Ella no era como las demás. Soberbia, en el peor sentido de la palabra, egocéntrica, caprichosa, despiadada, burlona, malhumorada. En definitiva, una reina, una diosa.

 

Hablamos de quien probablemente sea  una de las mejores actrices desde que Méliès inventó el cinematógrafo hasta hoy. Desconocida para el gran público o quizá no tan sabida como merecería. Actriz en los años dorados de Hollywood, ella, por gracia o por desgracia, contaba con una belleza particular. No sería la más bonita de todas, pero sus ojos saltones captaban a todo aquel que los cruzaba- quizá por eso han merecido que les escriban canciones-. Destilaban fuerza, seguridad, y ¿por qué no? altivez.

 

 

Con vocación a la fama, le pequeña Betty tenía diez años cuando viajó desde su natal Massachusetts hasta la ciudad de Nueva York. Allí comenzó a forjarse en las mejores academias de arte lo que sería una estrella. Pero ésta no es la historia de una estrella más. Su lápida no miente; en ella se puede leer: “She did it the hard way”; y es que su vida no fue demasiado convencional para los años que corrían.

 

Recién aterrizada en Hollywood fue rechazada en varios castings, pese a haber pisado los años anteriores, y con cierto éxito, los escenarios de Broadway. Bette era – en palabras de los directores- “demasiado engreída para ser una “novata” en el mundo del cine”, la humildad nunca fue su punto fuerte. Y es que quienes disentían de Bette terminaban sufriendo demasiados dolores de cabeza, y es por eso que no pocos directores llegaron a rechazarla como actriz protagonista. Curiosamente el papel de Escarlata O’hara en Lo que el viento se llevó  estaba pensado para ella al haber conseguido recientemente un Oscar, pero el productor, Selznick, se negó y le dio el papel a Vivien Leigh. Y es que no muchos estaban dispuestos a entrar en conflictos con la señora Davis.

 

Hija de padres divorciados, esposa de hasta cuatro maridos. Su personalidad la había forjado a fuego y martillo; era simplemente abrumadora, y, claro, los papeles que Universal Studios le dieron incialmente tuvieron poca aceptación y eran, en palabras de ella misma, mediocres.  Bette Davis no había nacido para hacer de chica bonita.

 

Bette Davis en la película Jezabel (1938)

Warner Bros le dio la oportunidad de darse más a conocer con papeles principales. La crítica comenzó a alabar sus actuaciones. En dos años hizo más de veinte películas. Era un no parar. Llegó por fin su primera nominación al Oscar con la película Cautivos del deseo (1934) y sólo un año después consiguió la codiciada estatuilla con Peligrosa (1935). Pero ya sabemos que Bette Davis era una inconformista. Pese a todo, aquellos papeles le quedaban pequeños. Por esa época el indomable carácter de Bette era ya popular en Hollywood y las quejas de los estudios eran constantes. Bette estaba rodando películas a espaldas de su productora y los problemas legales eran de esperar. Tras conseguir que Warner Bros se plegase a sus condiciones, llegó el momento de una de sus grandes obras: Jezabel (1938) de William Wyler, con la que consiguió su segunda y última estatuilla. Bette Davis había dado el pistoletazo de salida a los años más exitosos de su carrera.

 

Se ganó la reputación de ser una perfeccionista. Comenzaron a salir a la luz los numerosos enfrentamientos con directivos y productores; aunque las más sonadas fueron las disputas con otros actores. Para muchos de ellos trabajar con Bette podía llegar a ser una auténtica pesadilla. ¡Menuda era la Davis! Ella era directa, no gustaba de dar rodeos; su voz era entrecortada y solía posar con un cigarrillo en la comisura de la boca. Y es que, a pesar de lo políticamente incorrecto que suene hoy, fumar puede resultar seductor.

 

Retomando las andanzas de nuestra actriz, en 1949 se estrenó Eva al desnudo. Por lo que he podido comprobar, es quizá su película más conocida. La historia que cuenta es paradójicamente una analogía con la vida de Davis y sin embargo, Bette tuvo que conformarse sólo con la nominación al Oscar.

 

Llegaron los años 60. Y como suele suceder con las actrices, los papeles comenzaban a escasear. Tanto es así, que, siguiendo su personalidad sarcástica, decidió poner un anuncio en el Variety que decía:

 

“Actriz con treinta años de experiencia en el cine busca empleo. Madre de tres hijos, divorciada, americana. Capaz aún de moverse y más afable de lo que dicen los rumores. Deseo empleo estable en Hollywood (estuvo ya en Broadway). Bette Davis“. 

 

Pese a todo, fue precisamente en estos años cuando se estrenaron las que, en mi opinión, son sus grandes obras maestras. Películas de culto que deben ser obligadas en la filmoteca de quienes guste el buen cine.

 

 La primera; ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), polémica película que protagonizó junto a Joan Crawford, su archienemiga tanto en ficción como en la realidad. El rodaje fue un auténtico campo de batalla entre sus dos divas protagonistas. Interpretando a hermanas ancianas despellejándose a muerte en una carcomida mansión, Davis hace un papel magistral. La caracterización es impoluta, pluscuamperfecta; una mujer atormentada, sin apenas corazón, con odio circulando por sus venas. Se dice que Bette no se desmaquillaba después de cada sesión de rodaje, de manera que las capas se superponían en su piel, acrecentando la apariencia de locura y dejadez.

 

Bette Davis y Joan Crawford, protagonistas en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962)

 

 Por último, en 1964, y dirigida de nuevo por Robert Aldrich; Canción de cuna para un cadáver (“Hush, hush…sweet Charlotte” en su versión original), que debía haber compartido de nuevo con Joan, pero una enfermedad de ésta lo impidió. El film es una mezcla perfecta entre el esperpento y la locura, una joya que no dejó –ni deja- indiferente a nadie. Charlotte, nuestra Davis, es una mujer sola, marginada y algo demente. Acusada por una sociedad de un terrible asesinato, vive aislada en su mansión, enamorada de su difunto amante. Hasta que una misteriosa prima aparece y reaviva los horrores del pasado. El film, consciente de su propia monstruosidad, fluctúa constantemente entre el terror, el drama y el humor más negro posible, sin llegar a ser ninguno de los tres géneros. Sin duda, una obra que quedará entre los paradigmas cinematográficos.

 

Y llegó el final.
Creo que Bette era uno de esos peces que nadan a contracorriente en las aguas de los ríos, uno de esos cometas que ves pasar por el cielo cada 76 años. Algo especial. La lista de premios que recibió Bette Davis es probablemente demasiado extensa como para reflejarla aquí y nombrar sólo algunos no sería lo más justo- y enfadaría a la misma señora Davis. Pero hubo uno muy especial, precisamente en San Sebastián. Allí, tras recibir el premio Donostia, decidió que ése sería el cierre a su carrera. Falleció a los 81 años a manos del cáncer de mama. Desapareció así una de las más grandes leyendas de Hollywood y unos de los ojos más fascinantes de todos los tiempos.

 

I’m the nicest goddamn dame that ever lived.Bette Davis

 

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Blanca Sardina

Un niño me dijo una vez que lo esencial es invisible a los ojos. Y desde entonces me tatúo las buenas ideas para no olvidarlas.

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