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La idea de este trabajo golpeó mi cabeza cuando un amigo, con el que hacía mucho que no hablaba, me agradecía hace unas semanas lo que yo supuestamente le había dado hace ya unos 7 años. Algo, cómo no, completamente inesperado. Él se convirtió en una de esas personas que me hacen un enorme regalo, el de emocionarme al reconocerme a mí misma, solo porque ellos me reconocen. Me hizo acordarme de ese halago que una vez me echaron al decirme que yo era una persona salvada.

Parece mentira que, con todo lo bueno que tenemos de forma innata, nos dejemos alterar tanto. Es como si te diesen todas las herramientas y tú solo te dedicases a construir castillos de naipes con ellas.

Has nacido en la Europa del siglo XXI y eso te va a afectar, va a condicionarte y casi será una responsabilidad, cosa que no es mala. Ahora todo tiene menos sentido que nunca, la realidad es líquida y deshumanizada, bueno, puede ser así, o puede ser como quieras, porque tú eres el que nombra a las cosas. No necesitas a nada ni a nadie y eso te gusta. Te adoras a ti mismo y adoras tu falsa independencia. Pero la verdad es que tienes miedo a las cosas que escapan de tus manos, a reconocer tu límite, a dejar espacio al misterio. No te gustará lo que te voy a decir, pero se ve a leguas que no puedes solo, y no entiendo por qué eso te hace sentir frágil.

Alguien me dijo una vez que parecía que mi vida se reducía a eso, a momentos en los que siempre viene alguien y me salva. Esa persona debía ser parecida a ti porque me lo decía como si fuese un defecto, y yo lejos de hacerla caso, me lo tomé como un cumplido.

Confundes la libertad con hacer lo que te da la gana, con crear tú el camino que seguirá tu vida, con mandar. Ser libre para ti es darte, cuando de hecho, es recibir. Todo lo que viene de fuera lo percibes como impuesto, y por lo tanto como malo, y ni siquiera te das el placer de esperar lo inesperado.

Realmente nuestro límite se hace presente desde este primer momento. Tener todo delante, y no ser capaces de ver nada. Porque mientras tú afirmas muy orgulloso lo que piensas, la naturaleza sigue actuando, y la mayoría del tiempo, llevándote la contraria.

Si no te atreves a quedarte a solas contigo mismo y preguntarte, pregúntale a alguien, da igual quién. Siempre, en la vida de una persona, los momentos más felices, de más paz y libertad, son compartidos, y esa palabra implica a otro.

La clave de todo esto estará en abrir todos los espacios que hay en ti. En dejarte ser afectado.

Cuando algo nos cubre, solo puede ser roto desde fuera, y eso es lo que pasa siempre. Nuestras historias son una sucesión de esos momentos. Contra la normalidad y cotidianidad choca algo inesperado, que siempre nos con–mueve. Lo que de verdad te cambia es una mirada de otro respecto a ti, unas palabras que de repente suenan diferente, o un gesto que nunca nadie había tenido contigo. Es simplemente que alguien te vea y te reconozca, mucho más allá de lo que haces y mucho más allá de lo que te pasa. Que alguien te haga comprender que eres merecedor.

Cuando a su vez, eres tú el que reconoce eso que se te da de forma gratuita, cuando aceptas y amas ese regalo, comprendes que tu miedo a no poder dártelo todo no tiene razones, y que en cambio sí las tiene el recibir y vivir en sencillez, estando agradecido.

Yo me siento más libre cuanto más amo lo que se me da.

Por eso te pido, hombre posmoderno, que entiendas que naciste con algunas condiciones, pero que te las puedes quitar si quieres y elegir descubrir después. Entender que no todo vale no te hace estar más limitado, como no te hace tener más libertad el simple hecho de tener más opciones. Que la despreocupación no te hace ser más vividor. Y que la tradición y la identidad no te atan.

 

Escrito por: Nerea Lerma. Me gustan las luces. La vida y el arte me han dado sensibilidad y yo pago un precio razonable por ello. No me dedico a lo práctico. Soy realista, pido lo imposible.
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