Lo primero que vi de Galicia fue O Cebreiro. El día antes habíamos estado en Ponferrada, el Sevilla pasó a la final de la UEFA y yo me quise cagar en todo, así que ahogué las penas comprando una baraja española para probar suerte en los ratos libres. Al subir O Cebreiro ya me estaban llamando la atención las pallozas, los hórreos y el chuletón de cerdo que me comí.

Mi Galicia está muy marcada por el camino, que no es mala forma de adentrarse en la tierra. Cuando caminas por las corredoiras es como si Galicia te metiera en un lugar inconcreto del que no puedes y tampoco quieres salir, bajo esos árboles que se abrazan sobre los estrechos caminos. Sales de las corredoiras pero al tiempo te das cuenta de que ellas no han salido de ti. Se hace uno nostálgico de golpe.

La gente allí tiene una calma divertida y cariñosa, como cuando pides un bocata y la magnitud del asunto te sorprende tanto que se ve en tus ojos el sobresalto, con la hombría en juego al no saber si se va a poder comer uno semejante cantidad de pan. “Meus pobriños, qué os darán allí abajo de comer”.

En mitad de todo aquello te plantan el pulpo a la gallega y el aguardiente de orujo servido en un cuenquito, que cree uno estar en contacto directo con los verdaderos valores gallegos, sean cuales sean, que ya con el orujo tampoco es que importe demasiado.

Los baños en los regatos en plena primavera, congelantes a la par que edificantes, te dejaban en tensión para lo que quedaba de viaje. Llegar al Obradoiro, escuchar a los gaiteros y cruzarse primero con unos estudiantes cabreados con su rector y luego con un grupo de independentistas con megáfono. Se dice que no es toda Galicia, y no lo es, pero un Camino de Santiago te acerca de manera repentina a una buena parte de la realidad de la tierra.

En aquella primera visita también nací al alcohol, como en más de una ocasión he expresado. Y al igual que las corredoiras, eso tampoco sale de ti por mucho que te digas tú que vas a salir de eso. Nos echaron de un pub a las 11 y ya íbamos todos para el arrastre, incluso una gritaba que le follase Pedro, hasta que, como era de esperar, un compostelano se presentó como Pedro. Los gallegos son artistas silenciosos, siempre atentos a todo sin hacer gala de ello.

Me llevé para casa una botella de Albariño y un queso de Tetilla. Dos de mis mayores placeres junto al whisky y la cerveza. Pero aquello también fue una ventana abierta por la que llegaron otras muchas cosas, ya, atento en el sur a todo lo que viniera desde el fin del mundo, porque como ya he dicho, uno se va de allí pero Galicia siempre queda dentro.

Poco tiempo después conocí con gusto a Jabois, a Tallón y a Julio Camba; con el último me entretuve especialmente en mis ratos de autobús mientras iba a la Universidad. Me costaba a veces no reírme a carcajadas y no levantarme y aplaudir frente a la pantalla las columnas de los dos primeros. Me gustan tanto que estoy convencido de que hay demasiado de ellos en lo que escribo. Seguramente no sea tanto, pero son letras que pesan demasiado como para no vivir con miedo a ser un simple imitador.

Pero además de libros, columnas, alcohol y paisajes, me vine de allí con un apego sincero y primordial hacia los gallegos. Tan solo de conocer a uno ya me siento perdiendo en casa 0-4 en el minuto 21 con Casillas defendiendo un córner. Una desventaja cruel pero consensuada, alimentada por una nostalgia descarnada.

Galicia siempre estará allí, y yo siempre estaré deseando volver, porque tiene eso que se me ha metido y lleva años sin desprenderse, al contrario, cada vez más arraigado dentro de mí.

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Escribo sobre Historia y otras cosas mucho menos importantes. Voy recomendando libros de Stefan Zweig y Tony Judt.

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