“When a man is tired of London, he is tired of life; for there is in London all that life can afford”

Samuel Johnson

Crossing Abbey_ResPublica
John et al a punto de cruzar por última vez uno de los pasos de cebra más pacíficos de la City. Estampa bucólica.

Yo amé Londres mucho antes de conocerla. ¿A quién? A Londres digo. Baker Street, King’s Cross, Abbey Road. Es decir: Sherlock Holmes, Harry Potter y los Beatles. Incluso anhelaba la lluvia y el paisaje nublado, que en Aragón escasea. Cuando nos surgieron aquellas prácticas en la ciudad soñada no lo pensamos ni media palabra. Nosotros no habíamos elegido ir a Londres, Londres nos había elegido a nosotros. Íbamos alegres y campanudos, con la fe y esperanza de una peregrinación a Lourdes: God save the Queen.

Leía cosas de gente que contaba maravillas. Gente que se había ido a la brava, a ganarse el aire a la ciudad de las oportunidades. Y otros que ya iban a tiro hecho, de los de traje y corbata y edificio de 38 plantas. Vamos, que no iban preocupados por su nutrición.

Nada leído sobre prácticas no remuneradas. Daba igual, allí que nos íbamos y yo rodeado de la mejor gente que me podría imaginar. Incluso llegué a escribir un documento en Drive que titulé: “Petar Londres”.

Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué rajar de Londres? ¿y encima tú, Londres, con lo que yo te quería?

Las ciudades son como las personas. Depende de por donde les entres y el momento en que te pillen. Pero como recordaba Íñigo Dominguez a su llegada a Roma como corresponsal de El Correo: “si vas con tus cojones por delante, te comen con patatas fritas”. En nuestro caso chips, fish and chips.

En efecto, el aire trágico que sobrevuela en estas primeras líneas no es en vano. Asumo que soy exageradete con los recuerdos en general, pero es una deformación fiel también a mi forma de ver y mirar, no sólo de experimentar. Además, es mucho más divertido así, y por lo menos se tiene la sensación de vivir. Lo malo, es malo de verdad, de morirse. Pero lo bueno, ¡ah lo bueno…! En fin, sigamos.

Hay como varios topicazos: todos falsos, todos ciertos. El más claro es la comida. En Londres se puede comer muy bien. Se puede comer Francia, España, Italia, Japón… Y de cada uno lo mejor. Sólo en Soho y Mayfair están un puñado de los mejores restaurantes del mundo, para quien esté dispuesto a pagarlos. Después vienen restoranes y cafés más baratos, Urban Style, de los que invitan tomarte algo sólo por la apariencia. Y finalmente están los pubs, baretos de mala muerte, Kebabs y el resto conocidos, es decir, la mayoría que inunda las calles.

¿Se puede comer bien en Londres? Sí. ¿Es asequible? Depende. ¿Es barato? Ni de coña. ¿Reflejan esos sitios la gastronomía británica? En absoluto.

Los precios… Otro que te cuentan. No me voy a meter con eso, porque a pesar de todo lo que se diga, los bufidos que pegas en la sobremesa cuando te sacan el tema y la cara de tonto que se te pone cuando te dicen lo que cuesta un café, bueno pues, a pesar de todo eso, Londres está abarrotado de gente. Quiero decir casi diez millones en el área urbana. Diez millones que se mueven, te adelantan en las filas, compiten con tu sobaco por agarrarse en el metro y te quitan el trabajo en las narices. Así que si te parece caro vete a llorar a tu pueblo, que aquí molestas. O en el mejor de los casos ni eso, eres indiferente.

La indiferencia, aquí si me voy a meter. Los londinenses y su buen humor, los londinenses y su saludo polite matutino. Los londinenses y su terrorismo pasivo de ‘mátalos con la indiferencia’. Sobre todo a esos capullos peninsulares que no son ni italianos, ni portugueses, ni latinos… fuck cómo se llaman, sí coño, joder los de la paella y los toros. Los de la siesta. Los vagos. Esos.

Había oído hablar de ello pero nada que ver cuando tienes un jefe y unos compañeros de trabajo, de los que se supone que debes aprender mucho antes de volver, que son de esa guisa.

Coged con pinzas todo lo que he escrito en este post, ya sabéis, la dramatización y todo eso, quemadlo y olvidadlo si queréis, pero haceros un favor: esto no. Anotad con pulso de cirujano en vuestra guía de viaje: IN-DI-FE-REN-CIA. Y digo Londres y no Inglaterra o Reino Unido. De hecho tengo una prima política, manchega de Manchester, a la que, conociéndola, nada haría presagiar que Londres y sus gentes iban a ser menos majos y encantadores.

Un día, mientras comía en la cafetería del trabajo, observé a una mujer enfrentada a su plato sola, con los auriculares puestos y la mirada neutra de ‘alguien vive aquí dentro pero ahora no está’. Una mujer que, en definitiva, dedicó casi cinco minutos a separar minuciosamente los guisantes de la zanahoria de su plato. Fue una operación concentrada. Ella ahí, su tenedor como el más preciso bisturí en una operación a corazón abierto. Aprovechó los guisantes y después, en un acto sin violencia, dejó el plato a un lado con la zanahoria acoquinada en un rincón de la cerámica, a la que ni miró. Adiós susurrando. Adiós de no mirarte. Te separan, literalmente, de su rutina. Tú eres esa zanahoria, yo me sentía como esa zanahoria. No era menosprecio, era el peor desprecio: no hacer aprecio.

