cafe_quijano

Cuando Salvador Sostres se fue de El Mundo, Carmen Rigalt le dedicó una columna durísima, tanto que no podía concluir de otra manera: le mandó a Parla. Sin embargo, no fue Sostres el único afectado por aquella exhortación. Aunque era improbable, a mí aquella frase me envió directo a mi infancia. A un viaje en coche a ese mismo lugar, a pesar de que mis años de lactancia ya habían terminado.

El atasco era monumental. Avanzábamos poco a poco, peleando cada metro de asfalto en una noche de comienzos de septiembre, cerrada a cal y canto. En el horizonte se distinguían las primeras luces amarillentas. Mi prima, sentada a mi lado, estaba histérica: llegábamos tarde. La espera duró una eternidad; aunque lo ignorásemos entonces, aquel atasco había comenzado años atrás.

Les vi por primera vez en la Plaza Mayor con aquella prima, en una calurosa noche de junio, que es el mes en el que pasan cosas, incluso las más insospechadas. Salieron los tres al escenario con las chupas de cuero de la portada del álbum que habían sacado ese año. Se llamaba La Taberna del Buda y ellos eran conocidos como Café Quijano. Aún recuerdo mi emoción, aquellos nervios que me dejaron sin cenar, y ni falta que me hacía por aquel entonces. Hoy empiezo a pensar que de pequeño fui gordo no tanto por malos hábitos alimenticios como por falta de pasión por las cosas. Aquel día descubrí una de las que podrían haberme dejado en los huesos, pero aun con todo siempre fui demasiado débil como para negarme a repetir en las comidas. Por ellos sí que sacrifiqué otros hábitos que tenía y a los que me mantengo fiel, como el de la vergüenza patológica. De hecho en una fiestas del colegio me enfundé una chaqueta vaquera y realicé una interpretación personalísima de su single del momento, “Nada de ná”, que me llevó incluso a arrastrarme de rodillas por el escenario como si fuese Marty McFly inventado el rock & roll en el Baile del Encantamiento Bajo el Mar, para escándalo de las madres y, cómo no, de mí mismo.

Durante aquellos años les perseguí por toda la ciudad como nunca he perseguido a nadie. Solía ver veía su Ferrari rojo aparcado por el centro y automáticamente me ponía en guardia. Se me erizaban los pelos, comenzaba a mirar a todas partes como un loco, olvidando incluso cómo me llamaba y si era la hora de merendar. Hay pocas pasiones tan intensas y efímeras como aquellas que se sienten por los mitos de la niñez. Por aquel entonces, mi bien más preciado era el balón del Mundial de Corea y Japón de 2002, de color dorado y dibujos imposibles. Solía llevarlo al parque de al lado de casa y jugar las tardes enteras con mis vecinos y muchos niños que hacían de aquel palmo de tierra su hogar. Una de aquellas tardes dickensianas salí de casa despistado, con aquel balón bajo el brazo, y vi, todavía lo recuerdo, el Ferrari aparcado justo delante de mí. Me quedé pálido y lo examiné pacientemente. No había duda, era el suyo. Subí torpemente a casa a por un rotulador y el álbum pero sólo pude encontrar un bolígrafo bic de los de toda la vida. Daba igual. Recorrí la calle en ambas direcciones, a paso ligero, escrutando todos los portales febrilmente. Me iba a dar por vencido pero, afortunadamente, no tuve tiempo. De repente dobló la esquina el mayor de ellos, el verdadero líder del grupo, el mito, con aquella chaqueta de cuero besándole los tobillos. Aquellos hombres tenían algo de Fargo, a decir verdad. Parecían Mike Milligan y los hermanos Kitchen. Si este no es el momento más feliz de mi vida, que baje Dios y lo vea, debí pensar. Con los nervios a flor de piel y un tembleque en la voz que años después sólo regresaría con el primer amor, me acerqué a él y le pedí un autógrafo:

– ¿Y dónde quieres que te lo firme, chaval?

– Pues aquí mismo, supongo.

Y en ese momento le di mi único tesoro, el faro de mis tardes de verano, refugio de mi soledad, mi posesión más preciada: el balón dorado del Mundial de Corea y Japón de 2002. No fue un autógrafo, sino una ofrenda. Como la de Abraham con su hijo Isaac. Ahí plantó su firma el tío, con un triste bolígrafo azul. Me devolvió el balón con una sonrisa y apenas pude balbucear un “gracias”. Pensándolo ahora, con la anestesia de los años y la distancia, la única contrapartida justa a aquel holocausto hubiese sido una adopción, más o menos consensuada, o al menos que me hubiese enseñado a chasquear los dedos como sólo él y Sinatra sabían hacer. Con el tiempo vinieron otras pasiones y ese niño gordo y entrañable, tan propenso a la idolatría, se quedó en Parla velando al mito. Aquella tarde volví a casa con la emoción en la garganta y dejé el balón en mi habitación. Una vez en la cocina, destapé un tarro de Nutella mientras me decía a mí mismo, con la boca llena de chocolate, que ya no podía aspirar a nada más en ésta vida.

Fuente foto: codigonuevo.com

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Javier Fernández

Estudio, leo y escribo. No necesariamente en ese orden.

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