MisAsignaturascabecera

Mis asignaturas no sirven para nada.

– Ya está, la típica reacción del mal estudiante de tercero de ESO de instituto.

Pues no.

Porque resulta que no es una queja; es una constatación.

No, porque no estoy en el instituto, sino en la universidad.

Y no, porque no soy estudiante: soy profesor.

Le comenté a un colega que quería escribir sobre esto. Apuntó, con interés por el tema, que efectivamente es fundamental ir más allá de planteamientos utilitaristas en la docencia. Y yo le respondí que no, que quería explicar que realmente mis asignaturas no sirven para nada. La conversación se cerró con un “ah” por su parte, y cambiamos de tema.

Es lógico. A casi nadie le gusta oír historias de derrota, aunque sean en el pellejo de un colega. También yo me resistía a escuchar esta canción y rechazaba como nefasta esa melodía que se hacía cada vez más más recurrente, hasta convertirse en evidencia palmaria: lo que enseño en clase no sirve para nada.

Dudas

Evidentemente no llegué de la noche a la mañana a este vacío tremendo. Mirando hacia atrás veo que se trata de un proceso. Sin embargo, que sea gradual no quita para que el final del recorrido se acabe con caída del caballo. Y cuando pierdes pie, cuando caes, duele. Mucho. Probablemente tanto como a ese personaje al que por fin un chaval le dijo que no iba vestido con traje maravilloso y sofisticado, sino que estaba en carnes. Tampoco fue tan grande mi shock, puesto que nunca me supe rey. Pero aunque te creas barón de segunda, escuece saber que estás realmente desnudo.

¿Y cómo se configura mi crisis? Pues se trata de una suma de piezas que un día encajan perfectamente y te muestran una nueva realidad. Como otros muchos profesores, siempre he dudado de esa pretensión de que “mi asignatura es la más importante de la carrera”. No me lo creo cuando otros lo dicen, por lo que tampoco me lo iba a aplicar a mí mismo.

También reconozco que me ha influido y desquiciado la actitud de los que piensan realmente que su asignatura es tan importante e imprescindible que se otorgan el derecho de imponer sorprendentes y siempre desmesuradas obligaciones a sus alumnos.

Otra pieza que me sugería que las asignaturas no son tan relevantes y transformadoras como lo pretenden sus profesores es el choque con la cruda realidad que he vivido con el contacto directo con cientos de estudiantes con los que he convivido durante casi 10 años en un colegio mayor. Para ellos, también para los buenos estudiantes, y para los brillantes, casi ninguna asignatura es amada, admirada, ni se considera valiosa, ni realmente relevante. No se buscan con ansia porque no vislumbran su supuesto papel fundamental en su formación intelectual y personal. Es un contraste brutal entre la convicción de los profesores y la percepción de los estudiantes. Sí, es cierto; se pueden equivocar todos. Pero esa vivencia no hacía más que aumentar mis dudas sobre el valor intrínseco de mis propias enseñanzas.

Jugó además un papel decisivo, no tanto para provocar la crisis, como para confirmar que estaba plenamente metido en ella, la asistencia a una ponencia de Robert Swartz. Es un profesor experto en el método pedagógico basado en las preguntas: construir asignaturas no desde el contenido y respuestas que el docente da a los alumnos, sino a partir de las preguntas y respuestas que los estudiantes se dan para intentar abordar un problema complejo.

También, y aunque a primera vista parezca que no tiene nada que ver con mi crisis, me marcó mucho una ponencia seguida vía Twitter de un experto en temas de construcción de marcas. Explicaba que las marcas no son importantes para la vida de las personas. Las personas no aman marcas, aman a personas. Es desde ese punto de partida desde donde se puede intentar construir una relación sólida entre las marcas y las personas.

Creo que es la suma de todos estos elementos lo que me ha ido empujando y acercándome cada vez más al abismo: ¿y si mis asignaturas no sirvieran de verdad para nada para mis alumnos? Siguiendo a Carlos Menem, una vez que me acerqué al precipicio, decidí dar un paso al frente. Pasé del estado de cuestionamiento y pánico al de confirmación: Francesc, sé sincero y honesto contigo mismo, tus asignaturas no sirven para nada.

Desnudez

¿Y a qué te refieres Francesc con eso de que no sirven? Pues que los contenidos que transmito no van a servir para nada a mis alumnos. Todo ese material estructurado y armónico que desarrollo a lo largo de interminables horas no va a tener ninguna relevancia teórica ni práctica para mis alumnos. No va a suponer una transformación intelectual para ellos. No va a servir para que encuentren un trabajo. No va a servir para que trabajen mejor.

Un estudiante supera más de 80 asignaturas de enseñanza obligatoria, otras 40 en la enseñanza secundaria, 40 o 50 en los estudios superiores. No puedo pretender que mi asignatura sea decisiva. No lo es. Punto. Como tampoco lo han sido para mí casi ninguna de las asignaturas que he cursado.

