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“Alejandro Magno y Campaspe en el taller de Apeles” – Giovanni Battista Tiepolo, The J. Paul Getty Museum.

Apeles fue el pintor personal de Alejandro Magno. Plinio el Viejo se refiere a él en Historia Natural como el más grande de su tiempo y cuenta un buen puñado de anécdotas de su vida. A él le atribuye, entre otras, la expresión “zapatero, a tus zapatos” con ocasión de una crítica a una de sus obras. Sin embargo, lo que más llama la atención no son sus frases ingeniosas ni las anécdotas en las que aparece también Alejandro Magno, sino apenas dos líneas que hicieron fama y con el tiempo se convirtieron en un latinajo. Hay un momento de la narración en el que Plinio dice que Apeles tenía una costumbre, a la que “se adhirió tenazmente”, de no dejar pasar ningún día, por ocupado que estuviese, sin ejercitarse trazando alguna línea. El propio autor dice que es una práctica que se ha hecho proverbio. Y así es. Dicen que fue Erasmo de Rotterdam quien le dio forma en sus Adagios. Sin embargo, la formulación más famosa se atribuye a un contemporáneo de Erasmo, el poeta latino Publio Fausto Andrelini: ningún día sin una línea. La frase se hizo célebre. Se cuenta que Beethoven la anotaba en sus partituras y que era también el lema de Kierkegaard.

Fuere como fuere, lo cierto es que escuché aquella frase cuando era pequeño, por boca del entonces abad de la basílica de San Isidoro, en León. Aquel hombre sabio y bueno no me la dijo a mí, sino a uno de mis hermanos, que había escrito su primer libro. Tendría apenas, qué se yo, diez años. Era una historia ambientada en la Edad Media y tenía un título insuperable, La llave de Germania. Su debut literario le granjeó el favor de muchas madres y abuelas, siempre atentas para ofrecer lo mejor a sus niñas. El abad le saludaba con gran alegría llamándole “el escritor” y le preguntaba por sus progresos. Era entonces cuando le decía aquella frase: nulla dies sine linea. Aquello me sonaba a jerga eclesiástica, así que nunca pregunté qué significaba. A mí solo me preguntaba por el fútbol, a fin de cuentas. Aquella discriminación me hería en lo más profundo y me animaba a imitar al bueno de mi hermano. Ah, la envidia.

Intenté razonablemente ser como él. Incluso me quité del fútbol, dejé de leer el Marca, de ir al parque los sábados por la tarde y empecé a ir a misa los domingos. Copiar se me daba mejor que imitar, así que acabé plagiándole un cuento de navidad para un concurso del colegio que él había ganado el año anterior. Todo fue en vano. El cuento volvió a ganar pero no conseguí más que un triste cuaderno y un poco de chocolate negro. Entre tanto, el abad seguía preguntándome por el Fútbol Club Barcelona y cómo iba la liga mientras a él le repetía como una jaculatoria: nulla dies sine linea. Me di por vencido y con el tiempo acabé en un bar, memorizando las alineaciones de un Real ZaragozaEspanyol, incluyendo los números de la camiseta y el estado civil de los jugadores.

Volvimos años después, durante una sobremesa, a la misma anécdota, ya casi olvidada. Fue entonces cuando, por fin, escuché y de verdad comprendí. Llegaba tarde a las divertidas historias de aquel abad sabio y bueno, que nos regaló a mis hermanos y a mí domingos inolvidables. Sí pude llegar a tiempo a sus consejos y, en particular, a aquel dirigido a mi hermano. Desde entonces escribo y, sobre todo, leo. Al menos una línea al día. No pretendo convertirme en un pedantón al paño, de los que dice Machado que no beben el vino de las tabernas. No, yo quiero beberme la vida entera, con sus alegrías y con sus penas. Por eso muchas veces una línea me basta. Es lo suficiente para recordar a aquel gran hombre y también que hay vocaciones, algunas, que afortunadamente no nacen solas.

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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