Paramount Pictures

Spoilers, spoilers, spoilers.

La mejor película de este 2016 se estrenó este otoño y lleva por título La Llegada. Es una película con la que parece que Denis Villeneuve se consagra, por fin, como uno de los grandes directores de estos años, a falta de lo que haga con la secuela de Blade Runner. Esta podría decirse que es su primera gran producción, si bien el canadiense gusta de tocar todos los palos y ya había hecho méritos antes con un thriller tan contundente como Prisioneros y con Sicario, una historia sobre la lucha contra el narcotráfico en la frontera entre México y Estados Unidos en la que la tensión va en constante aumento. En esta ocasión se decanta por la ciencia ficción con una historia fascinante sobre extraterrestres, ovnis, el paso del tiempo y la muerte. El guión viene firmado por Eric Heisserer, que adapta el relato corto The Story of your life, del escritor americano Ted Chiang.

La trama parece arrancar de verdad cuando doce ovnis aparecen suspendidos en varios puntos distintos de la tierra. No establecen comunicación alguna con los humanos ni se muestran hostiles. El gobierno americano acude a la lingüista Louise Banks, interpretada por Amy Adams (en un papel  por el que se merece la nominación al Oscar), y al físico Ian Donelly (un convincente Jeremy Renner, al que creo que es la primera vez que no veo pegar un tiro) para descifrar la lengua de los extraterrestres y sus intenciones. Decía lo de que arranca de verdad, porque al principio, la película se toma su tiempo en contar la vida de la doctora Banks, haciendo eso que señala Torres-Dulce que es tan importante en el cine: sugerir. No solo eso, sino que Villeneuve empieza directamente por el final con un par de planos tan bellos como relevantes: dos copas de vino, un anillo de casada, el nacimiento de un bebé y la voz en off de la protagonista que advierte al espectador de que la historia de su hija comenzó el día que ellos llegaron.

El inicio de la película recuerda un poco al de Up de Pixar y logra despertar la misma emoción utilizando imágenes de la relación madre e hija que hubiese firmado Terrence Malick en El árbol de la vida, con la diferencia de que, aquí, toda la pirotecnia visual está puesta al servicio de la historia. Villeneuve utiliza aquí toda la fuerza de la imagen y la elipsis para emocionar al espectador, proponiendo además una estructura narrativa tan atrevida como inteligente, y que es una metáfora del lenguaje que utilizan los extraterrestres, en el que el inicio de cada signo se confunde con el final. El director abarca en esta película una historia ambiciosa pero sabe plasmar sus pretensiones, lo que la separa de Interstellar, película con la que tiene muchas similitudes pero que quizá no fuese tan redonda por ejemplo en la relación padre-hija, que se cerraba de una forma poco creíble. Aquí, en cambio, la relación de Louise con su hija es la parte más emocionante de la historia y es lo que convierte una película de extraterrestres y ovnis en un drama humano, tan triste y bello como la vida misma.

No, no es Lubezki / Paramount Pictures

Una vez pasado el inicio tan contundente, la película se toma su tiempo para ir contando poco a poco la historia al tiempo que da pistas al espectador de que la película no ha empezado verdaderamente por el principio (una copa de vino en vez de dos, la falta de anillo en el dedo). La llegada de los extraterrestres está muy bien contada e involucra al espectador de lleno, que va sabiendo lo que hay al mismo ritmo que la protagonista. Después del primer encuentro con los heptápodos, se aparca un poco el interés por los marcianos y la historia deambula por dos sendas que acaban convergiendo al final: el aprendizaje de un lenguaje y la necesidad de comunicarse, y la trama geopolítica que evoca la Guerra Fría. La banda sonora de Jóhann Jóhannsson no tiene la épica de Hans Zimmer dormido encima de un órgano pero recrea sonidos tribales que enganchan muy bien con la historia y con lo que se está contando. Durante toda la película van apareciendo imágenes de la doctora Banks y su hija, que de primeras parecen flashbacks pero que en realidad son las visiones del futuro que está teniendo la protagonista mientras aprende el idioma, tal y como se desvela al final. A medio camino, el guionista lanza el balón arriba y hace avanzar la historia con la voz en off de Ian, plantándonos ya cerca del desenlace. Louise aprende definitivamente el idioma de los heptápodos y, con él, una nueva forma de percibir el tiempo de manera no lineal, pues en eso consiste el arma que han venido a traer estos. Toda la trama bélica se cierra cuando consigue convencer al general del ejercito chino para colaborar, aunque entran dudas de por qué exactamente es el propio general el que le enseña su número de teléfono en el futuro (¿ha aprendido también el idioma?).

Zanjado el asunto de los extraterrestres, la historia se vuelve a centrar en la relación entre Louise, Ian y la hija de ambos, como si todo lo demás no fuese más que una excusa para reflexionar sobre el ser humano y la libertad de elegir, aun conociendo el sufrimiento que acarreará cualquier elección, y que es, parece decir la película, inherente al hecho de amar. Es entonces cuando la película vuelve, literalmente, a empezar. La emocionante música de Max Richter une el principio de la película con el final (o quizá sea al revés), y en la pantalla se suceden los conmovedores planos del inicio (las dos copas de vino, el nacimiento de la hija) y otros que se nos habían hurtado al principio, provocando una confusión de dos horas tan bella como bien contada. En eso consisten las buenas historias.

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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