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Fuente: Tenis Web

A Rafa le cuesta muchísimo ser Rafa. Leído de derecha a izquierda todo tiene una lectura cómoda e inevitable. Pero al principio sólo hay oscuridad y abismo, es decir, duda e incertidumbre. ¿Lograré pasar de primera ronda? ¿Podré vencer la presión inherente al número 1 por dominar a cualquier rival? ¿Y si aparece una lesión? Lo bueno del deporte es que, a veces, al margen del ruido que levantan las previsibles victorias de equipos millonarios, ofrece relatos que nos inspiran. 

Analizado en frío, cualquier éxito exige la fe de un mártir para sobreponerse al conjunto de improbabilidades que se despliegan entre cada uno y su objetivo. Y no me refiero al karma (que le pregunten a Rafa a ver qué es eso) o a la intervención activa de cualquier dios. A la realidad, no le hace falta que inventemos ningún demiurgo que la gobierne. Ni fabulaciones en torno a un mecanismo de acción que todo lo explique, ni ningún espíritu justiciero que diseñe en la sombra un plan para nosotros. No hay subtexto. Las cosas son como son y lo inesperado es una fuerza neutra: solo sucede. A veces, esa fuerza nos resulta perjudicial y la llamamos desgracia, a veces esa fuerza nos resulta beneficiosa y la llamamos bendición.

Ahora bien, una bendición entendida no como un milagro, sino como un accidente feliz. No diremos que ganar un Grand Slam, como ganar dieciséis, no sea un milagro. Sino más bien que el milagro no se obra por ventura, sino que responde a la tozudez de alguien que de entre todos los caminos posibles y caóticos hacia los que nos atrae la entropía, hace prevalecer su voluntad. De «obrarse un milagro» a ser capaces de «forzar el milagro». Ser competitivo significa, para Rafa, la única coordenada de entre todas las posibles en donde lo más probable que suceda es lo que él quiera que suceda. Donde está menos a merced de la entropía. El único tablero en el que él es la banca.

No digo que la voluntad no se equivoque muchas veces o que busque donde no hayas respuestas o que esas respuestas no nos convengan. Pero, al menos, es la propia libertad la que tiene la última palabra. Una luz que consigue encenderse en la tiránica negrura de la entropía. Que no es otra cosa que la voluntad de siete mil millones de almas por abrirse camino a su manera. Cada una de ellas peleando con las otras a veces por lo mismo, a veces por lo opuesto, a veces por fines mutuamente excluyentes, o por fines distintos en cuyas trayectorias encuentran una intersección de suma o resta. Y junto a todo ello, la naturaleza, con sus leyes y sus genes, que a veces, a lo tonto y sin causa, mutan, y al hacerlo algo puede empezar a ir mal, y lo que eran unas células van y se empiezan a dividir sin control forzando a reconsiderar los planes de cualquiera.

Pero cada vez que amague con tentarnos la derrota, cada vez que nos seduzca la complacencia en la tristeza o nos dejemos mecer por el victimismo, nos quedará la rebeldía que ejemplifica Rafa. Una rebeldía humilde y contenida, que solamente rebosa y se tira al suelo tras el punto final. Una rebeldía que conoce las dificultades para disipar la entropía, y aun así las escoge intencionadamente, y se atreve a vivir una vida no sólo buena, sino rebelde por ser mejor.

Hay quien hipotetizará sobre si es mejor dejar que las cosas ocurran con naturalidad, que no es bueno forzar nada. Y hay quien irá y, sin hipotetizar nada, ganará dieciséis Grand Slam. A cuyo lado, como diría Toni Garrido, todo lo demás no pasará de ser o ruido o silencio.

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Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.

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