Todo el mundo habla del niño que lleva dentro. Cuando pienso en mi propia inquilina particular, veo a una versión quince o dieciséis años más joven de mí misma con un cassette en la mano (benditos noventa), que mira hacia arriba y le pregunta a su padre con cara de susto quién es ese tal Antonio y cómo pueden caber cuatro estaciones en un cacharro tan pequeño. Qué niña más maja. Una pena que haya crecido y se haya convertido en una especie de científica (se le nota más por las mañanas, supongo que  los pelos al estilo “un helicóptero ha aterrizado a mi lado mientras tenía los dedos metidos en el enchufe” ayudan).  Pues bien, esa científica está trabajando en un proyecto que ha titulado “no te engañes, a todo el mundo le gusta la música clásica”. Así es. Pretende demostrar empíricamente que la música –mal llamada- clásica no es solamente una entelequia abstracta que alguien califica de arte mientras sorbe su té con el meñique levantado, sino que es algo con lo que puede uno ponerse de buen humor por las mañanas, algo que puede silbarse mientras se está distraído, algo que, en definitiva, se puede disfrutar sin necesidad de ser pedante y académico.

Así pues, aquí va mi pequeña contribución en forma de playlist en contra de la apatía generalizada hacia las orquestas sinfónicas, las sopranos líricas y los cuartetos. Suban el volumen y disfruten.

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Creo que sería adecuado empezar por una de las de mi viejo amigo Antonio. Probablemente esta sea la música perfecta para escuchar junto a la chimenea mientras fuera está lloviendo. Con una manta, una copa de vino y un amigo al que no ves desde hace tiempo.

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Aquí hay otro Antonio. Este es checo y el apellido se pronuncia “Foshak”. Más conocido como Dvorak, sí, ese, hombre, el de la sinfonía del nuevo mundo. Podría haber incluido esa en la lista, pero personalmente le tengo más cariño a su cuarteto nº12. Lo encontraréis más a menudo como el cuarteto americano. Como en su famosa sinfonía, el amigo Antonio Foshak se inspira en las melodías típicas de los indios americanos para darle un nuevo aire al estilo nacionalista que se llevaba a finales del siglo XIX. Y, en la opinión de la niña que se hizo científica, el resultado es espectacular.

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19:19. Segundo movimiento de la sinfonía nº6 de Tchaikovsky. La última que escribió. Dijo todo lo que le quedaba por decir en ella y después dejó de hervir el agua para que las cosas siguieran su curso. En plena epidemia de cólera, os podéis imaginar qué curso fue ese y por qué no escribió nada más. Sé que es un adjetivo fácil, afectado y hasta cierto punto vacío, pero la palabra que me viene a la mente cuando escucho esto es ‘conmovedor’. La sinfonía en su conjunto es de las obras que expresan mayor tristeza de toda la historia de la música (por algo se le conoce como “la patética”), pero el segundo movimiento… El segundo movimiento es un último baile, brisa fresca, volver a casa.

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¡Pero no todo en esta vida son lágrimas! Había señores decimonónicos con muy buen rollito. Normalmente me negaría a incluir a Strauss y demás repertorio del concierto de año nuevo en ninguna playlist (por favor, es el Justin Bieber de la Viena imperial) pero esta polka me parece demasiado simpática. Dejémoslo en que la excepción confirma la regla.

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El amigo Debussy. Un señor francés muy original, con una estética bastante… particular. Y Lang-Lang, la prueba viviente de que por muy bien que se te dé algo, siempre, siempre, SIEMPRE habrá algún asiático que te dé treinta y siete vueltas y media. La primera vez que escuché esto, descubrí que se podía parar el tiempo con un piano.

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Los de la señorita Jansen son de esos directos que hay que ver antes de morir o quedarse sordo. No sólo porque lo hace tan bien que resulta hasta inquietante, es que además la tía se divierte cual cerdo en un berzal. Y consigue ser increíblemente agresiva sin perder un ápice de elegancia.

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Ah, no he podido resistirme. Esta es muy posible que os suene gracias a Kubrik y la naranja mecánica.  Hay que reconocer que Stanley elegía muy bien sus bandas sonoras. En esa misma película, de mis favoritas desde hace años, también tenemos a Rimsky-Korsakov y Beethoven, de mis favoritos desde hace años igualmente. En Barry Lyndon tenemos la zarabanda de Haendel, un trío de Schubert, y así hasta aburrir. Pero volviendo a lo que nos ocupa, creo que Rossini es un fantástico acompañamiento para la historia de Alex DeLarge. Tiene su energía, su rotundidad, sus ganas de reírse de todo y de todos. Y, además, es la música perfecta para cocinar macarrones.

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Con esto cierro la lista. Para mi gusto es de las páginas más épicas que jamás se han escrito. Cómo no, tenía que estar en el Requiem de Mozart. Y, cómo no, la mejor versión (para mí y para muchos) es la de Leonard Bernstein. Cierra los ojos, dale al play y siente cómo se acercan al galope los jinetes del apocalipsis.

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Marta Santiago

Me crié con Jimi Hendrix. ¡Y también dos huevos duros! MEEEEEEC. En lugar de dos pon tres.

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