Quedo con Jorge en un bar que casualmente está cerrado. Vamos a otro bar. Que también está cerrado. Empezamos a ponernos nerviosos justo cuando encontramos, en las inmediaciones del Congreso, el bar en el que finalmente tenemos la entrevista. Las primeras preguntas fueron tensas. En las siguientes me apetecía pedir otra cerveza. Y al final estuve a punto de pedirle que me acompañara a hacer algo más. A ver Madrid, yo qué sé. A cualquier cosa. Pero le habían pedido que escribiese un artículo.

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¿Son más felices los aspirantes a periodistas que entre el resto de carreras? Ser periodista es resignarse a cobrar poco al principio (menos que la media) porque prefieres hacer lo que te gusta.

No sé si es así. La felicidad la definiría por la vía negativa, como hacían los escolásticos con Dios. Por la vía negativa se podría definir la felicidad así: uno no se da cuenta de que es feliz, se da cuenta de que es infeliz. La felicidad se conjuga en pasado. Pero eso lo descubres más tarde, como decía Gil de Biedma.

 

¿Y eres feliz con tu trabajo?

La felicidad relacionada con la vocación laboral es un factor que completa a la persona. Hay personas que tienen todo su potencial de sentimiento centrado en las relaciones personales, y con eso son felices. Pero normalmente la gente tiene dos vocaciones: su trabajo y su familia. Si falla una de las patas, no se es del todo feliz.

En mi trayectoria profesional es verdad que he pasado por el deseo y la frustración de no alcanzar la estabilidad, y al final he obtenido un premio más o menos modesto. Y rezo para que se mantenga porque esto tampoco está asegurado. La verdad es que uno no plantea estrategias para llegar a la meta. De hecho no estudié Periodismo: estudié Filología Clásica. Cuando terminé el primer ciclo de Filología mi facultad (la de Filología en la Complutense) acababa de abrir una nueva licenciatura: Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Muchos filólogos de primer ciclo decidimos ampliar miras en vez de seguir con una filología especializada y nos decantamos por el estudio teórico de la literatura: en EEUU y otros países estaba esa licenciatura desde la posguerra mundial. Mi catedrático, Antonio García Berrio, fue el que instauró esos estudios en España, en la Complutense.

A partir de ahí teníamos dos opciones: matricularnos en los cursos de doctorado y comenzar la carrera de la docencia -que es desesperantemente lenta en este país- o, para los que no teníamos paciencia, nos quedaba el periodismo.

Yo empecé a publicar a los 19 años críticas literarias. Lo primero que hice en mi vida, la primera vez que aparece mi nombre en negro al final de un texto, es en una crítica literaria.

 

¿Qué pasó después?

Después de hacer decenas de reseñas, a los 20 años, empecé -mientras estudiaba por la mañana y para pagarme los gastos- a trabajar por las tardes en una editora de revistas. Hacía de todo. Folletos para hipotecas del Banco Santander, donde tenía que presentar las hipotecas en plena burbuja inmobiliaria como el colmo de la atracción. O sea que yo he contribuido a hinchar la burbuja inmobiliaria. Y tenía que esforzarme en vender como un atractivo irresistible los porcentajes TAE y el EURIBOR de las hipotecas del Santander. Como tenía varias revistas, en la editora compatibilizaba estos trabajos con entrevistas a Bisbal, a Fran Perea… Fran Perea fue la primera entrevista que hice en pleno auge de Los Serrano.

 

¿Odias tanto a Fran Perea como la media?

Llegué allí y estaba tan nervioso que Fran Perea me dijo: “¿Es tu primera entrevista?” Y me dio un cigarro. Un Marlboro. Y la verdad es que me tranquilizó. Desde entonces me cae muy bien Fran Perea. También escribía de fútbol, un perfil de Rafael Nadal, luego volvía a asuntos de bancos… Era un perfli multidisciplinar. Eso me entrenó mucho.

 

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¿Cómo se te ocurrió dejar un trabajo tan apasionante?

Después la editora fue comprada por un diario local de Madrid que se llamaba El Distrito, que informaba exclusivamente de lo que pasaba en los distritos del municipio de Madrid. Ese fue mi debut en el periodismo político. A los 20 publiqué la primera columna, o sea que llevo 12 años publicando columnas, e intentaba escribirlas en un periódico local como las escribiría para un periódico nacional, con una ambición absolutamente insensata.

