Ironía, del griego εἰρωνεία“el que finge ignorancia”. En el DRAE:

 


1. f. Burla fina y disimulada.
2. f. Tono burlón con que se dice.
3. f. Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.

 

Leí en primero de carrera un libro por obligación cuyo título es “Martes con mi viejo profesor”. En ese libro hay una frase que pasa desapercibida en el discurso final del protagonista, pero que a mí me hizo estar horas planteándome lo que esperaba de la vida. La frase es la siguiente:

 

La ironía es un arma de doble filo, los que la entienden se enfadan y los que no también”.

 

A primera lectura no deja de ser una frase bonita y poco más, pero por aquél entonces yo vivía en la ironía. A este “vivir en la ironía” es a lo que quiero dedicar el artículo y no tanto al hecho de la licitud o la ilicitud en el uso de la ironía, que creo que corresponde a cada uno valorar.

 

Cualquier alumno de primero de derecho tiene una pasión innata por el debate televisivo, entiéndase este concepto como el afán por discutir sobre lo inútil. Yo no iba a ser una excepción; no tardé en encontrar el círculo de personas perfecto para llevar a cabo esta afición. Cuando uno se ve inmerso en debates absurdos con relativa frecuencia, acaba por adoptar una postura burlesca. Ya que no vamos a llegar a ningún punto de unión o acuerdo, riámonos. Riámonos de alguien, todo sea dicho. El problema se da realmente cuando se utiliza esa actitud para debatir sobre lo importante.

 

La ironía es el refugio que utiliza el que no quiere pensar para seguir sin hacerlo. La ironía no deja de ser la actitud que está por encima del bien y del mal, en cierto sentido, el resultado práctico del carpe diem. Es fácil ser alabado por irónico, pero muy difícil ser alabado por profundo. La ironía es la crítica superficial, un recurso de forma que no se centra en ningún momento en el contenido. Y aquí llega la parte que, personalmente, más me repatea.
La sociedad de lo políticamente correcto acepta la ironía como recurso válido pero bajo ningún concepto se plantea los porqués de una argumentación sólida. Llevar razón no importa, lo importante es dónde está el límite de lo que puedes decir. Si traspasas ese límite te ves arrojado al vórtice de la ironía. Miles y millones de críticas sin fundamento, pero graciosas,  numerosas  interpelaciones personales muy ocurrentes, pero ninguna crítica, constructiva o destructiva, sobre el fondo. El escándalo público te quita la razón sin que nadie se haya parado a escucharte. En este sentido queda relegado a un segundo plano el debate central -que es precisamente lo que interesa- y es sustituido por la forma, ¡oh forma!

 

“Miles y millones de críticas sin fundamento, pero graciosas,  numerosas  interpelaciones personales muy ocurrentes, pero ninguna crítica, constructiva o destructiva, sobre el fondo.” (fuente de la imagen aquí)

 

Hablemos de forma entonces. La forma irónica. De entre las aberraciones expositivas me parece que la más dañina es la irónica. La ironía tiene un único y marcado fin: la burla; y un único resultado: el populismo. Cuando uno es irónico se convierte en amado y odiado a partes iguales, pero difícilmente deja indiferente y eso viene muy bien para tener más seguidores en Twitter o para que haya más clicks por enlace.

 

Lo que me llevó a dejar de vivir en la ironía fue un hecho de los que te obligan a sentarte y pensar en cómo pedir perdón. No voy a relatarlo por ser demasiado personal, pero uno se da cuenta de lo tenebroso que es el refugio de la ironía cuando sale de él y descubre los efectos que causa en otras personas. Ser irónico es fácil si no se tiene delante al destinatario de la ironía, si no se ve la cara del que ha sido objeto de burla. Por otro lado, vivir una vida irónica te convierte en una persona superficial, capaz de congeniar con facilidad con otros human beings pero incapaz de llegar al fondo, también, de las relaciones personales. La verdadera amistad escapa de la ironía como el borracho del control de alcoholemia, porque es improductivo confiar lo más profundo de ti a alguien que no es capaz de indagar en sus propios dilemas existenciales.
En este sentido, creo que el verdadero debate solo cabe entre amigos, que para acercar posturas hace falta un grado alto de empatía, esto es, no solo la razón sino también la afectividad. En muchas ocasiones la postura del cónyuge se entiende mejor por el amor que media que por la racionalidad de la misma. De aquí los problemas con las suegras, pero esto da para otro post. Del mismo modo, cuando uno discute por el método de la confrontación no suele sacar nada en claro. En cambio, si el que argumenta es un amigo es mucho más sencillo comprender e incluso aceptar.
El uso de la ironía puede dar lugar a grandes momentos de hilaridad o descojone, que es menos pedante, pero “vivir en la ironía” es una postura vital, no un mero recurso. En realidad, Aristóteles y su justo medio tienen la respuesta que necesitamos sobre el cómo usar la ironía, pero creo que vivir de forma irónica tiene más desventajas que ventajas. Por el contrario, tratar de querer al que opina de forma distinta o tratar de escucharle a pesar de que su postura sea incomprensible, vivir cuestionando la postura propia, es un acto de salud mental que abre las puertas a la comprensión. Es más difícil, te hace vulnerable, pero también te hace mejor.
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Luisfer Martínez

Me gusta pensar. A veces lo hago bien y otras no tanto, pero me gusta pensar. En "pensar" incluyo especialmente pensar con gente, no solo, porque cuando uno piensa solo piensa mal.
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