COMIENZOS

“Cada uno tenía su propio mundo”, recordaba ella muchos años después[1]. Se conocieron en las aulas de la Sorbonne en los años 20. Allí, en la desmoronada Europa de la postguerra, Henry Bergson intentaba rescatar un punto de luz en medio de la oscuridad. Raïssa era rusa, emigrada en la revolución de Octubre. Jacques era un embrión de filósofo, fascinado entonces por el comunismo. Sin que nadie les creyera, pasaban horas enteras solamente hablando, descubriéndose mutuamente. Tenían que encontrar un nuevo universo, común a los dos. “Teníamos que descubrir que significa ‘azul’”. No el azul de ella, ni el de él, sino un color nuevo, atractivo para los dos.

Al principio, el descubrimiento del otro es fascinante. Contemplar la vida de otros ojos. Contemplar la vida desde otros ojos. Contemplar la vida en otros ojos.

Hay quien se lo pierde, y se queda sólo con la mirada propia, con lo que ya tiene, con lo que sabe, con sus propios deseos, temores, ilusiones, tristezas, ambiciones,… Solamente alcanzan a apropiarse del otro, a adaptarlo -en la medida en que pueden- a sus propios criterios. No se atreven a entrar en una geografía vital que desconocen, y edifican una sólida línea de defensa con torreones de egocentrismo, de derechos y preferencias personales, de sexo banal, de reclamaciones inmaduras.

Hay quien se adentra en esa vida diferente, entre sonrojos, vacilaciones, algunos aciertos y francas meteduras de pata. La orografía de la intimidad es siempre compleja. Hay allí campos cultivados, valles luminosos, arroyos cantarines, grutas escondidas, abismos sin fondo, minas de metales preciosos, lodazales, puertos sellados, cárceles, y tierras salvajes para uno mismo, lugares que aún no figuran en ningún mapa, porque aún carecen de nombre y no hay caminos que conduzcan a ellos.

Conocer y dejarse conocer. Explorar y dejarse explorar. Hay quien se oculta de tras de paisajes generados en 3d. Están casi seguros de que si alguien les mirara con realismo, levantaría la ceja con desaprobación y daría media vuelta. No se atreven a arriesgarse a ver la decepción en los ojos del otro. En ese juego de la confianza no valen trampas. Alguien tendría que enseñarles a mostrarse sin disfraces, también poco a poco, entre sonrojos, vacilaciones y algunas meteduras de pata.

Es tontería comprometerse con alguien a quien no se conoce de casi nada. A veces es una bonita tontería. A veces no está del todo mal tener relaciones tontas, noviazgos de juguete o de veraneo. Si uno no engaña al otro, si uno no se engaña a sí mismo con cuentos apasionados, si los dos no se pasan en los wasaps con palabritas pintadas de color,… Es entretenido tener a alguien con quien ir al cine, bailar, recibir y enviar mensajes al despertarse,… Hay quienes se creen que son noviazgos en serio.

Es tontería, pero algunos empiezan a salir sin haberse atrevido a conocerse. Les mueve una vaga intuición de que funcionará bien, y muchas ganas de acertar al menos durante un rato. La pinta que tiene, el tilín que me hace, las cualidades que se ven por fuera, su modo de reírse o de mirar, lo que dicen los conocidos,… Con esas pistas, a base de suposiciones, y darle muchas vueltas, uno puede empezar a salir con alguien.

¿SALIMOS? ABURRIMIENTOS COMPARTIDOS.

A tientas o no, empiezan a salir. Entonces, se puede ir quedando a solas, no solamente en grupo. Tomar algo, pasear, ir al cine alguna vez, sacar un rato casi todos los días para verse. Antes de salir parecía más difícil. Parecía raro tomar algo por ahí a solas, cenar un día, o quedarse hablando. ¡¿A solas?! ¿Qué iba a decir la gente?, o ¿qué falsas esperanzas podría crearse el otro?

La cosa es que uno puede quedarse ahí. Tomar algo, pasear, ir al cine alguna vez, sacar un rato casi todos los días para verse. Y, de nuevo, tomar algo, pasear, ir al cine alguna vez, sacar un rato casi todos los días para verse. Y otra vez igual, tomar algo, pasear, ir al cine alguna vez, sacar un rato casi todos los días para verse. Lunes, martes miércoles, jueves y viernes. El viernes y el sábado, salir con otros, acostarse tarde, levantarse tarde, deprimirse el domingo por la tarde pensando que mañana es lunes. Y vuelta a empezar. ¿Qué hacemos? No sé: tomar algo, pasear, ir al cine alguna vez, sacar un rato casi todos los días para verse.

Al poco, se tiene la impresión de conocer ya esos rincones del otro que parecían nuevos unas semanas antes. Los mismos planes, los mismos bares, las mismas manías. Sí, a veces, más allá de las cuatro cosas que nos gustan a todos, se extiende un desierto pedregoso con una monotonía irritante. La monotonía de cada uno parece terminar en una monotonía compartida.

La monotonía les encanta a las vacas y a las hormigas. Un buen prado para pacer, o un buen sendero, bien marcado, desde el hormiguero hasta la comida. A nosotros, así, a secas, nos deprime. Desde hace unas décadas, hemos identificado la vida diaria con una existencia rutinaria, mediocre incluso. Una solución, relativamente mala, es la vivir experiencias ocasionales que rompan lo repetitivo.  Tiene algo de parche, porque después de los fines de semana, el viaje, la aventura, las vacaciones anheladas,… uno no tiene más remedio que volver a la banalidad del lunes, del martes,…, repletitos de obligaciones, tareas, asuntos pendientes.