Llegaban cartas del lector que decían que no se me entendía nada. Yo metía a Kant, citas de Schopenhauer, y era tan friki que me pedía para Reyes libros de Camba para aprender estilo. Lo ponía en práctica en un periódico local de ocho páginas que se distribuía en Fuencarral o en Tetuán o en Usera. Y luego cubría los plenos municipales, donde descubrí el parlamentarismo en el nivel municipal, que es muy divertido.

Normalmente los plenos versaban sobre si colocar aquí un semáforo o hacer una plaza allí, pero a veces saltaban a la política nacional y era cuando yo más disfrutaba. He comentado con Jabois que le pasaba lo mismo cuando hacía periodismo local. Teníamos aspiraciones parecidas. Yo comenzaba una crónica del pleno municipal de Retiro diciendo: “Atardecía. Soplaba una cálida brisa en el distrito de Retiro…” Lo leía mi jefa y pensaba: “¿Pero qué cojones es esto?” Salía la afición por donde podía.

Lo compatibilizaba con colaboraciones en revistas, cosas con más ambición. Así llegué a Nueva Revista, que impulsaba Antonio Fontán cuando todavía vivía. Ahí publiqué un ensayo sobre Chesterton y a raíz de ese ensayo y de las columnas que publicaba en este periódico local, un amigo se las llevó a José María García Hoz, que era el director de La Gaceta de los Negocios.

Entonces era un periódico mixto, económico y generalista. Le gustó, me hizo un buen contrato y empecé a trabajar en febrero de 2009. Estuve un tiempo muy divertido, estaba en Nacional. Pero era todavía muy amateur.

 

Si no me equivoco, el periódico no acabó muy bien.

Cuando se pone en venta La Gaceta de los Negocios nos compró Intereconomía. Eran los años del zapaterismo en los que Intereconomía se convierte en una especie de referencia castizota contra los rojos. Y ahí lo pasamos muy bien. Yo conseguí salir -gracias a Dios- en el último ERE. Antes tuve la suerte de coincidir con Maite Alfageme, que se fijó en mi forma de escribir y me empezó a dar cada vez más cosas y a dejarme vía libre para escribir lo que me diera la gana, que es lo que tiene que hacer un jefe.

En Intereconomía aprendí de dos formas: aprendí a disfrutar escribiendo de lo que me daba la gana y aprendí lo que no se debe hacer jamás en periodismo. Técnicas que por cierto ahora reconozco en otros medios que no tienen tan mala fama como Intereconomía simplemente porque son de izquierdas. Pero siguen exactamente el mismo patrón de manipulación que seguíamos nosotros en Intereconomía. Al margen del valor de la noticia tú colocas primero lo que puede dañar al gobierno.

 

¿Y cómo acabaste en El Mundo?

Yo quería llegar a El Mundo o al ABC, siempre fueron mis dos periódicos. Entre 2012, 2013 y 2014 me lo monté de freelance, empecé en Jot Down, en Zoom News, en Real Madrid Televisión, y me involucré en tertulias, colaboraciones digitales… Pero con una precariedad grande. He conocido la precariedad de los 50€ por post con impuestos. Durante dos años he vivido así. Pero sigues leyendo, sigues escribiendo, sigues soñando, sigues pensando que habrá una salida y al final lo bueno del periodismo, a diferencia de la ingeniería nuclear, es que tu trabajo lo puede leer cualquiera que tenga una mínima sensibilidad y decir: “Este puede escribir”. Uno sueña con el mecenas ilustrado que lea tu texto y te saque.

Cuando llegué a El Mundo, al principio hay un cierto silencio a tu alrededor, como expectante, a ver qué hace, qué dice. Poco a poco se te empiezan a acercar los compañeros del periódico, te tocan, ven que no tienes ébola, te preguntan cosas… Luego te empiezan a llamar de programas de televisión y de radio. Ese ha sido mi camino. Me siento muy afortunado, pero tampoco pienso que me haya caído del cielo, fui un empollón ejemplar. Iba a revisar un 8 para que me pusieran un 8,5: en eso era bastante asqueroso. Me dieron el premio nacional de licenciatura porque saqué 23 matrículas de honor y me parecía horrible que Carlos García Gual me pusiera un 6 en Homero, que es mi nota más baja de la carrera.

Me acuerdo de que García Gual me echó de clase un día por reírme de él, aunque no creo que se acuerde.  Tampoco voy a vender la moto de que esto puede pasarte a ti, niño, persigue tus sueños. No. Fórmate, estudia y déjate los cojones, y lee y estúdiate la historia de la filosofía y la historia del pensamiento y sigue leyendo y lee a los clásicos y domina el lenguaje, entrégate.

