*Este “artículo”, para que se entienda mejor su dispersión, cambios de ritmo y desvaríos, ha sido escrito mientras sonaba “Hit the city” de Mark Lanegan, “Theland of thenod” de Is Tropical, “The less I know the better” de Tame Impala, “Ice cream man” de Blur, “Chinches” de Amatria y “Hangwire” de los Pixies.

Hubiese sido casi un crimen enfrentarse a esta columna/artículo/no sé qué mierda va a ser sin lanzar antes el Spotify y clicar play en un tema inspirador. La verdad es que uno anda últimamente un poco en standby en esto de la música desde la publicación del último disco de Tame Impala. Si te digo que ese conglomerado de canciones es la única y auténtica felicidad, te lo tienes que creer y punto. Y aquí podríamos dar por finalizado este artículo: felicidad y música. Pero no. Son entre 800 y 1.500 palabras en las que supongo que te tengo que convencer, mejor si cabe que los artículos que me preceden y me siguen, que música y felicidad son dos términos inseparables. Como la resaca y el ibuprofeno. Como Benzema y un control de velocidad.

Llegados a este punto del artículo, se me viene encima el momento que yo denomino ‘Qué asco de Manuel Jabois’. Ese fatídico instante en el que uno se pregunta cómo lo hace ese señor para escribir sobre cualquier tema con tal maestría y desparpajo. No es raro pensar que hay gente que está tocada por una varita mágica, tanto que uno ya no sabe si escribe con una pluma, con el Macbook de Steve Jobs (el suyo, el personal) o con otra cosa. Supongo que será esa “otra cosa”. Pero creo que he llegado a entender dónde está la clave: es más fácil escribir sobre la actualidad que sobre algo tan abstracto y con semejante trayectoria histórica como la música.

Está desde siempre. Incluso desde antes de nacer. Prueba a posar a un bebé recién nacido sobre el pecho de su madre y dejará de llorar. Es la música de su corazón. Cante la canción más estúpida e infantil del mundo a los pies de una cuna y podrá volver a dormir placenteramente hasta la siguiente descarga de Dodot. ¿Y por qué? Gracias a la dulce melodía de la voz de una madre o un padre (servidor anda últimamente muy en pro de la igualdad de las tareas y atenciones domésticas).

Enciende la tele en verano, en la época que se supone que uno está más alegre por ser víspera de unas vacaciones en Conil, ¿y qué encontrarás? Canciones, canciones y canciones. Unas más afortunadas que otras, pero al fin y al cabo, una melodía que posiblemente acompañe a tus oídos incluso en el momento de clavar la sombrilla en un agosto de Benidorm. Es más, si lo consigues, es probable que tú mismo te pongas a bailar como loco mientras silbas las notas del último anuncio de Shandy. No es tema fácil, tete.

Como diría el PP del año 2000, vamos a más. Teletranspórtate a las fiestas de tu pueblo, pongamos que hablo de Tomelloso, e intenta imaginártelas sin la verbena de rigor, con todos los abueletes intentando demostrar que quien tuvo retuvo, bailando un pasodoble, y sin un decibelio de volumen. ¿Mal, no? Si ya con música semejante estampa es cuanto menos, eso, una estampa, ya no quieras ni pensar qué pasaría en un escenario vacío sin la Orquesta Maravillas (es la misma en todos los pueblos) tocando “La chica Ye-Ye”. Bueno, cierto es que una decena de operaciones de cadera por pueblo nos ahorraríamos.

Y ahora que ha pasado la temporada alta de bodas, ¿qué? ¿Te imaginas el porvenir de tu cuñada la del pueblo, la eterna soltera de tu familia, sin que hubiese sonado “Paquito el chocolatero” a las 3 de la madrugada en el último enlace al que asistía? Ella no. Gracias a ello, se ha dignado a actualizar el Whatsapp, dejar el Tinder, y se gasta los ahorros del mes en ir a ver cada fin de semana a Antonio, que vive en Teruel pero que baila muy bien las canciones de King Africa y le envía emoticonos amarillos que lanzan besos en forma de corazón. Para ella, Teruel ha empezado a existir, y sí, ha sido gracias a la música. Aunque ésta en el caso de King Africa sea motivo de discusión.

La música configura nuestro estilo de vida, nuestro día a día, pero sobre todo da cuerda a una sociedad basada en tendencias, modas y poses. Cuántos tupés al viento en época de Elvis Presley, cuántas teasheadsen tiempos de John Lennon, cuántos estereotipos en boybands como BackstreetBoys… Y lo interesante es que son condicionantes que se repiten de nuevo pasadas unas décadas, y si no, ¿a quién anda imitando últimamente el bueno de Alex Turner; a quién rememora el ahora más fofi que sano de LiamGallagher; y en qué modelo se inspiran los ahora malotes de OneDirection? Patrones que se repiten una y otra vez y que nos sirven para constatar de donde venimos y lo que hoy queremos ser. Y en definitiva, ¿no es felices lo que queremos ser?

Cuando una canción acompaña un gran recuerdo a veces es esa melodía la que acaba adquiriendo un mayor peso que el propio recuerdo. ¡Cuántos “sí, y estaba sonando…” se repiten en cada historia cuando rememoramos algo grande! ¡Cuántos “qué momentazo cuando pusieron la de…” se cuentan a la hora de levantar un relato!

Nos hemos convertido en seres, ya no te digo los jóvenes, cada vez más dependientes de la música para llevar a cabo nuestras acciones. La elección de una vestimenta depende del concierto al que uno acuda o del look del ídolo en cuestión. Los pocos abrazos que uno da a sus amigos es mientras se corea el hit del cabeza de cartel del ‘Algo Sound’. El éxito del momento es el mayor desatascador de situaciones en los ligues nocturnos. Pero también, el evento que más carcajadas nos genera es Eurovisión, especialmente si eres español. Somos conocedores de la poesía contemporánea gracias al Twitter de Amaia MonteroDecathlon ha aumentado un 320% su venta en tiendas de campaña en el último lustro… La Fiscalía Anticorrupción pide cuatro años y diez meses de cárcel para Ramoncín, y eso es algo que ya sabíamos que tenía que pasar desde que destrozó el “Come as you are”… La música nos envuelve, nos arrastra diariamente y a veces también nos juzga, que eso tampoco está nada mal.

Esta vida no deja de ser más que una partitura en la que cada uno de nosotros colocamos las notas donde mejor nos parece o al menos donde nos han dejado, configurando así nuestro día a día y la melodía de cada instante. Esos instantes que dan lugar a una canción, esas canciones que crean el instante. Incluso el silencio a veces puede ser música si se hace hueco en el momento justo. Menos en la publicidad, que como bien dijo un profesor de radio, “sólo es una pérdida de dinero”.

Yo no sé, querido lector, si tu vida es silencio o es pura melodía, pero te pido que hagas uso de la música para tu mayor felicidad. Tanto si es el día más triste de tu vida, como minutos después del anuncio de tu nueva subida de sueldo. Cuando uno no encuentra las palabras para expresarse siempre hay una canción en algún rincón de la biblioteca musical esperando a hablar por ti. Es la magia de la música, que siempre espera al otro lado de la frontera, donde no llegan las palabras pero sí los pensamientos.

Mañana, por favor, llega al trabajo silbando tu canción favorita. Todos sabrán que eres feliz.


Por Alberto Bonilla

Un pobre desgraciado con cuenta Premium en Spotify

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