[Fuente: Cinemania]

[Fuente: Cinemania]

“Hijo mío, se constante en honrar a tu padre,

no lo abandones;

aunque chochee, ten indulgencia,

no lo abochornes mientras vivas”

 Yo no he leído el Libro del Eclesiástico, de donde está sacada esta cita, pero tengo colgado en mi cuarto el texto entero de uno de los capítulos dedicado a esa curiosa etapa de la vida en la que el papel de Padres-Hijos se intercambia. Lo guardo por si acaso, como referencia firme para ayudarme a recordar cuánto les debo a mis padres cuando la cosa flojee y sea a mí al que le toque cambiar pañales.

El caso es que ‘Nebraska’ (Alexander Payne, 2013) es un poco eso, honra a tu padre y a tu madre por encima de la enfermedad, no como devolución de todo lo que te han dado, sino por cuanto te han querido.

El guión nos muestra la aventura de un padre y su hijo en busca de un premio inexistente, un camino labrado de incertidumbre como la vida misma. Un camino bien largo, eso sí, que emprenden el bueno de Woody y David desde Billings, Montana hasta Lincoln, Nebraska más de 1.000 Km de un camino que está hecho de una lección fundamental: no hay camino, se hace camino al andar.

Con todo, el recuerdo que tengo después de verla en el cine, es que la película arrancaba con el resistente deseo de Woody por ir a Nebraska a recoger su millón de dólares, con esa tozudez que le entra a alguien que ya ha sobrepasado el rubicón de los ochenta y ha acumulado méritos para ganarse el derecho a pedir cualquier cosa, por caprichosa que sea. David, su hijo, comprendía cuál era la exigencia de valentía que lo abrumaría después, cansado de los intereses creados por el camino de caras conocidas que ahora venían a sobrevolar el premio apoyadas en el recuerdo de viejas amistades, para ver si les caía algo. Aún así, sacaría fuerzas para rememorar la verdadera razón del viaje y seguir hacia delante rumbo a una búsqueda fracasada de un dinero que no existe. Por su parte, Woody mantendría la ilusión de llegar hasta el final casi como queriendo obligar a su hijo a decirle: “pero, ¡que esperabas que ocurriera!”. Y así uno se da cuenta de que Nebraska era un menos/más en toda regla. ¿Qué es un menos/más?

Un prometedor guionista me habló, una vez, de que la construcción de un personaje en el guión gira alrededor de dos principios básicos: lo que quiere y lo que necesita. Está, por un lado, lo que desea que le pase; y por otro lo que más le conviene que ocurra. Y después se trata de enfrentar el deseo con la necesidad como si de echar un pulso se tratara, y ver cómo se resuelve. De todas las combinaciones que pueden salir de ahí, él me contaba que la que más belleza e interés le traía era hacer un personaje que finalmente no consigue lo que buscaba (menos), pero encuentra algo más importante: lo que necesita (más). Es decir, un menos/más. Woody buscaba una razón para vivir y cree encontrarla en el hecho de cumplir con una misión, cuando al principio de la película le preguntaba su hijo: “pero qué haces aquí ¿adónde vas? Vámonos a casa”; “Nada de eso, me voy a por mi millón de dólares”. Y Woody terminaba encontrando algo que no suponía al principio. Algo que nos pasa a todos cuando en la vida, llevados de un lado a otro por no se sabe qué motivo ni razón, terminamos dándonos de bruces con una respuesta que ni se nos había pasado por la cabeza. Lo que Woody necesita es superar el pasado para hacer frente al presente que ha dejado de lado: sus hijos y su mujer.

¿Es Nebraska una buena película? Sí.

¿Es la cojopelícula? No.

¿Es lenta? A veces.

¿Es por eso aburrida? Ni de coña.

¿Merece la pena ir a verla? Por supuesto.

Cierto que no ganó los seis Oscar a los que estaba nominada, quizá por lidiar con temas menos imponentes como la esclavitud o viajes por el espacio, pero Nebraska es de esas películas que convence más que fascina. Que sin grandes manifestaciones termina por conmoverle a uno hasta decir: esto es cine.

[Fuente: nebraskamovie.co.uk/]

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Alfredo Andreu

Generación mejunje Art Attack. Disperso entre farmacia, diseño gráfico y cine. Soy muy de merendar.
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