¿La felicidad llegó con esto?

Hombre. Llega en buena medida el llegar a fin de mes y el dejar tranquilo el gusanillo de tu autoestima. Que inmediatamente se desplaza a otro lugar. Ahora es mantenerse, ganar las polémicas, competir con los buenos que siguen surgiendo y estar ahí. Al final nunca te conformas. En un año he pasado de no tener dinero y estar a punto de volver a casa de mis padres a tener una situación económica holgada.

 

vanidad

 

Has escrito un libro y todo.

Publicar mi primer libro también ha sido una experiencia bonita. El libro fue anterior al periódico. En verano de 2014 me propusieron dar una conferencia en el CaixaForum con dos eminencias sobre el pensamiento occidental. Yo me senté ahí y venía de estar discutiendo con Pedrerol y con Roncero. Ese encargo me hizo mucha ilusión y me preparé una conferencia bastante ambiciosa que va a ser publicada pronto si hay suerte. Me curré esa conferencia y el que me la encargó conocía al editor de Ariel. Y le preguntó si buscaban nuevos autores. El editor me citó y me contó el proyecto que tenía de revisar fábulas clásicas desde la actualidad, y quedamos en que le entregaría el manuscrito antes de la Feria del Libro. Hubo varios problemas, tuve que corregir mucho y compatibilizarlo con El Mundo, fueron meses de mucho trabajo y lo terminé a finales de abril.

Cuando escribes un artículo, ¿qué te hace más feliz, la autorrealización de haber hecho algo bueno o que te lean mil personas más de lo habitual? ¿Te pones a buscar el enlace en Twitter cuando lo sacas?

Se escribe por vanidad y el que diga lo contrario miente. La vanidad es un motor absolutamente noble, probablemente Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina por vanidad. Todo se hace por vanidad o por ligar. Pero es todo lo mismo, es una proyección de tu ego, de tu yo, de lo que te hace levantarte por la mañana y contarle al mundo qué puedes aportar. No creo nada en el periodismo como pilar de la Democracia o vocación sacerdotal. No tengo esa solemnidad. Se lo digo a mis amigos de La Sexta que sí están imbuidos de ese papel. Pero vamos, los periodistas de investigación no son Sherlock Holmes: reciben chivatazos del último que se ha cabreado con el poderoso, pero nadie va buscando con una lupa por la basura para ver qué se encuentra. Te dan un dossier y tú informas, eso es el periodismo sacrosanto.

 

¿Entonces qué les enseñan a los estudiantes de periodismo?

Es conveniente que los estudiantes de periodismo rápidamente ganen escepticismo y se vuelquen hacia lo que verdaderamente es el periodismo: ver y contar una historia de la mejor forma posible, entreteniendo a la vez que enseñando. No tiene que ver con “voy a tirar abajo a un ministro porque yo soy el garante de la limpieza democrática”. Bah. Esto se ha puesto muy de moda porque estamos en un periodo de refundación que luego va a quedar en nada, como siempre en España. Pero esta primera pulsión le está dando trabajo a mucha gente.

No te importa que te lean.

Aspiro a tener la máxima difusión posible y que la gente haya aprendido alguna cosa tras leer lo que escribo. Lo decía Horacio: docere et delectare, enseñar y divertir. Si solo diviertes te vas al Club de la Comedia, es una función noble. Si solo enseñas eres un coñazo. En mis géneros, el reportaje y la columna, esas son las dos cosas a las que aspiro.

A veces también me dedico a romper con mi propia parroquia. Pero no por romper, sino para que la gente tenga claro que no eres de nadie, que es importante. Por lo menos intentarlo. Si uno no tiene talento, si es un pobre juntaletras, entonces se tiene que vender a algún partido. Pero si tienes algo de talento vive la aventura de la independencia. Atrévete. Ya habrá tiempo de lo otro. Y en eso estoy, más o menos.

Por eso me gusta la difusión y la polémica. Aunque suene a viejoven, yo creo en el humanismo. Creo que se puede enseñar cosas a la gente. Leo para aprender y experimento placer intelectual cuando de repente estoy leyendo algo y digo: “Esto es así, esto liga con aquello”.  Y entonces me lanzo al mundo con una idea más clara de lo que pasa en mi tiempo y en mi sociedad. Pues esa es la labor del articulista. Si encima les puedes hacer reír, genial.

 

sufragio

 

El periodismo que más me gusta es el de opinión porque entiendo que las nuevas generaciones buscan que los artículos digan algo, no una opinión aséptica. El modelo anglosajón aséptico, el de Ana Pastor, no es del todo cierto. ¿Qué opinas?

