La estación del oeste de Viena es un edificio meramente funcional, sin alardes, repleto de restaurantes y tiendas. Hasta hace unos meses era lo que fue siempre: una estación de trenes. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha convertido en mucho más que eso. Los cálculos más conservadores hablan de que algo más de un millón de refugiados llegarán sólo a Alemania este año. La mayoría son sirios que huyen de la guerra. Durante estos meses, varios cientos de personas, familias enteras con los niños a cuestas, han pasado alguna noche en el suelo de la entrada principal en sacos de dormir, otras han conseguido alojamiento o, las más afortunadas, un tren a Múnich, justo antes de que cerrasen la frontera ante la avalancha humana y esos mismo trenes comenzasen a detenerse en Salzburgo. Muchos han obtenido ropa, comida y mantas de Cáritas. En su local anexo a la estación, algunos días desbordado por las donaciones, se presentan constantemente voluntarios que organizan sus turnos a través de Facebook. Ordenan la ropa que se acumula en cajas, atienden a los recién llegados o ejercen de traductores. Todo aquel que ha pasado por aquí ha visto la generosidad de la que son capaces los vieneses. Los europeos. Occidente.

Un lugar común después de los últimos ataques terroristas es buscar, a la manera de Casio, algún tipo de culpa en nosotros mismos. Les hemos armado, no prestamos suficiente atención a la violencia que ocurre en otros lugares a diario, vivimos en Disneylandia. No somos perfectos, eso está claro, pero bien es cierto que, a veces, particularmente en situaciones como ésta, convendría hablar más de nuestras virtudes que de nuestros pecados. Sostiene Javier Gomá en una entrevista en El Español de hace unos días que Occidente es multiculturalidad y es autocrítica. Que hemos sido capaces de coger nuestra cultura, nuestro modo de vivir y pensar, y someterlo a un escrutinio que ha durado siglos. Entre tanto nos hemos matado entre nosotros en varias ocasiones, desde guerras de religión a guerras mundiales, donde el hecho diferencial quizá fuesen la técnica y la organización de la maldad humana. O tal vez la banalidad, querida Hannah. En esta ocasión, como en las anteriores, el hecho diferencial es posible que se encuentre reflexionando sobre las víctimas: podríamos haber sido cualquiera, que es lo que vino a decir el Safety Check de Facebook, siendo lo más inquietante, con todo, el fracaso cuantitativo de los suicidas de Saint Denis.

Hay algo terrible en todo esto: la constancia, una vez más, de que la libertad, la civilización, no se defienden, desgraciadamente, sólo con consignas. Es una lucha que tiene lugar en lugares improbables, como las playas de Normandía o en un árido desierto de Oriente Medio. Pero tampoco es únicamente una cuestión de armas. La defensa de lo que conocemos como humanidad también comienza, por qué no, en sitios como la estación de trenes del oeste de Viena y, sobre todo, por nosotros mismos.

Foto | Vía: Open Society Foundations.

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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