inocencio_respublica

John Ruth ‘The Hangman’ – «No one said the job is supposed to be easy»

Major M. Warren – «No one said it’s supposed to be that hard neither»

(Los Odiosos Ocho, Q. Tarantino)

Para Inocencio F. todo comenzó con una llamada de Jazztel. Le llamaron para comunicarle que su banco venía rechazando los recibos desde hacía cuatro meses, debido a la falta de fondos en que se hallaba su cuenta. En consecuencia, o pagaba de golpe y en un plazo límite de cuatro horas el total de la cantidad requerida, o se enfrentaría al embargo de la línea de internet y teléfono junto a una serie de intereses a sumar a la deuda.

Las vacaciones de navidad se acercaban y él se encontraba en la oficina adelantando trabajo. Esa llamada le pilló de repente. ¿Qué cuenta sin fondos? ¿Qué recibos, si él pagaba escrupulosamente los suyos? ¿Cómo que cuatro horas? No, no… Definitivamente aquella llamada le venía muy mal en aquel momento. Bueno, en aquel y en cualquier otro momento. A Inocencio F. sólo le quedaban dos opciones: o crisparse ante aquellos hideputas o armarse de paciencia, es decir, pagar.

Y pagó, claro. Porque, en realidad, la llamada no procedía de Jazztel, sino de la asesoría jurídica de Jazztel, sección de impagos. De modo que esbirros­ –pensó él. Viendo que no podía comprobar en ese momento las facturas, que no iba a llegar a su casa en las próximas cuatro horas y que, visto lo visto, pintaban bastos para él, decidió atajar el problema pagando primero y preguntando después. No era cuestión de agravar las cosas ante la perspectiva del embargo y la multa.

Apagado el fuego, el siguiente paso sería averiguar qué estaba pasando con sus facturas, ya que si era cierto que no había pagado ningún recibo de teléfono, a ver entonces a través de qué grieta se estaba esfumando su dinero. Por supuesto, nadie pudo ayudarle. Porque él estaba hablando con la asesoría jurídica, sección de impagos. Pruebe con atención al cliente de Jazztel –le dijeron. Tan pronto hubo llegado a su casa comprobó, entre el agrado de tener razón y la rabia de haber pagado como un idiota, que efectivamente le estaban cobrando doble y que nada de aquello cuadraba en absoluto. Así que llamó directamente a Jazztel.

Fue entonces cuando llegó el turno de la mujer robótica. Después de invitarle a presionar cinco números distintos para cinco situaciones distintas, ninguna de las cuales se correspondía, ni de lejos, con su problema, no le quedó otro remedio que presionar cualquier dígito con la esperanza de poder hablar con un ser humano. Y empezó a sonar un politono de espera. Un sonido desafinado y ruidoso, como el producido por un altavoz averiado. Resultaba irónico que el único elemento puesto ahí con el fin de hacer aquello más agradable, iba a producir todo lo contrario.

Un ser humano cogió la llamada. Inocencio F. se lanzó a contarle su problema. Él sólo quería llegar a la raíz del asunto y averiguar cómo había llegado a pagar dos veces. Lamentablemente, y a pesar de todo su esfuerzo por exponer el problema de la manera más diáfana, fue transferido a otro departamento. Y volvió a caer en el limbo del politono durante lo que, fácilmente, se convirtió en otros veinte minutos de espera. Finalmente, alguien contestó. Pero el politono le había alienado la mente de tal manera que, esta vez, le faltó convicción al explicar su problema. Titubeó y calló unos segundos. A ver, céntrate, haz las preguntas correctas –se dijo.

Costó media hora llegar a la causa del problema. Lo que había pasado, es que la anterior línea que Inocencio F. tenía contratada con Jazztel, en su piso anterior, no se había dado correctamente de baja. Disculpe –dijo Inocencio F.–, tengo un fax que prueba que yo di de baja esa línea hace cuatro meses. En ese caso –le contestaron– le interesa poner una reclamación. Espere un momento y no se retire, le voy a pasar con el departamento de reclamaciones. Es muy importante que no cuelgue, ya que no hay línea directa con este departamento y necesita que le transfieran. Un momento, por favor–.

El politono volvió a sonar. Perdone –dijo alguien al otro lado de la línea–, pero ha habido un cruce de líneas y ya no está hablando con Jazztel. Por favor, vuelva a intentarlo–. Es decir, a empezar otra vez de cero. Inocencio F. separó el móvil de su oído y lo miró de frente. Y al observarlo, advirtió esta amarga ironía: un instrumento teóricamente diseñado para facilitar la comunicación y que, sin embargo, la hacía completamente inviable.

Desquiciado y exhausto, volvió a sumergirse en el laberinto de dígitos y politonos. De alguna manera, logró contactar con el departamento de reclamaciones, exponer su problema y, cosa excepcional, ser transferido con éxito. Está bien –dijeron–. Le haremos la devolución de los pagos. Sepa que se le realizará a plazos. El día 1 del mes próximo, en lugar de recibir el recibo pertinente no se le cobrará nada, descontando esa cantidad del total a devolverle. El resto se le transferirá a su cuenta a los 14 días de dicho pago. Este es el procedimiento habitual. Gracias por contactar con Jazztel, a continuación se le realizará una encue–. Inocencio F. había colgado.

No era difícil imaginar su impotencia. Ya no se trataba de si él tuvo que pagar en menos de cuatro horas lo que ellos iban a tomarse la calma de devolverle a plazos y durante veinte días. Ya no se trataba de si Jazztel había cometido un error y le estaban robando. Eso ya le daba igual. Ni siquiera se trataba de las cuatro irrecuperables horas de su vida al teléfono. Lo que verdaderamente le desconsolaba era haber estado apretando números ante un robot oligofrénico y que, cuando finalmente logró hablar con un ser humano, sólo se le viese como un problema, ante lo cual, el único objetivo en la vida de esa persona era convertirle lo más rápido posible en el problema de otro.

Inocencio F. había asistido a una revelación de cómo funcionan las cosas. De cómo es el sistema, y cómo la sombra de aquel mundo que operaba fría, perjudicial y despiadadamente era alargada, y no había manera de permanecer fuera de ella pues era, ni más ni menos, la regla del juego que nos habíamos dado. En los recibos domésticos, en el trabajo, en las relaciones sociales o ante las administraciones públicas. Sobre todo antes las administraciones públicas. Daba igual: en todo cabía esperar la misma evolución, pues en todo residía la misma levadura.

¿Qué podía, pues, esperar? De pronto, a Inocencio F. le rugieron las tripas. No había cenado. Y entonces, pensando en su nevera, encontró consuelo en estas palabras:

– Creo que queda lasaña.

Fuente imagen: wallpapers.wallhaven.cc

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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