La asepsia periodística es mentira, porque nadie es objetivo. La tipografía de un periódico ya es opinión. La jerarquía de las noticias, etcétera. Ana Pastor lo sabe perfectamente y ella asume que es una periodista de izquierdas, lo sabe perfectamente y está orgullosa de serlo. Otra cosa es que en las entrevistas ella sepa desconcertar a su propia parroquia. Sé que ha recibido amenazas de gente de Podemos porque no le hizo una entrevista amable a Pablo Iglesias. Ni tampoco a Carmena. Y me parece que eso está muy bien por su parte. Ahí es donde realmente te la juegas. Que Ana Pastor haga una entrevista dura a Esperanza Aguirre no tiene más. Ese es su modelo, la entrevista hosca, que es tan válido como la gente que consigue información a base de sonrisas. Que te hace sentirte tan a gusto que se te va la lengua. En España en seguida lo calificamos de entrevista alfombra, pero no seamos tontos, a lo mejor con eso estás consiguiendo que el entrevistado se abra. Son escuelas distintas.

En el periodismo de opinión hay grados. Cuando decimos que algo no es opinión sino información hay que matizar. Puede ser arrogancia. De hecho llamar Ciencias de la Información a una facultad de Periodismo es absurdo. Hay técnicas y métodos, no se puede mentir, no se puede decir lo que no has visto, hay normas básicas, pero poco más. Tu propia mirada percibe de forma subliminal antipatías y simpatías por los personajes de los que hablas. Y se transfiere a los textos, a los encuadres de la cámara… Eso se ve en cualquier telediario. Pero pretender que un solo periódico sea la verdad es un disparate que nadie se cree. Lo importante es que nadie se engañe. Una vez que tengas claro esto: a jugar.

 

Dices que escribes para enseñar. Pero a veces tengo la sensación leyendo a algunos columnistas -sobre todo a Arcadi Espada- de que buscáis lo críptico porque sí. De no enterarme absolutamente de nada en algunos artículos.

Quizá sea muy arrogante decir esto, pero intento que cada artículo tenga una idea propia. No solo que sea irónico. Cuando aprendes los mecanismos de la ironía puedes ser graciosísimo en los artículos, pero el oficio de columnista tiene una dignidad mayor. Sin llegar a pisar el terreno del filósofo, del intelectual o del ensayista, se trata de intentar dar una idea. Que cada columna tenga una idea propia. Luego tienes tu estilo, puedes tener más lírica, más elegancia. Pero que transportes una idea sobre una noticia de actualidad: para mí eso es el artículo.

Arcadi no es un columnista al uso.

 

¿Y Jabois? Porque me parecía críptico con bastante frecuencia. Sobre todo cuando escribía en El Mundo.

Jabois es muy gallego. Él consigue llevar la ironía muy lejos, gira tanto la frase sobre sí misma que hace que parezca un tirabuzón. Pero tiene una lógica interna muy sutil. Se agradece que haya columnistas que consideren la columna como un trabajo literario, y no esto de escribir como un bloguero que quiere saltar a columnista. Si usted quiere contar sus problemas amorosos o qué le ha parecido Los Soprano, cuéntelo. Pero eso no es una columna. Una columna tiene que interesar a la sociedad, al ágora. Tiene que decir algo públicamente interesante desde tu perspectiva subjetiva. No puede ser un desahogo emocional.

Ahora nos centramos mucho en la autoemoción, en la transmisión de las emociones. Occidente sobre todo, porque en África no creo que les preocupen tanto los sentimientos. Básicamente porque primero tienen que preocuparse de comer, que es más importante. Aquí estamos todo el rato con los sentimientos. Todo es sentimiento. Arcadi parece oscuro porque es un racionalista puro, es un cartesiano. Asume que los sentimientos son la escoria que nos entorpece el razonamiento. Y sus columnas no hacen concesiones con la emocionalidad del lector. O me entiendes o estudia para entenderme, chaval. Esta, que es la postura minoritaria, me parece fundamental.

Si estuviéramos en el siglo de Pericles y todos fueran Sócrates a lo mejor haría falta un poco más de sentimiento, pero yo estaré siempre del lado -de momento- de quienes quieren recuperar el brillo del lenguaje. No estoy hablando de pedantería, sino de precisión, de capacidad léxica, de un manejo del vocabulario amplio.

 

¿Aunque el lector no te entienda?

