Fui a ver La gran belleza sin que nadie me pusiera en antecedentes. Me pasó una cosa curiosa: no entendí ni la mitad, pero conecté con la historia de Jep Gambardella como si lo conociera de hace tiempo. A Jep, entre americanas amarillas y fiestas en azoteas romanas, me lo fui creyendo más allá de estar viendo una película. Aquel caballero italiano no sólo era un punto de vista ambulante con clase, en una ciudad con clase, que no bailaba Mueve la colita mamita rica por una cuestión de clase. Era un personaje vivo, de un relieve y textura capaces de hacerte olvidar que aquel señor se había aprendido un guión de memoria y obedecía órdenes. Durante las más de dos horas de duración me despisté poco, más que por el miedo a perderme nada por la esperanza de adivinar algo. Al terminar, estábamos menos de la mitad de los que habíamos empezado a verla. 

Una madurez deseable. Ilustración: New Yorker

Y lo entiendo, ojo. Puede ser que la probabilidad de disfrutar una película de Sorrentino dependa de algo más que elegir bien la tarde. Esta vez estábamos tres, si contamos al proyeccionista.

Dos amigos ya ancianos se van a tomar las aguas a un balneario suizo, una perspectiva desde la que la vida se les hace menos incómoda. En cierto modo, hay en ese argumento de La juventud un cierto reflejo del cine de Sorrentino: pagarse la entrada es ir a contrapelo de la cartelera. Es verdad que se distingue la influencia que tienen para el cineasta napolitano otros directores: Fellini, Lynch, los Coen o Wes Anderson (ese balneario que recuerda al Gran Budapest). Pero la firma es única. Y nos podrá gustar más o menos, pero, si partimos del planteamiento de no rechazar todo lo que no nos entra de primeras, y aceptamos que detrás de una escena se expresa una idea, y que para llegar a esa idea hay un trabajo que filtra lo que merece la pena de lo que no, entonces, sólo entonces, nos podemos liberar de los prejuicios y abrirnos a la mirada de la persona que lo ha ordenado todo: su director. Hacerlo es un riesgo que merece la pena correr, entre otras cosas, porque la probabilidades que se tienen de terminar disfrutando aumentan considerablemente.

Todo muy bien

Todo muy bien

Fred Ballinger (encarnado en Michael Caine) recibe el encargo de un emisario real de tocar su celebrada obra Simple Songs, en concierto para la flor y nata londinense, una idea que mantiene entusiasmada a la mismísima Reina. El rechazo es inmediato:

“Disculpe usted, pero en mi vida he visto a su Majestad entusiasmarse por nada”

Este encargo, y la llegada de su hija Lena (una poderosa Rachel Weisz) al balneario, van a servirnos para conocer el interior de su protagonista, ese interior que tanto le interesa dar a conocer a Sorrentino, mucho más atraído por la posibilidad de mostrar las aventuras que se desarrollan dentro de ellos mediante la elocuente alianza que se produce entre música e imágenes, frente al peso tradicional jugado por un guión estructurado. En esto reside (atención, jardín) lo que hace diferente la mirada del italiano y lo que, irremediablemente, hace salirse de la sala a algunos. En el caso de La juventud, esa hondura que el espectador encuentra en cada personaje no es otra que el deseo. Y aun más, un tipo concreto de deseo, el que dejan las pérdidas, hijas naturales del paso del tiempo. El reencuentro con la música de un Fred apático, imposible durante tanto tiempo por el recuerdo de la esposa, la sensación de robo temporal tras el desengaño del falso hombre ideal, la fama del actor alcanzada por su papel más insignificante o los tiempos en los que Mick (Harvey Keitel) todavía hacía buenas películas o esas miradas de “qué te haría yo” que un gordísimo Maradona lanza a una pelota de tenis.

No hay nada más peligroso que un león herido

No hay nada más peligroso que un león herido

Es ahí por donde más me convence La juventud, el estilo de contarte lo que pasa mediante una yuxtaposición de música con imágenes (en lo que tiene bastante que ver el compositor David Lang), muchas veces chocante, casi siempre incómodo, pero sugerente y que, finalmente, al salirse del esquema convencional, es más libre de evocar. El resultado no está siempre claro y, desde luego, casi nunca es evidente, a veces dejándote quizás la fatigosa sensación de tener que sobreentender demasiadas cosas. Pero en otras, la imposible mezcolanza de estilos (de David Guetta a violines clásicos o de Ratatat a coros de iglesia), encuentran el clic para sintonizar con el personaje. Y no es porque a Sorrentino le fallen las palabras. Sirven de ejemplo esos momentos de locuacidad irrebatible de La gran belleza, con Jep cantándole las cuarenta a la bocazas de su amiga, o los impagables monólogos que tienen Weisz y Fonda en La juventud.

Estos y otros detalles convierten a esta película en una buena sucesora de La gran belleza, diferente a ella, sí: más accesible, menos compleja, donde la impostura queda fulminada por la sencillez de los buenos argumentos y la autocompasión queda superada por el atractivo de quien, a pesar de los golpes recibidos, se repone y dice sí y sí al mundo. Abrazar el futuro pese a no contar con nada más que la nostalgia.

Fuente imágenes | Fox Searchlight

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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