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Fuente: Denis Gonchar

Hace unos meses salió Fincher diciendo que la mayor parte del cine de Hollywood descuida a los personajes para centrarse en el espectáculo y la acción. En salvar al mundo o algo similar. Y que eso no dejaba tiempo a los personajes, a que los veamos en acción, a que se definan a través de sus acciones.

Una de las virtudes de Tres anuncios a las afueras, y de los hermanos McDonagh, es el cuidado a base de escritura previa que tienen con sus personajes, piedra angular de la brillantez de una película. En este caso tenemos a Mildred (Frances McDormand), sometida al dolor inenarrable de la violación y asesinato de su hija. Ella es una madre coraje que decide, ante la inoperancia del departamento de policía local, y vestida con su peto azul que, no en vano, recuerda a la Rosie the Riveter del slogan “We Can Do It!”, lanzarse con una estrategia que salve al caso de ser ignorado: darle publicidad. Tres anuncios como tres soles que, de tan concisos, son casi poéticos. Esa es la táctica que elige Mildred, consciente de que todo a lo que se dé publicidad recibe atención, y todo lo que reciba atención tiene más probabilidades de ser resuelto.

Sin embargo, la táctica falla. El shame on you que vuelca sobre el jefe de policía fracasa de lleno. Y la valiente denuncia que debería haber recibido el arropamiento de toda la comunidad logra enemistarla con un pueblo, Ebbing, que le da la espalda. Hasta su propio hijo le hace ver lo inconveniente de unos anuncios que le recuerdan, impertinentemente, que su hermana fue “violada mientras moría”, en letras de seis metros sobre fondo rojo. Y, ¿a qué viene ese rechazo? ¿Será porque Mildred no es la que mejor cae del lugar? ¿Será porque el jefe Willoughby (Woody Harrelson) es un enfermo de cáncer terminal? Para la cicatera comunidad de Ebbing es cierto que lo de su hija es una tragedia y, en eso, la acompañan en el sentimiento. Pero no admiten la carga de responsabilidad que esos carteles achacan a la figura de un hombre bueno que padece, además, un cáncer galopante.

En esas circunstancias, los tres anuncios de Mildred destapan toda la violencia contenida creando una espiral de furia que inunda la película. Un levantamiento de vecinos contra vecinos, una venganza generalizada que pone de manifiesto el primitivismo de cuando el hombre sabe ser lobo para el hombre y la vida se convierte en una mala noche en una mala posada. Una ola de odio que arrasa con todo y que McDonagh se encarga de mostrar, en casos como el del plano secuencia de Dixon (Sam Rockwell) entrando en la agencia de publicidad, sin enfatizaciones de ninguna clase sino, casi al contrario, escogiendo ese piadoso tema de His Master’s Voice, que más bien contradice el tono descarnadamente violento de la escena.

Es precisamente en el modo que concibe escenas como esa donde se transmite la mirada autoral de McDonagh, dirigida siempre, como en sus dos anteriores trabajos, con ternura y compasión hacia unos personajes que terminan por ser, en sí mismos, la propia película. De hecho, lo que importa en su cine son sus personajes, lo que se hacen unos a otros, las acciones, a menudo violentas, que marcan un cambio trascendental en sus posiciones. Y así, surge un cine distinto, mezcla de western, drama rural, thriller y comedia negra. Una indefinición genérica que puede costar aceptar, pero sólo por la costumbre de que hayamos visto hasta la fecha demasiadas películas demasiado parecidas.

En el cine de los McDonagh (me sigue pareciendo inolvidable Calvary de John Michael), en cambio, la trama son los personajes y, así, poco importan los cierres o el whodunit, que suele ser la coartada argumental que les permiten hablar de todo lo que quieren hablar. Y con lo habitual que es ver películas que tratan de complacer por todos los medios al espectador, aquí es de alabar la valentía de un autor que manda, que te guía siempre hacia una propuesta con la que, después, podrá uno estar más o menos de acuerdo, pero que exige y confronta, haciéndote pensar.

Quizá sea eso lo que más diferencie tanto a John Michael como a Martin McDonagh de Tarantino o los Coen, directores que también son géneros en sí mismos. En el caso de Tarantino, los personajes que no callan y el uso cómico de la violencia servirían para montar una escena a mayor gloria del placer de la narración y del más puro entretenimiento, nada innoble ojo, pero que en el caso de McDonagh sirven, además, para una lectura más profunda sobre el sentido o sobre sus vidas. Los Coen, por su parte, tienen una mirada distinta, totalmente cínica hacia sus personajes que casi siempre son muy tontos mientras que ellos, claro, son muy listos. Pero sé que esto se está pareciendo demasiado a una comparación, y nada más lejos de mi intención. Simplemente era por situar las diferentes aproximaciones con las que se acercan a las mismas cosas, motivo por el que se les ha relacionado a todos ellos.

Pero volvamos a la violencia de Tres anuncios en las afueras. Muchas de las acciones de sus personajes son violentas y sus efectos recaen sobre los demás, tensando la cuerda hasta un límite que termina desatando el propio Willoughby quien, con su sangre, literalmente, los redime de sus miserias. Las compasivas palabras póstumas del jefe de policía con ese “siempre creí que tenías madera de ser un poli excelente” tocan la tecla adecuada para cambiar una vida, la de Dixon, que tenía un billete de ida hacia la causa perdida. Son suficientes –a veces un par de líneas son suficientes– para demostrar lo volátil que es el odio ante una caricia, y hacerle ver, en una escena tremenda con toda la comisaría ardiendo, que lo único que los va a salvar de la sangre es la reconciliación.

A partir de ahí todo cambia. El cuerpo de Dixon ardiendo despierta la empatía de Mildred, como también la despierta en el caso de Red, el publicista, al compartir habitación de hospital con el que fuera su agresor y al que, viéndolo ahora desvalido y vendado hasta las cejas, le suelta una frase definitiva: “deja de llorar. La sal te está jodiendo las heridas”.

Quizá se echa en falta que la película indague un poco más en las razones por las que el departamento de policía no avanza con el caso. Sería, por ejemplo, muy interesante darse cuenta de que en realidad hay razones soterradas por las que no conviene investigar algo así, o que al jefe de policía no le interesara por algún motivo oculto que se nos fuera revelando. En definitiva, ganaría peso el conflicto de la película si conociéramos mejor las razones para no investigar el caso. También entiendo que a la película no le interesa tanto eso como sí explorar las reacciones que despiertan en los personajes.

En cualquier caso, como fábula que es, la película funciona como una inteligente y conmovedora metáfora a la hora de mostrar a unas personas demasiado ocupadas en las razones para sentirse ofendidas por los demás, y de cómo, a través de un gesto compasivo, una frase o la conciencia de haber ido demasiado lejos, evitamos la quema total y la destrucción. De que, fuera de la tendencia a seguir los pasos de Caín, hay otra vida. La de la empatía que nos salva.

Three billboards_respublica

Fuente: Fox Searchlight

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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