El otro día leí una frase de William Faulkner que decía: “El problema de Hemingway es que nunca ha remitido a un lector al diccionario”. Mientras los manuales de estilo nos dicen: “Escribe claro, escribe conciso: sujeto, verbo, predicado”. No, hombre. Eso es que tú no sabes hacer otra cosa. No digas que eso es pedante. Decía Ortega que pedante es el nombre que le pone la mente inferior a la superior.

Hay pedantes también, claro. El idioma castellano ha tenido una veta muy rica de grandes pedantes, de grandes barrocos. Y siempre ha estado en lucha contra la sobriedad de otros estilos. Qué tiene que ver Teresa de Jesús con Góngora. Son dos vetas que llegan hasta Valle Inclán o hasta Azorín, por poner dos extremos. Pero en ambos hay un manejo absoluto del idioma. Se saben el diccionario entero.

Ahora se escribe con quinientas palabras y se presenta eso como modélico. Toda palabra tiene detrás un concepto, y si no manejas los conceptos, si tus sentimientos son emoticonos, estás empobreciéndote. Si no sabes el nombre de lo que te pasa no sabes comunicarlo y tampoco te va a entender el otro. Estoy bien, mal, estoy chungo. Te vamos a entender todos, pero estás empobreciendo la naturaleza humana, que tiene muchos más matices.

Si mis artículos son oscuros muchas veces será porque me equivoco o porque intento meter demasiadas ideas en el texto. A veces la claridad no te llega como un don, se conquista. La sencillez del estilo es una conquista. La gente te pregunta por qué no escribes más sencillo. La sencillez es el final de un camino. Cuando lees el Camba veinteañero, descubres que escribe como Rubén Darío. Escribe párrafos sobre los nenúfares. Pero el Camba de los 30, que ya alcanza la madurez, tiene un estilo en el que no falta ni sobra una palabra. No es un estilo de simplificación, sino que encuentra la palabra exacta para el concepto que tiene en la cabeza.

Ese es el programa que hay que proponer a los estudiantes de ahora, no decirles que escriban como el Marca.

 

No habrás hablado mucho con Hughes de Camba, ¿no? Porque el titular de la entrevista que le hicimos fue: ‘Estuve a punto de organizar una quema de libros de Camba con un amigo’.

-Se ríe- Sí que he hablado con él, claro. Hughes tiene algo de dandi y de esnob. Para mí es el mejor. No el mejor de su generación, sino de los mejores de España ahora mismo, entre los cinco mejores. Lo que pasa es que es tan delicado y exquisito que no puede aspirar a un conocimiento masivo, porque sería tanto como suponer que los lectores de España son de la Francia de Proust. Se sabe a Camba de memoria y a Ruano y a los clásicos, a Ramón Gómez de la Serna, a Gabriel Miró, a Azorín, a Pla… Nadie escribe muy bien de repente: es porque te has quemado las pestañas escribiendo y leyendo.

 

¿Crees que es más feliz quien lee más?

Eso es como la frase de Borges: “Muchos están orgullosos de lo que han escrito, yo de lo que he leído”. La lectura se empieza a convertir, cuantas más ocupaciones tienes, en un lujo. Porque te reclaman de mil sitios y te das cuenta de que te reclaman porque has leído. Pero estás dejando de leer y estás viviendo de las rentas. Hay que reservarse una hora de lectura diaria mínimo. En la carrera leía cuatro clásicos a la semana, y cuando estás así varios años algo se te va quedando. El programa tiene que ser exigente y constante. Hay que leer a los autores muertos, no hay que perder el tiempo en novelas a no ser que te paguen por reseñarlas. De 1950 hacia atrás.

¿Y cómo llevas la promoción de tu libro ahora?

A mí no hay que leerme en absoluto. Hay que leer a los que yo digo que hay que leer, eso sí. Hay que leerme solo para saber a quién hay que leer, pero no a mí.

Claro que hay que leer a los clásicos. La vanidad absurda de pensar que hemos llegado y somos el mejor periodismo de la historia nos hace estúpidos. Les preguntaría a esas personas si han leído El Imparcial de los años 20 o El Sol.

Aunque a Hughes le va a poner un poco nervioso, Chaves Nogales también ha resurgido. ¿Has visto cómo escribía las crónicas Chaves Nogales? O Wenceslao Fernández Flórez. Tiene un manual antitaurino buenísimo. A él le mandaron del ABC a cubrir crónicas taurinas siendo antitaurino. Y escribe un libro que se llama El toro, el torero y el gato en el que propone que los toros sean sustituidos por gatos de lidia y son trescientas páginas en las que te tiras por el suelo de risa. Y yo soy taurino, pero es un antitaurinismo tan sutil, tan sofisticado, tan irónico que, aunque de fondo lleva una carga bestial contra la crueldad animal, ofrece un periodismo que cualquier taurino celebrará.