Heidegger y muchos otros habían apuntado que la civilización de la técnica, la automatización de las tareas, tiende a que el ocio esté planificado, enlatado en la tv, el ordenador, el cine o el móvil. Los ciudadanos tienden a ser excesivamente pasivos. Y el riesgo del aburrimiento es mortal.

VIVIR LA VIDA

Lo rutinario tiene su propio valor, cuando es positivo: el olor a café recién hecho al despertarse –como en los anuncios-, los amigos de toda la vida, las fotos y recuerdos de los momentos felices, el jamón pata negra, la cerveza fría de los días de calor,… El asunto es descubrirlo.

El asunto mejora aún más si no se admite esa identificación entre lo normal y lo mediocre. La gente normal no tiene nada de mediocre, aunque tenga muchas mediocridades. Hay gente muy normal que vive con intensidad las relaciones familiares, sociales, profesionales, deportivas, culinarias, manuales,… con otros y con el mundo. Y además, tienen fines de semana, viajes y vacaciones.

No se aburre una pareja normal de esa gente muy normal con una vida muy normal. Si a él -además del cine, la música o salir- le gustan también las motos, la pintura de Rothko, la guitarra, la cocina, Linux, las estrellas, el periodo de entreguerras, las gominolas, algunas piezas de Stravinsky,… y si a ella -además del cine, la música o salir- le gustan también las canciones de Bob Dylan, el fútbol, la vida y milagros de las amantes de Felipe II, el mar, la influencia de la economía rusa en la europea, hacer palomitas, la ebanistería y un buen taladro, y –mira por donde, qué casualidad, como a él- la guitarra,…, entonces la diversión está asegurada.

La cuestión es qué aporta cada uno a la relación. Si uno lleva en la mochila solamente las ganas de ser querido, el deseo de ser motivado, la ilusión de hacer algo que no sabe qué es, la necesidad de que alguien le ayude, y poco más, hay que hacer una novena a san Antonio para que le toque una especie de superhéroe-heroína. Si no, aquello termina en un “¿qué hacemos?, no sé”, salpicado con un poquito de sexo, para ponerle algo de sal y pimienta. A falta de pan, buenas son tortas.

HACER FELIZ A OTRO

Es claro que el amor exige ser correspondido. Si uno no se sabe o se siente querido, si el otro piensa solamente en sí mismo y en sus propios planes, ese amor se apaga y desaparece. Pero esa condición, la correspondencia, es la ley número dos. La ley número uno dice que el amor consiste en intentar hacer feliz al otro. Alguien decide libremente que otra persona vale la pena y se empeña en que sea la persona más feliz de Europa, aunque a él mismo le cueste esfuerzo, le entre una depresión o le salga una úlcera. La tendencia natural a sentirse querido es sobrepasada por la tendencia más intensa a ayudar al otro a ser feliz.

Lo interesante del amor, cuando es sincero, es que esa renuncia a uno mismo no es algo negativo, o trágico. Da mucha alegría recibir muestras de afecto, de aprecio, por parte de otro. Evidentemente, existe una alegría mucho mayor cuando uno logra que el otro esté bien, cuando uno logra arrancarle una sonrisa. El amigo disfruta con los éxitos del amigo. Los padres se emocionan intensamente con los logros de sus hijos. Los novios se ríen con las carcajadas del otro.

Esa clase singular de alegrías convive con la necesidad de ser correspondido. Hay muchos que saben mucho de esa necesidad de recibir, y muy poco de esa alegría intensa de dar. Reclaman tiempo, atención, dedicación. Sin darse mucha cuenta, les molesta que el otro dedique interés a tocar la guitarra, escuchar a Bob Dylan, jugar al rugby, estar con los amigos,… Creen o sienten que les dejan solos.

Es una solución mejor la de apostar por lo que el otro es y puede llegar a ser si cuenta con nuestra ayuda. Es mejor que alcanzar un equilibrio de egoísmos.

Para no aburrirse con otros hay que aprender a no aburrirse con uno mismo. Es fácil preguntarse sobre ¿qué quiero?, ¿qué deseo?, ¿qué me interesa realmente? No es tan fácil encontrar las respuestas a esas preguntas. Pero tampoco es tan difícil o imposible. Si uno sale un poco de sus lamentos, va encontrando poco a poco intereses, actividades, personas,… que tienen fuerza para arrancarnos de esa “común y extraña indiferencia” ante el mundo, las personas y nosotros mismos.

Para no aburrirse con quien uno quiere hay que aprender las respuestas del otro sobre ¿qué quiere?, ¿qué desea?, ¿qué le interesa realmente?, y apoyarle en esas direcciones vitales de crecimientos. Los intereses, actividades, personas,… de uno y de otro, enriquecen a cada uno, y enriquecen también  la relación entre los dos. Una vida compartida es mejor que un aburrimiento compartido. ¿Qué quiero? ¿Qué quieres? Estar contigo, vivir contigo, hacer lo que esté en mis manos para hacerte feliz.

[1] MARITAIN, R., Diario de Raïssa, Estela Barcelona 1996

 Escrito por Jon Borobia: Filósofo y sacerdote, no necesariamente en ese orden. Son muchos los años de conversaciones, lecturas y experiencias que le hacen interesante. Buen conversador, amable, genial.




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