Y así se me agotaban las horas en un sitio, el suroeste de la City, que justifica, ahora veis, la rajada. Vale, hay de todo, sí. Porque hay gente nativa y no nativa, menos mal. E incluso hay casos de gente de la que nos costó despedirnos, y hablo de londoners. Pero por lo general, y basta de engaños, cada ‘nice to meet younuevo era un salir de Herodes para caer en Pilatos.

Quizá influya en todo esto su sentido de la amistad. Los londinenses no tiene un grupo de amigos muy grande y, si lo tienen, es porque los asocian a sus colegas de trabajo. Al final les es difícil quedar con más gente que sus propios compañeros y además a la salida del curro. Normal para quien quedar a tomar una birra supone una hora de llegar a un sitio que quede a mitad de camino para todos, salvando por el camino obras, zanjas, metros interminables, media docena de calles andadas y minas antipersona. Porque Londres, al contrario que Brooklyn, sí que se expande, querido Alvi.

Qué injusto dejarme lo bueno de lado. Otro día hablaremos de bares, del Borough Market o de lo flipante que es cenar y copear con nocturnidad y alevosía por Dalston Junction. Eso sí, nada recuerdo con tanta nostalgia como los paseos domingueros por Chelsea, donde nos encontramos, en una ocasión, a un Federico Trillo muy atribulado y curvado hacia adelante que suspiraba: “volvéis a una España muy quebrantada”. Fuera de España, una embajada en Londres no debe ser un mal sitio para vivir. Fuera de ella, Londres es hostil. Yo esto se lo contaba a un amigo de Plasencia y el tío me respondía con deje extremeño: “¡pero esto ya se sabía masho!”. Lo hacía cerrando los ojos y encogiéndose de hombros, con la suficiencia de quien no necesita vivir la vida para darte consejos de cómo vivirla. Pero eso no era lo doloroso, lo peor era que el tío me lo decía con todo jamones ibéricos envasados al vacío por la encimera de la cocina. Manda huevos —pensaba— con la de rebozados que tuvimos que zamparnos y mientras, éste aquí, puesto a ibéricos y sabiéndose en donde mejor, el muy hijo de la gran puta.

A estas alturas habrá quien haya dejado de leer defraudado por el contenido de un post que, por el título, bien podría pensarse que esto iba a ser una dicharachera y benévola lista viajera. Y soy consciente del quiebro tierno que os he hecho, pero es que Londres es igual, vas andando sin levantar la vista de la guía de viajes y de pronto ¡ZASCA!, te la pegas despiadadamente con el cartel de un Donner Kebab. ¡Pero qué coño! Pues sí, y es que al contrario de lo que cabría esperar, Londres no huele a breakfast ni a ginebra recién destilada, qué va, huele a falafel. Es un tufillo al que te terminas acostumbrando y llegas a no oler, y en tu imaginación lo intentas sustituir por algo mejor. Algo mejor que todo eso, algo mejor que Londres. No fueron pocas las veces que me planté de frente a las verjas del Buckingham con el ánimo subversivo, queriendo hacer como un amigo navarro que en una noche estrellada se plantó ahí y exclamó mientras orinaba: “Gibraltar español, Las Malvinas argentinas”.

Así nos la coló London.

Pero no todo salió mal. De hecho, la dedicatoria del final da pruebas de lo contrario. Pero sí es verdad que, ni de lejos, salió la cosa como esperábamos. Y por eso no pretendo disuadir a nadie de ir. Las intrincadas circunstancias que nos tocaron vivir, el fuck me sideways en que todo se convirtió por momentos, son intransferibles. Y tachar la City por esta razón sería un planteamiento reduccionista. Tú, Londres, fuiste como esa chica que te gustaba hace tiempo, de la que una vez llegaste a pensar que estabas enamorado y que, cuando finalmente empezaste a salir con ella, va y resulta que le huelen los pies mal. Te prefería en la distancia, te prefería como siempre te había imaginado. Y aún así, ni siquiera puedo convencerme de que algún día no volveré y entonces, estoy seguro, me encontraré con otra ciudad. No sé si mejor o peor. Pero será diferente, y desde luego será una segunda oportunidad para los dos. Habrá otras ciudades y otras pasiones, pero ningún amor es como el primero. Y ninguna ciudad es como Londres.

A Dios gracias.

A Borja, Asís, Ángel, Sara, Sandra, Mavi, Bea, Nacho, Miguel, Carlos y Gon. Gracias:

YouTube Preview Image

Fuente imagen miniatura | Corbis

The following two tabs change content below.

Alfredo Andreu

Probablemente, ya está todo escrito. Por tanto, mi opinión es irrelevante. Mi única intención al escribir es vencer la pereza y sacar alguna idea en claro. Soy muy de merendar.
Shares