En esos tiempos había un poco más de sensibilidad. No te quedabas en el sí, no, barbarie, cultura. Antiguamente había otra inteligencia, otra sensibilidad, otra pausa en las cosas. Hay que tener más humildad y leer a los clásicos.

 

La felicidad tiene más que ver con plantearse preguntas que con encontrar respuestas. Pero estamos en un tiempo raro en el que la gente no se pregunta mucho. La ideología está por encima del pensamiento propio. ¿Es más importante plantearse preguntas a la hora de escribir o encontrar una respuesta que contar al lector?

Cuando escribes no separas las dos operaciones. Lo primero que haces es elegir un tema. Te sitúas frente a él despojándote de ideas preconcebidas, intentándolo. Aunque tengas tu bagaje ideológico y tu vida. Haces el esfuerzo de partir de una premisa de neutralidad. Y cuando vas a escribir y vas pensando sobre él, en algún momento se enciende la bombilla. Pero tú no conoces la respuesta de antemano. Esta es mi forma de escribir ahora.

Antes, por ejemplo, cuando quería escribir una columna de demolición pensaba en cómo llevar a la práctica esa idea, mediante la ironía o lo que tocase. Ahora, en el desarrollo de la escritura, te levantas a consultar un libro mientras escribes. Al final sigues escribiendo y el pensamiento suele coger forma él solo. Tienes que apresarlo con las palabras y decir eso. Por eso muchas veces lees una columna de hace tres años y no te reconoces en ella: porque ahora las columnas son el fruto de un análisis más personal. Cuando no eres una persona muy ideológica, como yo…

 

¿No lo eres?

Bueno, yo lo he sido. De pequeño era un ortodoxísimo niño de derechas. Bien, mal, rojo, azul, blanco. Pero me he ido quedando más adelante sin certezas. Aunque parezca que mis columnas toman mucho partido, es más por el estilo o la sorpresa que produce que un tipo de 32 años no sea comunista -porque parece que este es el canon- que por la ideología. No me reconozco como alguien ideológico.

Por eso muchos de mis textos me sorprenden leídos después. Porque a lo mejor ya ha girado ese pensamiento hacia otro lado, ya no pienso lo mismo. Pero también ese es el valor del artículo, es tu foto mental frente a esa noticia y en ese momento. Aunque hay problemas que no admiten vacilación, hay absolutos morales sobre los que no puedes andar brujuleando.

¿Como cuáles?

Por ejemplo, el nacionalismo. A mí me parece una regresión, un anacronismo, una mezquina insolidaridad camuflada de identidad propia, un victimismo absolutamente insoportable y un peligrosísimo juego segregador. Esto lo sé desde los quince hasta ahora y me moriré pensándolo. Pero hay pocos principios claros. La mayoría son discutibles. Por supuesto, los polos izquierda y derecha se cruzan en función del problema. Uno no puede definirse de derechas e incluir todo el pack. Vivan las nucleares, suprimamos los impuestos, matemos focas… No.

 

Le llama el director del periódico por teléfono. Y le digo que lo coja, claro. Acaba de caerle un marrón considerable pero Jorge no se pone nervioso. Cuelga y continuamos.

Has dicho que no intentas entrar en el ensayo ni en la filosofía. Es curioso porque en la última entrevista que hicimos, a Javier Gomá, también nos habló de vocación literaria. ¿Por qué haces esta distinción?

En realidad puede que sea una distinción artificial y que tenga que ver más con convenciones profesionales. Pero Gomá, por ejemplo, hace su filosofía en periódicos, en libros. Y si las tertulias fueran de más nivel iría a tertulias, probablemente. Pero esto no es nuevo. Ortega escribió toda su obra en periódicos. Hasta los novelistas más importantes del XIX escriben en periódicos. Un periódico puede dar la talla de un ensayo filosófico.

 

Entonces eres filósofo también.

Distinguiría entre filósofo y pontífice. Entre quien pontifica en su columna porque tiene las ideas demasiado claras y quien siempre está dudando. Un columnista se diferencia de un filósofo en que tiene que tener un punto de vista sobre la realidad. No basta con plantearse dudas. Está bien plantear dudas pero a tu columna tienes que darle alguna certeza o algún convencimiento.

