal  constructivo- en el mundo académico, surge un hipercriticismo que yo llamo irónicamente ‘lúcido o hiperlúcido’ que solamente tiene ojos para desmantelar, para desvirtuar, para criticar, para deconstruir sobre cualquier relato o proyecto. La filosofía contemporánea está completamente inundada de esa lucidez deconstructiva, donde como dice Lyotard cualquier gran relato es ya imposible.

Por eso utilizo la ingenuidad como método filosófico, es decir, convierto la potencial crítica que me hagan en método. Ingenuidad aprendida, que no es una ingenuidad de primer rango. La ingenuidad aprendida es la de aquella persona que conoce muy bien cómo es la realidad, con sus negatividades, y que incluso conoce la crítica que la filosofía moderna y contemporánea ha hecho a los relatos constructivos, y pese a eso mantiene la capacidad de entusiasmo que conlleva un ideal.

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¿Hay alguna forma de superar el individualismo? ¿Es ese el objetivo de tu filosofía en torno a la ejemplaridad?

Estamos en una época post-individualista, lo que interesa ahora es cómo podemos establecer determinadas reglas que sean constructivas para el yo y que hagan más humana y mejor la convivencia. Para eso necesitamos un nuevo ideal que sustituya al de la liberación individual que ya está superado. Eso justamente es la ejemplaridad, cómo ser libres de modo elegante, fecundo, civilizado.

La cultura liberadora, transgresora, ha sido muy positiva, ha producido resultados positivos, pero toda la fecundidad se ha agotado ya. Necesitamos un nuevo ideal y la cultura todavía no se ha dado cuenta. Sigue insistiendo en unos principios que ya son epígono.

Pero como ocurre muchas veces, cuando un impulso cultural declina, se convierte en escolástico. Ahora, la escolástica es la escolástica de la liberación. Justamente cuando ya no tiene capacidad innovadora, emancipadora, renovadora. Así pasó con la teoría de Platón y el Platonismo,  Platón tiene más fuerza y más riqueza que su escuela.

Mientras, las aguas subterráneas de la gente están demandando un ideal distinto. Hoy somos más hipercríticos, más cínicos, más descreídos, más supuestamente lúcidos que nunca, y eso está impidiendo que las aguas subterráneas salten y que nos podamos elevar a un nuevo ideal. Por eso reclamo como método una ingenuidad aprendida, no candorosa, en el sentido de elegida, que aun conociendo todas las razones que te llevan al escepticismo, al descreimiento, a la desconfianza, lleve al entusiasmo. Ser ingenuo es síntoma de sabiduría.

 

El modelo educativo tiende a formar la razón, pero cuando toca elegir qué carrera estudiar te plantas ante la duda de elegir la que tenga salidas profesionales o la que te gusta. ¿Cuáles son las deficiencias del modelo educativo a la hora de formar el corazón?

No tengo una confianza excesiva en los planes de estudio. No creo que la cultura de un pueblo dependa de la educación reglada. Sobre la universidad escribí un artículo titulado ‘La gran piñata’. La universidad debería tener por objeto dos cosas: crear profesionales que se especialicen posteriormente y ayudarnos a ser ciudadanos. Son cosas distintas. De un profesional se espera que sea capaz de proporcionar mercancías, objetos o actividad, algo que tenga valor en el mundo económico. Un ciudadano, por otra parte, tiene que ser consciente de su propia dignidad, que es resistente a cualquier valor. Es aquello que decía Kant: ‘la conciencia de lo que tiene dignidad y no tiene precio’.

Como cuando Machado habla del necio que confunde el valor y el precio…

Sé que se cita de Machado pero creo que antes lo dijo Oscar Wilde, tiene una obra de teatro que dice algo muy parecido. Pero Kant tiene un texto definitivo en el que distingue entre dignidad y precio. No es que la dignidad diga que no debe haber precio en las cosas, pero el ciudadano es consciente de que tiene una dignidad que no puede expropiarse nunca. La dignidad del individuo me gusta definirla como aquello que es resistente a todo, incluso al interés general. El interés general puede llevar a expropiar tu casa, tu coche, pero no te pueden expropiar a ti como persona. Todo interés particular debe ceder ante el interés general, pero el interés general debe ceder ante la dignidad individual, que es el propietario de los intereses particulares.