Eso, a pesar de que imparto una asignatura “seria”. Muestro la dinámica e impacto de los impuestos a economistas. Entre mis antiguos alumnos los hay que trabajan como inspectores de Hacienda o como expertos en temas de fiscalidad. Alguno me dice a la vuelta de los años: gracias Francesc, cuánto me ayudó tu asignatura. Pero no es verdad. Se engañan y me engañan. Todo lo que la gente hace después de la carrera lo ha aprendido después de la carrera. También yo.

Pensar que eres importante para tus alumnos porque los contenidos que impartes son esenciales para su formación y su futuro profesional. Eso ofrece una magnífica coraza protectora contra las impertinentes cuestiones sobre el valor y la calidad de lo que estoy ofreciendo de verdad a mis alumnos y en qué medida dejará legado e impacto transformador. Estas preguntas son supererogatorias y hasta contraproducentes cuando el contenido es lo importante. Son simples cuestiones de mejora, porque, aún en el caso de que mis clases sean insulsas, repetitivas, aburridas; aunque no suscite interés alguno, eso es secundario porque lo principal es que los conocimientos que van a recibir los estudiantes son esenciales para su formación. El cómo es secundario en la medida en que lo importante es el contenido. Soy alguien importante para ellos a pesar de que ellos no se den cuenta, a pesar de que ellos no lo aprecien. Esa es la falsa seguridad que da, que me daba al menos a mí, el creer que mi asignatura sí que servía para algo.

Y un día te ves desnudo. El palo que sufres cuando despiertas del sueño es duro, porque te introduce a lo más parecido a una pesadilla. Engañas a tus alumnos porque les haces creer que lo que están estudiando es muy importante. Y se lo acaban creyendo. Pero en realidad, tus alumnos están perdiendo el tiempo de manera lamentable con tus clases. Es lo que tantos chavales piensan de tantas asignaturas. Pero eso no es lo peor; lo más terrible es que eres consciente, con esa lucidez que la vida te concede en contadas ocasiones, de que tú también estás perdiendo el tiempo de manera lamentable; que lo que estás haciendo es dilapidar tu vida. No es un momento divertido. Os lo puedo asegurar.

Reconstrucción

¿Y qué haces cuando ves que no tienes nada? ¿Qué es lo que yo hice? Pensar con tranquilidad si era posible construir algo sobre esos escombros. El punto de partida incuestionable era que los contenidos, los conocimientos no iban a ser la respuesta. Qué hacer, qué ofrecer, qué dar, qué recibir, para que esas horas invertidas y compartidas con los alumnos sirvieran para algo. Intuí también que la solución pasaba necesariamente por que las asignaturas me dieran algo a mí y que no fueran una pérdida de tiempo para mí.

Herramientas

¿Qué uso dar a los contenidos cuándo estás convencido de que son un producto secundario de la formación? Si no son fines, utilízalos como medios. Son una excusa para conseguir el objetivo que de verdad te interesa.

¿Qué es lo que toma entonces la posición central de la asignatura y de la docencia? Acompañar en el aprendizaje de cómo pensar y decidir. Mi respuesta es que les puedo-debo aportar método. Les puedo aportar herramientas. Les puedo aportar maneras de acercarse, afrontar y, en algunos casos, entender los problemas. Acompañarles en el desarrollo de su capacidad de pensar, analizar, resolver, comunicar y construir.

Cuando el contenido es el centro, lo normal es que esas herramientas, que de hecho ya utilizan, mueran con la asignatura porque quedan escondidas y sepultadas por un contenido que hay que estudiar y replicar en un examen. Por el contrario, puedo aspirar a participar en el proceso formativo de mis estudiantes si entiendo y les hago entender que el contenido es la excusa para practicar y desarrollar métodos para aprender a formular las preguntas adecuadas; herramientas para identificar las cuestiones en todas sus dimensiones; identificar criterios, procesos, y posibles vías de respuesta. A partir de ese momento entras en una dinámica en la que aportas algo que puede sobrevivir al encuentro con el profesor y al extraño ritual de los exámenes.

Para que los alumnos sean conscientes de ese marco, he visto necesario ser muy honesto en mis planteamientos. Me obliga a decirles que lo importante no es lo que van a estudiar, sino el cómo lo trabajan y su interés por descubrir personalmente el poder que contienen esas herramientas. Porque no es el contenido sino esas herramientas las que les van a servir y van a utilizar en el futuro.

Centrar toda la docencia en conseguir que los alumnos descubran cómo profundizar en las cuestiones. Requiere que sean los alumnos los que se formulen las preguntas. Se avanza conjuntamente en clase, se añaden elementos. El criterio no es tanto sabe-no sabe, como si la nueva pieza aportada por el estudiante ayuda a avanzar a todos. Que aprendan unos de otros. Descubrir herramientas que ayudan en ese proceso. Creo en la evaluación continua porque solo el trabajo continuo permite aprendizaje. No entiendo los exámenes y menos por supuesto los exámenes de estudiar y memorizar contenidos. A estas alturas no les sorprenderá si reconozco abiertamente que comulgo con parte de los planteamientos pedagógicos que acompañan a lo que denominan Plan Bolonia. Muchos colegas míos consideran que contiene el germen de la decadencia universitaria porque la transforman en una academia de formación profesional. Yo pienso que contiene el germen del cambio trans-formador, pero no soy tan ingenuo como para creer que la estructura vigente permita que la semilla germine realmente.