No vale ponerse tan de perfil que no digas nada. Con lo de Cataluña se ve muy bien. El otro día leí a un columnista de El País sobre los pitos de la final de la Copa del Rey, que es como estar embarazado: se está a favor o en contra. Pues el columnista buscaba el perfil cómodo, decía eso de a mí las identidades, las banderas, todas ellas, me dan pereza… Decía: “Por un lado me parece una falta de respeto que se desprecie el himno español, pero por otro lado lo de la banderita de España…”  No, hombre. Usted lo que está haciendo es un aliño miserablemente cobarde para quedar bien con todos y que nadie le llame facha. Aquí no hay perfiles. De vez en cuando hay que ser pontífice, pero tampoco hay que ser como los columnistas que ya sabes qué van a opinar sobe cualquier cosa. En ese equilibrio entre filósofo y pontífice está el buen columnista.

 

emoticonos

 

En cambio los partidos políticos actuales se han dado cuenta de que el discurso racionalista está muy superado.

Esa tiene que ser la postura del articulista, la racional. La política tiene más que ver con las emociones, pero eso desde los romanos.

Es cierto, pero durante varios años se nos ha olvidado y hemos estado centrados en el problema económico. En la crisis.

En realidad también Zapatero, con el no a la guerra. ¿A quién le gusta una guerra? Sin embargo al ISIS solo hay una forma de combatirlo. O con el problema de la inmigración. Todo el mundo lo afronta desde una hipocresía feroz. Quieres seguir viviendo con tu conciencia limpia en tu chalet de Majadahonda pero que venga todo el mundo a España. No puede ser, tienes que elegir.

 

Vuelve a llamar el director. No ha encontrado a nadie y el artículo lo tiene que escribir, efectivamente, Jorge. En el fondo le gusta. Y se nota.

Entonces por qué acuden a lo sentimental los partidos políticos.

Mientras el sufragio sea universal el nivel del debate político en España tiene que acudir a lo sentimental, claro. La gente iletrada vota por impulso, tienes que ser más listo que el contrario. Si Rajoy tiene que bañarse en los ríos y besar ancianas, tendrá que hacerlo. Pero el cabreo como herramienta de movilización tiene su caducidad. En algún momento la gente dirá: deja de salvarnos ya. El juego de las emociones no es fácil porque de vez en cuando la gente también consulta las cifras, lee periódicos, se da cuenta de por dónde van los partidos.  Pero evidentemente vivimos en una época ternurista y sentimental.

Hay una palabra de Unamuno que me encanta: misología. El odio a la razón. Hay una misología ambiental. Quien razona es sospechoso. ¿Qué haces hablando de silogismos? ¡Háblanos de la piel, de tus sentimientos! Muchos columnistas solo escriben de sentimientos. Pero si algo inventó Sócrates, fundador del pensamiento occidental, es precisamente la conversación racional al margen de que estuviera él tomando la cicuta y sus discípulos llorando su muerte lenta. Y seguía conversando. Ese es el gran monumento de la racionalidad occidental.

Por eso la película Del Revés me parece un horror. Se empeña en presentar a la persona con los mismos estímulos de acción-reacción que un animal. Entonces metamos a los perros en el Congreso. Que hagan las leyes ellos.

 

Históricamente la emotividad se exalta cuando un Estado de Bienestar es real. Cuando la clase media se extiende.

Eso está muy bien estudiado por el marxismo. El marxismo era extremadamente racionalista porque se dio cuenta de que el proletario no se puede permitir enamorarse. Tiene que estar en la fábrica. Como el chiste en el que le preguntan al camarero si se ha enamorado alguna vez y él contesta: “No, yo siempre he sido camarero”. Las emociones y la fértil industria de la revista femenina tienen lugar no en Tanzania, sino en Madrid y Londres. Uno se ocupa de las emociones cuando tiene el resto de necesidades satisfechas.

Ahí enraíza la envidia, las desigualdades… En ese enfoque yo soy marxista. Vamos a intentar poner a la razón en su sitio. Lo que ocurre es que si te pasas acabas en el gulag y en la eugenesia. Los que somos perfectos matemos a los imperfectos. Somos una raza superior. Y en eso discrepo con Arcadi, porque me parece que si algo nos ha enseñado el humanismo es a ponerle coto a la razón. Aunque estoy a su lado en el repelús por la oleada sentimental que vive Occidente.

 

¿Y Rajoy cómo ve el panorama?