La cultura te hace consciente de esa dignidad individual resistente a todo. Me parece que se tiende demasiado en las reformas educativas a la figura del profesional en detrimento del ciudadano culto. Al mismo tiempo se produce la paradoja de que una persona que dedica horas a cosas que no sirven para nada, que se ha enamorado del alpinismo o de la arqueología, del teatro, esa persona, cuando entra en el mercado, tiene un signo distintivo de aquél que ha tenido una vida llana, seriada, despersonalizada. Es más interesante incluso para el mercado.

Candidatos a abogado laboralista hay muchos, pero abogados laboralistas con experiencias que les den distinción dentro de esa masa indistinta, no hay tantos. Los planes de estudio, sobre todo desde Bolonia, ponen demasiado el acento en carreras cortas que tengan prácticas rápido, colaboraciones con empresas… Por la ansiedad de crear profesionales con experiencia práctica en detrimento de todas las asignaturas que aparentemente no sirven para nada pero que te hacen consciente de tu dignidad.

 

Lo cierto es que la modernidad no tiene nada a lo que agarrarse. Las películas, la cultura no te ofrecen más que la depresión o encerrarte en tu cuarto. Hace años, al menos los conflictos bélicos servían para mantener a la gente en tensión, pero hoy en día, quitando el mundial de fútbol… ¿Cuál es hoy el sentido de la vida?

Somos herederos de una visión romántica que solamente ve grandeza en determinadas hazañas extraordinarias. Pero imagínate que lográramos cambiar la mentalidad y encontrar la grandeza en el vivir y envejecer del que hablábamos antes. No hace falta ir a la luna, acostarte con mil mujeres, realizar una hazaña espectacular, televisiva, no hace falta ganar la copa de Wimbledon, para tener delante de ti un empeño sublime, a la altura de Aquiles. Actualmente sólo se ve grandeza en hechos atroces, como puede ser el nazismo. De este fenómeno hablé en ‘Atrévete a sentir’, un artículo publicado en El País.

El concepto de lo sublime se distorsiona en el romanticismo, porque sublime es aquello que es digno de emulación en grado eminente, y durante siglos lo digno de emulación era lo ejemplar. En los siglos XVIII-XIX, de pronto se acercó a lo siniestro, a lo perverso, y hoy casi por sublime entiendes los discursos de Hitler y las filas interminables de nazis desfilando. O, como dijo un filósofo, el choque de los aviones contra las torres gemelas.

¿Y si somos capaces de ver algo extraordinario en esa cosa tan mítica como es aprender a ser mortal? Estamos en un interregno, hay que dejar de lado el catecismo de la liberación individual.

En uno de tus artículos, ‘Viejo amor’, mezclas los conceptos de amor y amistad, no queda claro hasta qué punto hay que enamorarse de un amigo para que el amor dure en el tiempo.

Por una parte está el amor romántico que es un amor monopolístico, excluyente y totalizador. Como la realidad no es totalizadora, lo normal es que el tiempo actúe en contra de ese amor romántico. El tiempo es un enemigo. La amistad, en cambio admite la pluralidad, puedes tener varios amigos que no son excluyentes. El tiempo actúa a su favor, lo más bonito que puedes decir de una persona es que es un viejo amigo. La cuestión es cómo conseguir la intensidad emocional del amor romántico, el eros, y que el tiempo trabaje a tu favor: la philia, la amistad.

Si eres capaz de educar tu corazón de manera que proyectes ese afán de totalidad en alguien que es digno de tu amistad, tendrás la intensidad del eros y la perduración de la philia, de la amistad. Enamórate de alguien que sea digno de tu amistad y tendrás las dos cosas. El corazón no es un volcán que no se puede domar, es bastante salvaje pero es capaz de una cierta educación, de un cierto refinamiento. La prueba perfecta es que te puedes enamorar de una persona con 16 años y con 30 te llevas las manos a la cabeza al pensar de quién te has enamorado. Si eliges para tu intensidad totalitaria del eros a una persona digna de tu amistad, tendrás el tiempo a tu favor como con la amistad y sin perjuicio de la intensidad del eros.

 

Pocas cosas quedan por decir, nos despedimos con el último artículo a que hacemos referencia. Recitado, escuchen.

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*La ilustración de la cabecera ha sido realizada por Ignacio Susperregui, Diseñador gráfico de los que ya no quedan.

Por Javier FernándezEstudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.
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Luisfer Martínez

Me gusta pensar. A veces lo hago bien y otras no tanto, pero me gusta pensar. En "pensar" incluyo especialmente pensar con gente, no solo, porque cuando uno piensa solo piensa mal.
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