Disfrutar

La prueba del algodón que indica que asumes la desnudez es plantearse seriamente que en esas horas de tu vida que te dedicas a enseñar algo a tus alumnos tú también seas capaz de aprender algo de/con ellos. Cuando los contenidos impartidos dejan de tener valor intrínseco se acaba la escapatoria del que se inmolaba por el bien de sus alumnos: mis clases no me aportan nada a mí pero os lo aportan todo a vosotros. Mi vida es entrega. Pues no. Y por eso, toca al profesor divertirse y disfrutar con las clases.

Tampoco me parecía una tarea fácil afrontar esta segunda cuestión. Luego me he dado cuenta de que las respuestas fluyen con bastante naturalidad. Una vía es renovar y cambiar parte del temario cada año. Aprender algo nuevo y comunicarlo.

La segunda vía es la de realmente aprender gracias a tus estudiantes. Este camino implica lógicamente procesos participativos con el alumno. Exige pedir trabajos, análisis, búsquedas a llevar a cabo por los estudiantes. Si los 20, 40 o 60 alumnos recaban información sobre elementos complementarios, la suma de sus contribuciones puede hacer aflorar tanto pautas comunes como aspectos diferenciales que ayudan a conocer mejor el tema que se está explorando conjuntamente. En vez de pedir que 60 personas te cuenten la misma cosa que ya sabes, que es lo que se suele llamar examen, puedes pedir que investiguen 60 casos distintos sobre un mismo tema.

Esas cosas hago en mis clases desde que descubrí y acepté el vacío. Necesito que mis alumnos descubran, que busquen información, que se planteen preguntas y me den sus repuestas. Que la respuesta coral haga descubrir nuevos horizontes a ellos y a mí.

En tres de mis cuatro asignaturas he conseguido eliminar los exámenes del “cuéntame el contenido que he expuesto y confírmame que no lo sabes perfectamente”. El caso extremo en el que he podido aplicar mis planteamientos sin restricciones ha sido con mi nueva asignatura optativa Marca España: arrancamos sin programa ni temario, porque se configura con el grupo clase a clase.

Lo que cuento será radical y hasta extremista. Pero no es utópico. Es realista. Yo lo hago. Parece ser que no soy el único: mirad qué estudian y cómo lo estudian en St. John’s College.

www.richard-seaman.com

St John’s College. Como se lee en su web, ‘education is focused on original thinking and original ideas’ (la educación se centra en un pensamiento original e ideas originales). Foto de Richard Seaman

Resulta que además soy el responsable del nuevo grado Economics, Leadership & Governance en mi universidad. He contado con la complicidad y apoyo del decanato de mi Facultad para el diseño de los objetivos pedagógicos. Los estudiantes de este grado, además de estudiar contenidos, están llamados a hacer cosas muy raras desde el primer día, que realmente nada tienen que ver con contenidos. Veremos si mis responsabilidades sobreviven a este artículo. Creo que sí.

Quédense tranquilos los profesores, alumnos, padres y controladores del Ministerio de Educación que están convencidos de que lo único relevante es transmitir y recibir conocimientos: sigo impartiendo los conocimientos. Son la materia prima necesaria para alcanzar mis objetivos. En cierta manera es el planteamiento opuesto a Il Gattopardo: hacer creer que todo sigue como está para que no te impidan cambiarlo todo.

Desde que he descubierto que mis asignaturas no sirven para nada he aprendido a disfrutar muchísimo con ellas. Disfruto al intentar que los alumnos consigan disfrutar del proceso de aprender algo con mis asignaturas.

Evidentemente no pretendo en absoluto que mi caso personal sea ni la experiencia ni el camino a seguir para lector que es docente en la escuela, en el instituto o en la universidad. Tampoco pretendo provocar en el lector ningún tipo de crisis como la que he sufrido yo. En cambio, sí que animo al lector profesor a que se haga al menos una vez la pregunta, por supuesto en modo totalmente teórico y retórico: ¿Si mis asignaturas no sirvieran para nada, cambiaría algo de lo que estoy haciendo en mis clases? ¿Quitaría algo? ¿Añadiría algo?

Si eres estudiante, a lo mejor puedes explicar cuáles son las asignaturas que más te han aportado, y por qué.

También es probable que entre los que han llegado hasta el final de este artículo haya algún docente que sí que se ha planteado alguna vez inquietudes, preguntas o respuestas que conectan de alguna manera con lo que he contado aquí. Si es su caso, le quiero decir que estoy en Twitter (@NewsReputation) y que si usted también está en Twitter, le pido que me contacte. Seguro que cuenta historias que a mí me van a hacer crecer, que tiene preguntas que a mí me van a desconcertar e interpelar. Me gustaría conversar.

Escrito por: Francesc PujolMe interesa la medición de intangibles, el branding, la economía y escuchar. Universidad de Navarra.

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