De hecho por eso Rajoy se pregunta cómo es posible que estos ingratos no le den las gracias por haberle dado la vuelta al ciclo económico. Porque es un robot. A Cameron le han votado -aparte de porque los ingleses no son españoles- porque él besaba corderitos en las fotos. Y tiene otra forma de empatizar, y en esa emotividad se separa de la gran tradición oratoria inglesa, que es más fría.

A Rajoy le he oído muy buenos discursos en el Parlamento. Porque se siente rodeado de la camarilla de sus iguales, de su especie, que es el diputado. Pero precisamente por antiemocional me parece que es un buen dirigente para casos de tormenta. Pero cuando parece que pasa lo peor necesitas un líder, y Rajoy no es un líder. No puedes despreciar la empatía.

 

Ahora le llama Sostres. Y ve una perdida de Jabois. El teléfono de Jorge es lo más parecido a La Cultura que he visto en mucho tiempo.

Tanto a Jabois como a Hughes les preguntamos si preferían escribir columnas de actualidad o de fútbol. Y los dos nos dijeron que preferían el fútbol. Sinceramente, creo que es la respuesta fácil, ¿tú qué piensas?

Yo pienso que no. Yo creo que mi género preferido es el libro de viajes. Las pasiones en el fútbol son demasiado primarias. Me aburren. Fui de los primeros que se metieron en la movida mourinhista como un imán coránico y aprendí mucho. Y me lo pasé en grande. Ojalá vuelva esa época mañana. Pero también te causa el hartazgo del exceso de pasión y de las tribus.

Llevamos la necesidad de la limpieza de sangre desde la Inquisición. Hay que saber volar por encima. Me ha costado mucho quitarme las orejeras y ahora, cuando escribo sobre fútbol, escribo como el niño que fui, aficionado al fútbol. Lo que me da la gana. Ya me he olvidado de las tribus, de a quién sienta bien y a quién mal. Incluyendo al presidente, que se disgustó por un artículo en El Mundo que se titula Florentino underground. Cuesta mucho más criticar al presidente cuando has comido con él. Sigo siendo florentinista en el sentido de que no veo una alternativa que pueda comandar esta especie de transatlántico planetario como él. Pero si empieza a degenerar espero tener el coraje suficiente para criticarlo. De todos modos el mayor problema que tiene Florentino Pérez se llama Leo Messi. Y por eso no tenemos cinco Champions en esta segunda época de Florentino, porque se ha tropezado con un genio absoluto.

 

¿Por qué escribes sobre fútbol entonces?

En cualquier caso, el fútbol ayuda, evidentemente, a popularizar tu firma. Y si encima en el fútbol puedes introducir alguna cita trascendente… Te llaman pedante. Pero de eso se trata. ¿De qué voy a hablar? ¿Del 4-4-2? Es un coñazo tratar el fútbol con esa solemnidad. Esos periodistas deportivos que infestan Twitter lamentando: “¡Es que no saben de fútbol…!”. Como si el fútbol fuera metafísica trascendental. En fin. Saber de fútbol es un desdoro. El fútbol hay que embellecerlo con metáforas, hay que saber lo que hay detrás del fútbol. Hay que saber extraer de ahí una identidad política en conflicto con otra. Hay que analizar el fútbol social, política y culturalmente, porque el fútbol en sí mismo es un juego absurdo. El rigor periodístico deportivo no consiste en poner flechas en el gráfico, decir quién sale en qué minuto y cuántas tarjetas ha habido. El fútbol está para la pasión, igual que sobre política hay que escribir con una premisa de neutralidad.

Por eso nunca he dicho que yo haga periodismo deportivo, sino madridismo narrativo. Siempre desde la perspectiva de un madridismo absolutamente insobornable.

 

¿No te molesta ir a las tertulias deportivas? Te he visto alguna vez por la tele y no pareces un niño en un parque.

Hay gente que escribe artículos para ir a la televisión. La meta es la televisión. En mi caso es al revés. Yo voy a la televisión para que la gente vuelva a mis artículos. Y voy con la confianza -siempre frustrada- de que alguien diga “puede ser interesante”, y acabe en una columna. Pero nunca me he sentido orgulloso de una tertulia como de una columna. Por el simple hecho de que uno no se expresa oralmente con la riqueza de matices y la pausa con la que puede hacerlo en un artículo. Hay que ir porque solo el periodismo escrito ya no da de comer, pero sobre todo porque es una forma de poner en circulación tu periódico y tu firma. Y con la esperanza de que alguna vez pueda entablarse algún diálogo vagamente socrático.


Por Luisfer Martínez

Hago cosas. Escribo cosas. Leo cosas.

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